1
2011
Agua
Y el agua lo golpeó.
Y cerró los ojos, como si eso fuera a salvarlo, como si eso fuera a protegerlo de aquel golpe de mar. Golpe de mar, pensó, qué ironía. Y con los ojos cerrados aguantó la respiración, hasta que no pudo más. Y donde una vez hubo aire empezó a haber agua. Agua salada, sucia, negra. Y al final no quedó aire, sólo agua. Y no quiso, ni pudo ya, volver a abrir los ojos. Y se convirtió en agua, sólo agua. Agua salada, sucia, negra. Y desapareció entre los escombros que, como él, se habían convertido en agua.
***
Cuando llegó no sabía muy bien hacia dónde mirar. Las gafas de protección que llevaba tampoco la ayudaban a centrarse, la verdad. Era todo como un sueño o, mejor dicho, como una pesadilla. No podía ser real. Su mente no concebía que fuese real. El silencio era estremecedor y entorpecía la respiración, se clavaba en los pulmones como pequeñas astillas que hacían sangrar, despacio pero sin pausa, su interior. La destrucción era tan brutal que aniquilaba cualquier intención de movimiento. Su cuerpo estaba paralizado. El dolor se respiraba en el aire, mezclado con rabia y resignación. Y ese dolor, esa rabia y esa resignación pesaban toneladas y se posaban ligeros en los hombros de todos los voluntarios y afectados allí reunidos. Hasta el aire pesaba. El aire pesaba una barbaridad.
Había estado aquí hacía años, con él. Y el aire sabía a ilusión, a juventud, a libertad. Aunque también a nervios, a expectación. El aire era ligero, como debía ser. Era limpio y puro. El aire era una puerta al futuro. ¿Cómo podía haber cambiado todo tanto con un golpe de mar? Y paró un segundo. No, no fue con un golpe de mar. Todo había cambiado mucho antes. El agua, simplemente, lo había hecho más real y en vez de llevárselo consigo había conseguido que volviera, más fuerte si cabe. Recordó su sonrisa. Yasuo tenía la sonrisa fácil, sencilla, amable. Sus ojos casi desaparecían y se convertían en finas líneas horizontales con arrugas de felicidad cuando sonreía. Él siempre le decía que los suyos parecían de pez, saltones y enormes. Y se miraban al espejo, juntos, y sonreían. Y los de ella se volvían un poco menos saltones. Y los de él un poco menos pequeños al mirarla fijamente, casi aguantando la respiración. Recuerdos que el agua había traído con fuerza, arrasando su vida. La tienda de frutas, en la que una vez Yasuo le había dejado probar un kaki, arrasada. La tienda de kimonos cuyo escaparate habían mirado mientras bromeaban sobre su posible boda al estilo japonés, arrasada. La casa de Yasuo, donde él había vivido media vida y compartido con ella historias sin fin, arrasada. Todo había sido arrasado por el agua. Y aunque ella en ese preciso momento estaba a miles de kilómetros de ahí, el agua también había arrasado su vida. El agua se lo había llevado a él. Y él se la había llevado consigo.
Se subió las gafas protectoras un instante para secarse una lágrima que amenazaba su mejilla, pero la lágrima fue más rápida y no le dio tiempo a quitarse los guantes de trabajo, resbalando por su mejllla hasta caer en su pecho, en la pegatina que llevaba su nombre, encima del uniforme de trabajo lleno de lodo y de escombros. Raj la miró y le ofreció una sonrisa afable. La destrucción de su alrededor era tal que sabía que muchos de los voluntarios no podían contener sus lágrimas al venir aquí. Muchas gafas se empañaban, muchas etiquetas con nombres escritos en multitud de idiomas acababan manchadas de lágrimas y dolor. El paisaje era desolador y aunque desde las distintas organizaciones se luchaba por llenar el campamento de voluntarios de positivismo, el primer día siempre era duro, pensó Raj, uno de los capataces del grupo. La vida no podía prepararle a uno para algo así, los años no podían construir una armadura lo suficientemente fuerte para no verse afectado por tanta destrucción. Y aunque tenía razón, se equivocaba. Al menos con ella.
Yasuo fue un amor de esos que llegan y se aposentan de una manera tan normal que es casi inesperada. Desde luego no fue uno de esos amores de película, que hacen que se pare el mundo o hacen sonar música y violines en los corazones de propios y extraños. Fue un amor tan rutinario que cuando él se fue, la vida de ella se fue con él y quedó vacía y arrasada y malgastada y sucia y llena de escombros como el paisaje que tenía ahora mismo ante sus ojos. Yasuo la quería, la quiso, se repetía una y otra vez. Pero él sabía que era un amor temporal, de estos que vienen y van como las olas del mar. Amores que no se adaptan. Amores que no luchan. Amores que simplemente disfrutan mientras se puede y después, desaparecen. Como desapareció él bajo el lodo, los escombros y el mar. Como desapareció un cachito de ella cuando él se fue la primera vez. Como había vuelto y desaparecido de nuevo ahora con la gran ola.
