Artículos con etiqueta "cuento - Pág. 1 - Japonismo - Cultura japonesa y viajes por Japón"
nov
6
2011

Buscándote

Abrió el grifo y se remojó bien la cara con agua fría. Estaba sola en el baño, así que se permitió un bostezo y un pequeño suspiro. Se miró atentamente en el espejo. Tenía ojeras, grises y profundas. Y bolsas debajo de los ojos. Y arrugas y ¿patas de gallo? alrededor de los mismos. Hizo un par de muecas, se masajeó los pómulos con las manos y mientras seguía con el dedo las finas líneas que se habían colado debajo de sus ojos, pensó que sí, que tenía ojeras y bolsas y arrugas, pero que también tenia unas pestañas largas y rizadas y unos ojos color miel difíciles de olvidar. Se le escapó una sonrisa. Agachó la cabeza, colocando un mechón de pelo despeinado en su sitio, detrás de la oreja, y respiró hondo. Estaba aquí. Por fin estaba aquí. Con él. Aunque él no lo supiera. Aún.

*

Yosuke se miró en el espejo intentando ver más allá de su imagen. Hizo un par de muecas, se masajeó los pómulos con las manos y mientras seguía con el dedo las finas líneas que se habían colado debajo de sus ojos, pensó que sí, que tenía ojeras. Estaba exahusto. Entre los programas de televisión habituales, las actuaciones de promoción, la grabación de los nuevos vídeos musicales y los ensayos para los conciertos de la nueva gira, tenía la agenda tan llena que no podía ni respirar. Era feliz, al fin y al cabo hago lo que me gusta, se repetía a sí mismo una y otra vez, pero de vez en cuando le entraban unas ganas apabullantes de dejarlo todo e irse a Kioto a bailar. Bailar en la calle, con su reflejo en el cristal de la estación central como único acompañante. Bailar en la calle, como había hecho tantos años antes. A veces lo echaba de menos. Echaba de menos el anonimato, el silencio, la tranquilidad. Y es que ahora su cara se encontraba en miles de anuncios por todo Japón, su simple aparición provocaba gritos y estruendos varios y su agenda era un estrés constante. Quizá por eso le gustaba tanto ir a pescar últimamente. En el lago estaba solo, en silencio, con la única compañía del agua, el sol y los peces escurridizos. Sonrió. Tengo que encontrar un hueco para ir a pescar un día de estos, se dijo. O no aguantaré.

*

Cerró el bolso que había apoyado en la encimera del baño y después de darse un rápido repaso por última vez (una mirada fugaz, asegurándose se que no hubiera ningún mechón fuera de sitio), cogió sus cosas y salió del baño. Quería estar perfecta por si en algún tramo del trayecto hubiera suerte. Las probabilidades eran bajas, lo sabía. Carlos, con su mente extremadamente matemática, se había asegurado de dejárselo claro, pero para ella… ¡existían! Es como la lotería, se decía, a alguien le tiene que tocar, ¿no? Y se imaginó de nuevo ese encuentro que se había imaginado tantas otras veces desde que él entró en su corazón, a su manera. Sin saberlo, sin dominarlo, sin percatarse siquiera. Silenciosamente. Pero intensamente. Y ella lo supo por los dos. Y se dijo a sí misma que iría a buscarle. Que algún día iría a buscarle. Y ahora estaba aquí, imaginando un encuentro que ahora sí, podía pasar. Que pasaría, se convenció. Pasará, se dijo, y se le escapó otra sonrisa que perfiló a la perfección el carmín de sus labios rojos y carnosos. Pasará, se repitió en voz baja. Y se adivinó bajando la cabeza con resolución, como le había visto hacer a él tantas y tantas veces en esos vídeos que no entendía, pero que siempre le llegaban al corazón.

*

Naoto entró en camerino con su Nintendo DS en la mano. Estaba preocupado por Yosuke, sabía que estaba exhausto, él también lo estaba, y quería controlar sus límites. Aunque a simple vista pudiera parecer que Naoto era el más impulsivo e infantil de todos, lo cierto es que sentía una gran responsabilidad hacia Yosuke. La amistad que les unía era muy estrecha y se conocían bien mutuamente. Naoto se sentó en la silla de al lado y sin decir nada se puso a jugar con su DS. Yosuke le miró y sonrió. Sabía que era su manera de venir a ver qué tal estaba.

