Seguimos con nuestras entradas dedicadas a las masculinidades japonesas y hoy nos centramos en ciertos marcadores de género que ya encontrábamos en el Japón del periodo de Edo, que fueron descartados con la hegemonía de la masculinidad del sarariiman y que vuelven a aparecen en el Japón actual.

Durante las últimas décadas, la escena cultural popular japonesa ha visto como entraban en juego construcciones de masculinidad alternativas que poco a poco parece que van cambiando las construcciones tradicionales de género (Darling-Wolf, 2003, p. 73).

Si bien la aprobación de leyes que buscan la igualdad de género y la consecuente diseminación de la noción de igualdad de género han contribuido a la reconfiguración de la masculinidad del sarariiman y en la aparición de masculinidades alternativas consideradas más suaves o femeninas, lo cierto es que la ‘masculinidad suave’ tiene una larga trayectoria en Japón.

Teniendo en cuenta la rica historia cultural de Japón, que va desde el hedonismo del periodo Heian (794-1185) al eroguro del periodo Shōwa (1926-1989), pasando por la androginia de los wakashū de la élite samurái y los onnagata del teatro kabuki o la homosexualidad de los samuráis, los monjes y los actores del periodo de Edo (1604-1868), las masculinidades emergentes parecen retornar a ciertos marcadores de masculinidad de antes de la hegemonía del sarariiman. Pero veámoslo en detalle.

La mercantilización del cuerpo masculino

En un momento en el que se cuestiona el poder masculino, el cuerpo del hombre se ha sexualizado, visualizándose para sacar el máximo provecho.
John Beynon

Para los japoneses, el culto a la belleza no es una práctica exclusivamente femenina. De hecho, el escritor Yukio Mishima afirmaba que la atención constante y meticulosa para con la apariencia era la manera de cultivar las virtudes del samurái y promover una moral interior apropiada, porque los samuráis siempre tenían que ir perfectamente vestidos y arreglados ya que no sabían cuando morirían (Mason, 2011, pág.78). Así, del mismo modo que los iroko, los wakashū o incluso los onnagata del periodo de Edo hacían un uso comercial de su belleza y de sus cuerpos, con la adaptación de una masculinidad más estéticamente sensible ha (re)aparecido también la mercantilización y la comercialización del cuerpo masculino.

wakashuEn el Japón actual, los jóvenes japoneses son un objetivo cada vez mayor de las industrias de la moda y la imagen y están expuestos a una serie de anuncios diseminados en diferentes medios de comunicación, como por ejemplo las revistas especializadas en moda (Iida, 2005, p. 2). Mientras, según Applbaum (1995), las anteriores generaciones eran evaluadas básicamente por su carácter, posición social, capacidad económica, linaje y otros criterios sociales, actualmente los jóvenes japoneses cada vez se preocupan más por su estatus como objetos de valoración estética y sexual (citado en Miller, 2002, p. 37) y la identidad masculina, antaño definida a través del trabajo (producción), actualmente depende del consumo y de la imagen.

Así pues, la representación y mercantilización del cuerpo masculino como objeto erótico pone contra las cuerdas la masculinidad hegemónica del sarariiman, ya que puede perjudicar el proceso histórico del “dominio de los hombres y la subordinación de las mujeres” (Connell y Messerschmidt, 2005, p. 844), al menos en cuanto a quién es el objeto de deseo sexual y que hace un uso (Glasspool, 2012, p. 117).

En una sociedad inundada de imágenes pornográficas de mujeres en la que, como ocurre en muchas sociedades de dominio masculino, el placer sexual masculino típicamente pasa por delante del femenino, las representaciones sexuales de modelos y actores ofrecen a las mujeres posibilidades subversivas y potencialmente liberadoras de explorar su propia identidad sexual (Darling-Wolf, 2004, p. 77) y a los hombres nuevos modelos a seguir. En consecuencia, dan la posibilidad de crear construcciones alternativas de género.

Homoerotismo y homosocialización

La homosocialización es la atracción no sexual entre los hombres.
Jean Lipman-Bluman

La homosocialización, es decir, la solidaridad entre hombres que excluye a las mujeres de la representación de la masculinidad, supone una doble problemática para los hombres porque aumenta el espectro de la homosexualidad y el deseo homosexual además de que puede generar pánico homosexual o homofobia, razón por la cual la homosocialidad como tal normalmente se niega o se reestructura (Shugart, 2008, p. 287).