No había venido a buscarle. Sabía que Yasuo había desaparecido entre tanta destrucción. Había venido a despedirse de él, a cerrar esa puerta que jamás tuvo que haberse abierto. Y antes de que su mente volviera a recordar todas aquellas historias que había ido guardando en un rinconcito de su corazón, decidió centrarse en las palabras del capataz, en las miradas de sus compañeros voluntarios. Hoy les tocaba limpiar el lodo de la planta baja de una casa que, con fuerza, había aguantado la embestida de la ola. Les tocaba a los jóvenes, por supuesto. No a ella. Pero se colocó las gafas protectoras y se ajustó los guantes, dispuesta, al menos, a parecerlo. Y sin aviso, a traición, la imagen de Yasuo volvió ante sus ojos, ¿habría jugado alguna vez aquí de pequeño? Se preguntó. Y supo, en ese preciso instante, que despedirse de él sería imposible.
***
Yasuo la cogió fuertemente del brazo. No tenía miedo, ni estaba nervioso, pero algo en su interior le decía que esta vez era diferente. Algo en su interior le decía que a pesar de todas las recomendaciones tenían que salir de allí corriendo. La tierra temblaba, pero parecía más un anticipo que el ataque real de rabia. Mientras la tierra se estremecía bajo sus pies de un modo casi irreal, decidió seguir sus instintos. Tsukushi lo miró perpleja. No había miedo en sus ojos, no había miedo entre las arrugas que decoraban sus facciones, había determinación. Y decidió confiar en esos ojos y dejarse guiar por él. Como lo había hecho durante tantos y tantos años.
Cuando Tsukushi le conoció, supo que él tenía a otra mujer en su corazón. Pero no le importó. Supo esperar, ser paciente e ir ganándose, poco a poco, su amistad. No quería nada más. Nunca había creído en las grandes historias de amor, sólo esperaba encontrar un hombre que le diera una familia y algo de estabilidad. Un amigo, un compañero en la vida, pero nada más produndo. Eso pensaba, se dijo, eso creía pensar, pero Yasuo subo trastocar su mundo. Y sintió celos. Y sintió pasión. Y decidió que haría lo que fuera para conseguirle, aunque fuera a medias, aunque una parte de él siempre estuviera alejada. Le quería. Y quería que él la olvidara, o que al menos pretendiera hacerlo. Así que nunca le preguntó. Nunca quiso abrir esa puerta. Sabía que si le preguntaba quizá él recordaría demasiado y se iría. No, prefería ver esa puerta entreabierta, prefería soportar ese miedo diario, a abrirla y afrontar la realidad. Ahora se preguntaba si había hecho bien. Ahora se preguntaba qué había detrás de esa puerta, que habría pasado. Y decidió que era el momento de preguntarle a Yasuo. Necesitaba abrirla para poder cerrarla. Y lo necesitaba ya. Pero sus palabras se quedaron colgando del aire. Salieron de casa corriendo, o intentándolo, al menos. Todo se movía, demasiado. Y demasiado deprisa. Su mente no conseguía seguir los ojos de Yasuo, tan llenos de determinación. Me duele el brazo, pensó. Y se le escapó una lágrima entre un esbozo de sonrisa, de lo absurdo que era todo aquello. Detrás suyo oía ruidos y alarmas y gritos apagados. La tierra no temblaba; la tierra rugía.
Yasuo miró hacia atrás, por encima de Tsukushi y se estremeció. El puerto regurgitaba y vomitaba maderas, barcos, redes, escombros. El mar gritaba de dolor. Y la tierra, que antes rugía con fuerza, callaba ahora ante el paso de la ola. Yasuo se paró en seco y escuchó. Y se sorprendió forzando sus oídos, buscando un sonido donde ya no había nada. Silencio. Un silencio atronador que duró unos instantes que se hicieron horas. Un silencio agudo, punzante y sangrante que penetró cada poro de su piel. Como lo había hecho ella, hace tantos años. ¿Por qué fue tan cobarde? Se preguntó. ¿Por qué no luchó? Se dijo a si mismo y sin pensarlo ni quererlo ni buscarlo, soltó la mano de Tsukushi que había agarrado con tanta fuerza y en ese preciso instante supo que nunca podría olvidarla. Y que debía buscarla de nuevo.
***
Y el agua la golpeó.
Y cerró los ojos, como si eso fuera a salvarla, como si eso fuera a protegerla de aquel golpe de mar. Golpe de mar, pensó, qué ironía. Y con los ojos cerrados aguantó la respiración, hasta que no pudo más. Y donde una vez hubo aire empezó a haber agua. Agua salada, sucia, negra. Y al final no quedó aire, sólo agua. Y no quiso, ni pudo ya, volver a abrir los ojos. Se convirtió en agua, sólo agua, nada más que agua. Agua salada, sucia, negra. Y desapareció entre los escombros que, como ella, se habían convertido en agua.
El 11 de marzo de 2011 Japón sufrió uno de los mayores terremotos de su historia. El terremoto de Tohoku propició un devastador tsunami que arrasó pueblos y ciudades del este de Japón. Ishinomaki, en la prefectura de Miyagi, fue una de las ciudades más afectadas por un tsunami de 10 metros de alto que arrasó una superficie de más de 600 metros hacia el interior y destruyó el 80% de las edificaciones cercanas al puerto y el 46% de la ciudad acacbó inundada por el tsunami. Datos de wikipedia.

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