- ¿Tenemos libre el jueves, verdad? -comentó Yosuke mientas Naoto asentía con la cabeza sin apartar sus ojos de la consola- Creo que voy a ir a pescar el jueves.

- Pero ponte crema solar, eh -bromeó Naoto- que si no parecerás una ganguro.

Yosuke sonrió e intentó darle una colleja a Naoto, que seguía con sus ojos clavados en la DS. Se relajó. Naoto siempre conseguía relajarle, sin siquiera hacer o decir demasiado. Y decidió guardarse ese sentimiento para, en caso de necesidad, poder tirar de él. El único ruido que se oía era el movimiento de las manos de Naoto al jugar. Nada más. Se había sentido sobrepasado, pero en esos momentos, con Naoto a su lado jugando en silencio en la DS, se sentía relajado. Volvió a mirarse en el espejo y añoró tener a alguien más a su lado que le relajara en esos momentos de tensión. Se resignó y decidió no darle más vueltas. Al menos no hoy. Comenzaban su gira de verano y tenían que darlo todo. Todo.

*

Las probabilidades de que le conozcas son muy bajas, le había dicho Carlos. Al acordarse de él sintió dolor en el estómago. Era su mejor amigo pero la distancia entre ellos se había hecho más punzante a medida que los sentimientos se habían hecho más profundos. Qué paradoja. Aunque se entendía muy bien. Él se había enamorada de ella. Y ella ya estaba enamorada de él. Pero del otro él. De ese él de sonrisa arrebatadora y ojos rasgados. De ese él tan lejano que ella sentía tan cerca. De ese él que le cantaba canciones de amor, le hacía bailar, llorar, sonreír y gritar. De él. Recordó cuando le conoció. Estaba de erasmus en Londres y su compañera de piso, Rika, le enseñó un vídeo de un concierto. Estaba emocionada, ¡era su solo!, decía. Ella no entendía la importancia de aquello, pero no tenía mucho más que hacer, así que contentó a Rika viendo el vídeo con ella y escuchando atentamente. Y algo cambió. Disimuló e hizo como si nada, pero una sonrisa captó su atención y ella… cayó. Y no hubo marcha atrás. Rika se fue, su erasmus en Londres acabó, pero ella siguió con el corazón atrapado por esa sonrisa. Y supo que tenía que ir a buscarla. Qué recuerdos. Parecía que hiciera siglos. Se acercó de nuevo a la cinta 2, pero las maletas seguían sin salir. No le preocupaba demasiado (había previsto un posible problema con la maleta, así que llevaba trastos encima para estar decente en caso de que eso pasara). Miró las pantallas informativas y se descubrió esperando a que saliera esa misma información en inglés. ¿Por qué tenía que ser tan complicado leer ese jodido idioma? Qué suerte tenía él de haber nacido allí, de saber leerlo, sin esfuerzos, sin preocupaciones. Se tranquilizó. En las pantallas no ponía nada nuevo. Tenía que esperar, eso era todo. Había esperado muchos meses, ¿qué eran cinco minutos más? Miró al resto del pasaje y dos chicas captaron su atención. Iban perfectas. Después de un vuelo de más de 12 horas iban perfectas. Y recordó su imagen reflejada en el espejo del baño y negó con la cabeza. Pero él está acostumbrado a eso, se dijo. Yo, en cambio, soy la diferencia, la sorpresa. Y eso le intrigará, como él me intrigó a mí. Se hablaba a sí misma para tranquilizarse, siempre lo había hecho. Y siguió hablándose y alabándose hasta que la cinta transportadora se puso en marcha.