Sin embargo, esto tiene mucho que ver con la afeminización global, una teoría de Dennis Altman en la que se revisa la influencia que los movimientos de derechos civiles en Estados Unidos y Europa ejercieron en el desarrollo de las identidades ‘lesbianas y gays que, a través de la influencia globalizadora de las economías postindustriales basadas en los salarios, el consumo, los medios de comunicación de masas y el turismo comenzaron a afectar la comprensión ‘nativa’ de la homosexualidad en sociedades donde tradicionalmente no había noción de una identidad personal fundada en el género de la elección del objeto sexual. Asimismo, Cole (2000) explica que con el consumo por parte de los hombres de moda y productos de belleza, la apariencia externa del hombre heterosexual no sólo llama la atención de la mujer sino también de otros hombres: es la “mirada homoerótica” (citado en Hall y Gough, 2011, p. 69).

junba

Simpson (2004, p. 2) afirma que la comercialización de productos de belleza destinados a hombres han “afeminado todos los códigos de la masculinidad oficial de los últimos cien años: [el hombre] es pasivo cuando debería ser activo, deseado cuando debería ser el que desea, observado cuando debería ser el que observa”. Es justamente esta efeminización de la mirada masculina lo que inquieta la masculinidad hegemónica heteronormativa tradicional (Connell, 2005, p. 162).

Durante la rápida modernización que sufrió Japón a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, la idea de la homosexualidad como una manera de disfrutar de las relaciones sexuales comenzó a ser desplazada por términos sexológicos occidentales y religiosos (McLelland, 2000 ) y el país comenzó centrarse en la heterosexualidad. Si bien, la masculinidad del sarariiman se ganó la hegemonía convirtiendo la heterosexualidad en la norma, lo cierto es que en Japón no ha habido un periodo de homohisteria (Snyder, 2010, p.4) y la actitud cultural hacia el comportamiento homoerótico u homosocial de los japoneses sólo es algo inusual si la analizamos desde una tradición estrictamente occidental o judeo-cristiana.

Las masculinidades emergentes, alejadas del estereotipo del sarariiman, son más femeninas, más suaves y aceptan de manera más abierta construcciones de género alternativas, como demuestra la presencia de homoerotismo en la cultura popular de la mano de creaciones culturales populares. No sólo encontramos homoerotismo en los cómics para chicas de temática homosexual (shōnen ai o yaoi), sino también en cómics y series de animación para chicos. Mientras en las culturas occidentales la narrativa homoerótica u homosexual está más segregada y se excluye de los medios para el público joven, en Japón el homoerotismo y el homosocialización son características esenciales que forman parte de la vida diaria de los cómics para chicos y para chicas (McLelland, 2005, p. 11), de series y películas protagonizadas por los actores y ídolos de moda e incluso de reportajes en revistas de ídolos o de entretenimiento.

free masculinidad japonesa

Androginia

La transformación de la belleza en un atributo femenino es, de hecho, una limitación o reducción del dominio de la propia masculinidad.
Tsuneo Watanabe y Junnichi Iwata

Tradicionalmente se ha entendido la verdadera masculinidad como algo que surge del cuerpo masculino, que forma parte de él o como manera de expresar algo sobre el cuerpo masculino, por lo que es el cuerpo quien impulsa y dirige las acciones o bien quien pone los límites a ciertas acciones (Connell, 2005, p.45).

La androginia se puede entender como una representación histórica que funciona como un “subtexto” significativo hacia la ideología de género dominante y que ofrece al público otras vías de interpretación (Darling-Wolf, 2004, p. 361). La androginia baraja los marcadores de género (la ropa, los gestos, los patrones de discurso, etc.) de manera que socava la estabilidad del sistema de género que se sostiene en la premisa de la dicotomía hombre-mujer y mantiene esta dicotomía o bien yuxtaponiendo sus elementos o bien mezclándolos (Robertson, 1992, p. 419).

onnagata

Taichi Saotome, onnagata de teatro kabuki

En palabras de Ridgeway (1999, p.1), la androginia hace una “representación velada del género” y ya sea en relación con el sexo (que tiene que ver con la orientación, la acción y el deseo) o con el género (que tiene que ver con atributos sociales y físicos), la androginia ha demostrado ser una herramienta útil para navegar en el espacio desconocido entre lo masculino y lo femenino, entre el homosexual y el heterosexual, pero también para llegar al punto de unión entre la expectación y la realidad, la historia y la ficción, el otro y uno mismo (Stevens, 2001, p. 250).

Las teorías de género occidentales se centran en la importancia de determinar un enlace biológico en la representación de género, mientras las teorías japonesas niegan el cuerpo y se centran en la representación del género (Snyder, 2010, p.1), porque históricamente, parece que los japoneses no ven una diferencia real entre la apariencia (género) y realidad (sexo) (Snyder, 2010, p.9) y de hecho en Robertson (1992, p. 421), podemos ver muchos ejemplos lingüísticos de cómo se separan las definiciones de sexo y género.

Aunque durante la posguerra la masculinidad dominante se centró en la idea del ‘macho’, ejemplificada como hemos visto por la figura corporativa del sarariiman, en Japón la masculinidad ‘suave’ o femenina, representada estéticamente por la androginia no es un concepto extraño y no afecta el concepto de masculinidad, porque un hombre no es “menos hombre” por tener una apariencia andrógina, porque de hecho, es un componente esencial de la masculinidad tradicional japonesa (Darling-Wolf, 2004, p . 292).