*

Sonrió. Desde el punto más alto del estadio olímpico era imposible no sonreír. Con el skyline del barrio de Shinjuku al fondo, las vistas eran simplemente espectaculares, casi sobrecogedoras. Todos los escenarios estaban montados, las sillas perfectamente colocadas, las partes móviles probadas y estaban justo ahora retocando el sistema de luces. Después vendría la revisión del sistema de sonido, pero mientras tanto podían esperar y disfrutar de las vistas. Los cinco juntos. Y una cámara de televisión, claro. Últimamente siempre había cámaras de televisión en todas partes. Menos en mi lago, pensó. Miró al resto y lo vio en sus facciones. No era la primera vez que actuaban allí, pero la sensación de nervios en el estómago era como la del primer día. Aquello era impresionante y nadie podía acostumbrarse jamás a ello. Empezó a imaginarse cada una de las miles de caras que llenarían el estadio esa misma tarde, cada una con sus historias, con su vida, con sus expectativas. Y sonrió. Sí, a veces echaba de menos poder bailar en el anonimato de los ventanales de la estación central de Kioto, pero esto era su vida. Había nacido para llenar ese estadio. Y para disfrutarlo.

*

Un pitido y un ruido fuerte la sacaron de sus ensoñaciones. La cinta se movía y empezaron a salir maletas; la suya no tardó mucho en salir. La cogió con fuerza, la dejó en el suelo y respiró hondo, dando un pequeño respingo. Había llegado el momento. Había llegado el momento de conocerle. Salió del aeropuerto y cogió el tren, para luego cambiarse al metro y llegar al hostal. Y allí, durmió. Durmió muchas horas y soñó con él. Como había hecho miles de noches antes. Por fin le vería mañana, ¿o ya era hoy? Con el cambio horario, el jet-lag y el dormir a deshoras no sabía en qué día estaba. Sonrió. Miró la hora y decidió pegarse una ducha, maquillarse y arreglarse. Cogió sus cosas y salió del hostal en dirección al estadio olímpico. De camino pasó por un seven eleven y se compró un par de onigiri y una botella de té verde que se tomó durante el trayecto. Al llegar a las inmediaciones del estadio olímpico comenzó a sentir mariposas en el estómago y, de golpe, se puso muy nerviosa. La emoción de miles de corazones latiendo hacia una misma dirección se podía casi tocar con las manos. Se le hacía difícil respirar mientras iba en dirección a la enorme cola que ya se había formado para comprar algunos productos de la gira. Ella quería la camiseta oficial de la gira y el uchiwa de Yosuke y Naoto. Y quizá la toalla oficial. ¿Y el strap para el móvil? Se le escapó una sonrisa. Ya quedaban menos horas para verle.

*

Desde el escenario, el estado olímpico se veía lleno a rebosar. Los gritos eran ensordecedores pero todas las caras sonreían y emanaban energía positiva por los cuatro costados. El ambiente era espectacular y Yosuke no podía dejar de sonreír. Saludaba a todos, cantaba para todos, bailaba para todos, sonreía para todos. Pero cara tras cara tras cara, la buscaba a ella. Estaba escondida en algún sitio de aquel enorme estado olímpico y tenía que encontrarla. Quería encontrarla. Necesitaba encontrarla. Y la buscó durante todo el concierto. Desde el escenario principal, desde el escenario central, desde una de las pasarelas móviles, desde otra de las pasarelas móviles, desde todos los pasillos centrales. Tenía que encontrarla.

*

Cuando las luces del escenario se apagaron definitivamente, se resignó. La mezcla de sentimientos era tan complicada de asumir que no pudo evitar las lágrimas. Se quedó ahí sentada, mirando al escenario, viendo cómo el público iba desalojando, poco a poco, el estadio. Y lloró. Lloró de felicidad. Lloró de tristeza. Lloró de rabia. Lloró de emoción. Y siguió llorando. Habían sido las tres horas más increíbles de su vida. Era feliz, había disfrutado como nunca del concierto y él había estado espectacular y ¿la había saludado? Dudaba, pero quería creer que sí, que la había saludado a ella y le había enviado una sonrisa solo para ella. Pero no había logrado captar su atención. No había logrado que la encontrarla. Suspiró con resignación. Lo probaré de nuevo en el próximo concierto, se dijo. Dio un último vistazo al escenario, se levantó de la silla y dándole la espalda se dirigió hacia la salida. En el próximo concierto.

*

En el backstage, Yosuke suspiró con resignación. No la había encontrado. Seguro que ella lo había intentado, pero él no había sabido encontrarla entre tantas miles de sonrisas. Lo probaré de nuevo en el próximo concierto, se dijo. En el próximo concierto.

Madrid, 29 de octubre de 2011

NOTA: No suelo dedicar mis cuentos, pero esta vez… ¡no puedo aguantarme! Esta vez tengo que dedicarlo.

Ana: gracias por ser la primera y única persona en leer el cuento antes de publicarlo y por darme feedback y animarme, pero sobre todo, gracias por estar siempre ahí. Un beso gordo. ¿Nos vamos a pescar?

oct
30
2011

Visiones

Y él cerró los ojos.Y una lágrima resbaló por su mejilla. Le miró, deseando que no hubiera llegado el momento de decirse adiós. Pero no sólo había llegado, sino que también había pasado. Él se había ido, aunque su cuerpo, seguía allí, inmóvil; su mano seguía agarrada a la suya, pero ya inerte, sin fuerza. Muerta. Él se había ido. Y ella seguía allí esperando. Y llorando. Y con unas ganas inmensas de gritar. Él se había ido y ella no sabía qué iba a hacer con su vida. Se acarició la tripa de siete meses y suspiró. Sí lo sabes, se dijo, sí lo sabes.

Y cerró los ojos.

No quería recordar más. Habían pasado seis años ya, pero seguía doliendo como el primer día. Ai la miró y le mandó una sonrisa entre cariñosa y traviesa. Corría por el parque con un muñeco transformer en una mano y eso le arrancó una sonrisa. Él habría estado tan orgulloso… Algunas  niñas del parque llevaban barbies; Ai llevaba un transformer, ¡un transformer! Entendió lo que su okāsan le decía casi todos los días: “Ai-chan no es una niña normal. Aunque nunca llegó a conocerlo, echa de menos a su padre”. Y se le escapó una carcajada. Okāsan era una mujer extremadamente japonesa, extremadamente preocupada por conseguir que Ai-chan, como harufu que era, fuera aceptada en sociedad, “¡y sin su padre!” suspiraba siempre. A okāsan le dolía como a ella la muerte de Ryū, eso lo sabía, pero no mencionaba nunca su nombre, quizá para no recordar. Quizá para no hacerlo tan real. Quizá para no hacerse daño. Ni hacérselo a ella. Y se dió cuenta de cuán duro debía ser para okāsan mantener el pequeño altar sintoísta que en su casa cobijaba la foto de Ryū. Haciéndole más presente. Haciéndole más vivo. Haciéndole menos real.

Ryū, se dijo para sí misma. Y recordó cuando lo vio por primera vez. Ella había conseguido una beca para estudiar japonés en la universidad. Un año en Japón que se convirtió en… su vida. Él estaba en su segundo año de algo parecido a filología inglesa y tenía sueños e ilusiones de dejar Japón; algo que nunca haría. Ella llevaba en la mano el mapa que la universidad le había enviado. Lo miraba y no entendía nada. Había llegado al mismo patio interior, cercano a la biblioteca, tres veces y no conseguía dar con la ruta pintada en el mapa. Iba a llegar tarde y se puso nerviosa. Vio las mesas en la terraza de la cafetería y se acercó a preguntar. Dos chicos hablaban animadamente utilizando muchas oes en sus frases. Eso le sorprendió. Uno de ellos le llamó especialmente la atención. Parecía afable. Vale, se autocorrigió, no es que parezca afable, es que es muy mono. Se sonrojó. Llevaba el pelo corto con un perfecto tupé hacia arriba, de aquellos que parecen despeinados, surgidos de un despiste, pero que están perfectamente calculados. Peinado al detalle con cera, sin que ésta se viera, sin que se notara. Un peinado que parecía totalmente natural, como si él acabara de salir de la cama. Pero con estilo. Tenía los ojos almendrados y unos labios muy carnosos que casi parecían maquillados. Llevaba una camiseta de manga larga con cuello en uve, de ésas que parecen viejas aunque fueran recién compradas, y unos vaqueros claros y perfectamemte deshilachados en varias zonas. Descansaba en la terraza de la cafetería con una pierna cruzada sobre la otra y movía uno de los brazos con emoción, cuando hablaba. Era delgado, pero no parecía escuchimizado. De hecho, intuyó algún músculo en los bíceps y algo de tripita. Pero muy poco, quizá eran sólo arrugas de la ropa, se dijo. Tenía el otro brazo reposando sobre la pierna cruzada y en la mano sujetaba un móvil del que colgaba algo que no veía bien, tendría que acercarse más. Y hablaba alto, emitiendo muchas oes (sí, eso la había impactado y era lo único que conseguía oír) y sonreía y clavaba la mirada en su compañero, con decisión, con seguridad.