Si bien la importancia que el hombre actual da a la apariencia puede enlazarse con la importancia del capitalismo y del marketing de los productos de belleza masculina a nivel mundial (Snyder, 2010, pág.14), si analizamos la historia cultural japonesa podríamos enlazar la actual conciencia sobre la estética masculina en un marco de referencia más amplio. Este marco de referencia da continuidad a tradiciones culturales más antiguas como fueron los jóvenes wakashū, los jóvenes ichigo o los onnagata del teatro kabuki, que entendían la androginia como el ausencia de la sexualidad reproductiva, pero no como la presencia de una heteronormatividad obligatoria (Snyder, 2010, p.15).

Japón y los marcadores de masculinidad

Así pues, parece que la aparición de masculinidades suaves, más femeninas y preocupadas por la estética, con un punto andrógino homoerótico y que aceptan el travestismo, es un retorno, según Snyder (2010, p.11) a “la concepción plural histórica y preexistente de masculinidad”. Watanabe y Iwata (1989) atribuyen la desaparición de la androginia durante buena parte del siglo XX a la “deserotización del cuerpo masculino” resultante, como hemos visto, de la modernización de las instituciones políticas y sociales de comienzos del siglo XX (citado en Robertson, 1992, p. 422).

androginia en japón

Foto de Tokyo Faces

En The Love of the Samurai: A thousand years of Japanese Homosexuality (1989), Watanabe y Iwata reflexionan sobre el hecho de que los hombres en las sociedades modernas hayan abandonado el “derecho a ser femeninos” (citado en Williams, 1992a, p. 71). En contraposición con el Japón premoderno, donde se admiraba el travestismo y la androginia de los onnagata del teatro kabuki y donde incluso los samuráis sentían atracción por los andróginos wakashū, llevaban maquillaje y se vestían de forma andrógina, los hombres japoneses del siglo XX adoptaron el ideal occidental de que sólo las mujeres podían mostrar la belleza.

La modernización conllevó la renuncia a la belleza o el derecho de ser femenino, es decir, la renuncia a la androginia. Por ello, la aparición de nuevas masculinidades preocupadas por la belleza y el estilo, así como la androginia como rasgo característico de belleza, parece un deseo inconsciente de muchos hombres de romper con el anterior rol más restrictivo de masculinidad (Williams , 1992a, p. 71); parece la evolución natural de la identidad de género contemporánea que surgió a partir del estallido de la burbuja económica. En el contexto actual japonés, la androginia permite a los jóvenes liberarse y redefinir su propia personalidad a través de peinados, maquillajes o accesorios (Darling-Wolf, 2004a, p. 291), para luego ir más allá y explorar otros roles de género menos convencionales o heteronormativos.

La androginia juega hoy un papel central al menos en cuatro aspectos de la cultura contemporánea japonesa: el teatro kabuki, donde ha supuesto una herramienta con la que explorar la distancia entre puntos supuestamente concretos (Stevens, 2001, p. 250) y el teatro Takarazuka, donde las otokoyaku representan desde 1910 papeles masculinos claramente andróginos; el manga, con los héroes de aspecto joven (shōnen) y jóvenes bonitos (bishōnen) sexualmente ambivalentes; el mundo de la música, donde ídolos del pop y del género visual kei juegan con la ambivalencia sexual y estratégica, nada representativa de la masculinidad del sarariiman; y la moda, donde Japón ha conseguido cierta prominencia en popularizar lo que Stevens (2001, p. 250) llama “chico chic andrógino”.

Por ejemplo, en el manga Saint Seiya, con sus guerreros hípermasculinos pero de clara androginia, la masculinidad no sólo es significativa por su valor sociocultural y de construcción política, sino también como herramienta para renegociar temas tan importantes en la cultura japonesa como son la lealtad, el compañerismo, el heroísmo y la justicia (Piatti-Farnell, 2013, p. 1134).

saint seya

Así pues, la androginia de personajes del mundo del manga y el anime, como la de estos caballeros del zodiaco, reconoce, en palabras de Connell (2001, p. 37) “las relaciones de alianzas, dominio y subordinación entre diferentes tipos de masculinidad”.

Es por eso que el éxito de los personajes andróginos del manga, la música o el teatro podría demostrar la negativa, por parte de la sociedad japonesa en general, de seguir aceptando la imagen heteronormativa del hombre ‘masculino’ y ‘patriarcal’ ( Nagaike, 2012, p. 104) y la búsqueda por parte del hombre de recuperar ciertos marcadores censurados y reprimidos de su masculinidad.

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NOTA: Podéis ver el trabajo original (en catalán) aquí.

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Por una cuestión práctica, se enumera la bibliografía de todo el trabajo de fin de máster y no exclusivamente de este capítulo en concreto:

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