Le preguntaría a él, se dijo, y decidida se le acercó, le enseñó el mapa y con su japonés de nivel básico-casi-nulo intentó decir algo parecido a “disculpa, ¿dónde?” mientras señalaba un punto en el mapa. Él sonrió, con una sonrisa profunda, de ésas que te atrapan y te enredan y te deshacen y te hacen pedacitos y te estrujan y te llevan lejos y te hacen desaparecer. Y en algo parecido a inglés le preguntó si hablaba inglés. No mucho, se sonrojó ella. Y él volvió a sonreír. Y ella desapareció por completo en esa sonrisa y supo que jamás podría salir de ella. Estaba atrapada en esa sonrisa. Y quería seguir estándolo toda su vida. Él se levantó, le dijo algo a su compañero y le hizo un gesto a ella para que lo siguiera. Y la acompañó. Y día tras día, cuando ella bajaba a la cafetería, lo hacía mirando esa misma mesa, buscando esa sonrisa. Y día tras día, cuando él se sentaba en esa misma mesa de la cafetería, lo hacía buscándola ella, esperando que ella lo encontrara.

Suspiró. Los recuerdos siempre le hacían sentir unas mariposas en el estómago que se convertían en náuseas cuando la realidad se hacía presente. Ryū la había completado y su ausencia se hacía más palpable con Ai-chan sonriendo y dando tumbos por el parque con un muñeco transformer en la mano. Era la viva imagen de su padre, especialmente cuando sonreía. Esa sonrisa era la sonrisa de Ryū, la sonrisa que la había atrapado y enredado y deshecho y hecho en pedacitos y estrujado y llevado lejos y que la había hecho desaparecer. Habían pasado 12 años desde que ella había desaparecido en esa sonrisa. Ya no era esa joven gaijin despreocupada y feliz, recién aterrizada en Japón con miles de sueños e ilusiones por cumplir. Seguía siendo gaijin, sí, pero era ya una gajin que luchaba, año tras año, por hacerse un hueco en esa sociedad japonesa que a veces la miraba con recelo; era una gaijin que año tras año luchaba por comprender ciertas tradiciones que no le resultaban naturales; era una gaijin que había pasado más años de su vida adulta en Japón que en su país de origen; era una gaijin, sí, pero era mucho más que eso: era madre. Y eso era un rol en sí mismo.

Se acarició la tripa. Los siete meses empezaban a pesar demasiado para que pudiera salir corriendo tras Ryū, tras Ai-chan y su transformer, tras su futuro. Miró al cielo. Las nubes, negras, cubrían el centro de Kioto y amenazaban tormenta. Cerró los ojos y una gota de lluvia le acarició la mejilla, resbalando lentamente hasta caer en su pecho. Como una lágrima perdida. Empezó a llover, como ya había visto hacía días que pasaría. No sólo sabía que iba a empezar a llover, sino que lo había visto, lo había sentido, lo había vivido. Lo había visto. Su vida era una repetición constante de realidades que ya había vivido. Imágenes que se movían, adquirían forma y sucedían libremente en su mente para luego plasmarse en la realidad, una vez más. Su vida era un aviso constante de lo que iba a suceder. De lo que siempre sucedía. Podía abrir los ojos con fuerza, cerrarlos con dulzura, cantar, bailar, leer, cocinar, dormir. Pero nunca podría huir de esas imágenes tan ficticias y tan reales a la vez que se convertían luego en su futuro. No podía esconderse. Nunca había podido, ni el día que conoció a Ryū y supo todo su futuro, ni el día que le dijo adiós.

Se levantó del banco  y decidió volver a casa paseando bajo la lluvia. Suspiró. Mañana es el día, se dijo para sí. Mañana lloraré y querré gritar de dolor al tener que decirle adiós a Ryū. Mañana era el día; lo sabía, lo había visto ya. Lo había vivido ya. Miró al cielo mientras se acariciaba la tripa. Tu hija irá con un transformer en la mano, Ryū, susurró. Y jugará y se reirá y será feliz. Ojalá pudieras verla como la he visto yo, como la veré yo dentro de unos años.

Ojalá.Y con su mano en la tripa sonrió con resignación. Ojalá.

Madrid, 29 de octubre de 2011

jul
1
2011

Agua

Y el agua lo golpeó.

Y cerró los ojos, como si eso fuera a salvarlo, como si eso fuera a protegerlo de aquel golpe de mar. Golpe de mar, pensó, qué ironía. Y con los ojos cerrados aguantó la respiración, hasta que no pudo más. Y donde una vez hubo aire empezó a haber agua. Agua salada, sucia, negra. Y al final no quedó aire, sólo agua. Y no quiso, ni pudo ya, volver a abrir los ojos. Y se convirtió en agua, sólo agua. Agua salada, sucia, negra. Y desapareció entre los escombros que, como él, se habían convertido en agua.

***

Cuando llegó no sabía muy bien hacia dónde mirar. Las gafas de protección que llevaba tampoco la ayudaban a centrarse, la verdad. Era todo como un sueño o, mejor dicho, como una pesadilla. No podía ser real. Su mente no concebía que fuese real. El silencio era estremecedor y entorpecía la respiración, se clavaba en los pulmones como pequeñas astillas que hacían sangrar, despacio pero sin pausa, su interior. La destrucción era tan brutal que aniquilaba cualquier intención de movimiento. Su cuerpo estaba paralizado. El dolor se respiraba en el aire, mezclado con rabia y resignación. Y ese dolor, esa rabia y esa resignación pesaban toneladas y se posaban ligeros en los hombros de todos los voluntarios y afectados allí reunidos. Hasta el aire pesaba. El aire pesaba una barbaridad. La entrada no acaba aquí…

jun
3
2011

Sueños del amanecer

Giro la cabeza una vez más. El viento acaricia mi cara, mi cuello. Es un viento fresco, típico del otoño, que recorre todo mi cuerpo como un amante desesperado… Pero como el amante desesperado que resulta ser, me cansa ante tanta insistencia. Mi nariz y mis mejillas deben de estar rojas como el cielo del atardecer que se confunde con las hojas de los árboles, teñidas de sangre. Apresuro mi paso por el Parque Maruyama. Está anocheciendo y aunque me siento segura en esta ciudad, nunca está de más tomar precauciones. Sin embargo, no puedo evitar pararme de vez en cuando para disfrutar de la espectacular vista de colores del parque. Las hojas momiji en su máximo esplendor: rojos, violetas, naranjas, amarillos y marrones se pelean para atraer la atención del paseante y es esta guerra de colores, de intensidades, la que tanto placer da a la vista. Un placer que sólo se encuentra aquí, entre estas hojas otoñales, aunque todavía tengo la esperanza de encontrar un quimono que refleje, exactamente, esta intensidad de colores, de sombras y de brillos. Ni en las mejores tiendas de quimonos de Karasuma he logrado encontrar esa luminosidad, esa sobriedad, ese despertar de los sentidos que es el otoño en Kioto. Noviembre es el mes del color de la sangre, el mes del color rojo, en la ciudad de Kioto… Y curiosamente, es también el mes de mi cumpleaños.

Cruzo el templo Yasaka y, aunque siento en mí la tentación de tocar la campana y rezar, al final me echo para atrás. No puedo perder ni un minuto más. Ya he gastado demasiado tiempo sentada en el parque, viendo la tarde caer, soñando. No quiero ni pensar qué dirán en casa, tú siempre con tus cuentos, y es que ya llego tarde. Me dirijo, decidida, a la calle Shijô que se alza ruidosa y pretenciosa ante mí: un hervidero de ciudadanos, luces de neón, bares de karaoke, salas de pachinko y tiendas de omiyage para los turistas. Kawaramachi es el centro de diversión de Kioto, el lugar donde la más vieja tradición que inunda las calles de Gion y la actual diversión que toma forma de bares, discotecas y centros comerciales se entremezclan sin igual. Cuesta comprender cómo puede existir, de forma tan natural, de forma tan brutal, un pequeño templo en medio de tanto murmullo; cómo puede existir una callejuela repleta de geishas y casas de té entre tanta luz de neón; cómo puede ser que una ciudad mezcle, de tal manera, polos opuestos de su historia. Pero así es Kioto y es justamente esto lo que cada día me enamora más y más de esta ciudad.

Llegué a Kioto cuando todavía era una chiquilla. Enamorada de aquel personaje que una vez descubrió la fama, enamorada del apuesto Genji, quise recorrer cada uno de los recónditos espacios de la ciudad, quise tocar cada piedra que él, con sus manos suaves pero robustas, había tocado tantos siglos atrás en ese mundo imaginario que es el de la literatura. Quise respirar su mismo aire, oler el rastro de su perfume que la ciudad, a través de los siglos, había conseguido hacerse propio. Y así, de esa manera, Kioto se convirtió en mi amante, un amante silencioso, siempre dispuesto y placentero. Un amante que cada otoño lloraba lágrimas de sangre por su amada, pero que cada primavera resucitaba y se bañaba conmigo entre flores blancas y rosadas. La entrada no acaba aquí…

may
27
2011

Pasión flamenca

Tic-tic-tic…

Gotitas de agua se deslizaban por su pelo y después de un largo recorrido desaparecían por la pila del baño. Las más afortunadas llegaban a tocar su piel rosada por el vaho y el calor del agua caliente que la había masajeado. Las menos, se mezclaban con el sudor del cansancio y morían indecisas, como gotas de rocío al amanecer. Estaba cansada, pero sonreía. La ducha caliente, casi hirviendo, que la acariciaba como haciéndole el amor después de la clase formaba parte del ritual que la llevaba a su alma. Y en la intimidad de su interior, Yuki se desdibujaba en el empañado espejo y jugaba a adivinar sus facciones. Se llevó las manos a la cara y se acarició los ojos, pequeños y rasgados, maltratados a veces por su propio deseo.

Se miró.

Desempañó el espejo de una sola pasada y se miró. Frunció el ceño, como intentando imitar esa pose, ese arte, esa pasión. Y fue en el intento donde Yuki se perdió como una gota de sudor y agua más. Desapareció y se quedó vacía. No era auténtica. Cerró los ojos y giró la cara, pero el vaho del agua caliente que todavía emergía de la ducha hacía las veces de apasionado amante y confundía sus ojos en el espejo. En el mundo de la imaginación que poseía a Yuki a través del vaho, Yuki sonreía. Pero en la realidad que despertaba después de la ducha, Yuki no era española. Y lo sabía. Sus ojos rasgados y negros como el carbón la alejaban del sueño… y la llevaban a la realidad.

Pero no desesperaba.

Ella tampoco era española, se repetía. Esos ojos de agua y esa piel tan blanca, que a veces transparentaba el flujo excitado de la sangre azulada, la descubrían y también la alejaban del sueño. Pero ella consiguió engañarse y vivir permanentemente en la imaginación del vaho. Ella consiguió llegar a su alma y encontrar la pasión que la llevaría al sueño. Yuki envidió desde el primer momento a Jenifer. Yuki envidió desde el primer momento a esa inglesa que con su ceño fruncido, su pose gitana y esa llamada pasión flamenca enamoró a Antonio. La entrada no acaba aquí…

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