El otro día hablaba con unos amigos sobre viajes, y, entre anécdotas que oscilaban desde lo  escatológico a lo tragicómico, entre lavabos antológicos e intentonas de timos callejeros, muchos de ellos coincidían en haber experimentado una sensación de querer volver a casa cuanto antes hacia el final del periplo.

Hastiados, confesaron que el último día era prescindible, que aquello que veían casi no compensaba los padecimientos que tuvieron que soportar. Que la prórroga era demasiado larga y no querían llegar a los penaltis: con quedar segundos se conformaban. Mi sorpresa, mayúscula, se debía al descomunal contraste con Japón.

Algunos de los que aquí escribimos hemos comentado más de una vez que Japón te atrapa, que quieres exprimir hasta el último momento, que te quieres beber el país hasta que embarcas en el avión, subir con la boca llena y retener el olor de Japón tanto tiempo como puedas mientras vuelas a diez kilómetros de altura. Que, nada más aterrizar en España, ya estás pensando en cómo y cuándo volverás: nosotros nunca archivamos las guías de viaje, nunca se nos cubren de polvo.

Japón tiene muchas cosas buenas (de las que en Japonismo hablamos con detenimiento) y, obviamente, algunas malas (que también encontraréis aquí). Es un país ciertamente hostil –a nivel burocrático y gubernamental– si uno quiere establecerse y vivir allí el resto de su vida: no lo ponen demasiado fácil, por decirlo de una forma suave. Sin embargo, para un viaje de pocas semanas es el destino ideal: no hay otro país en el mundo que pueda competir con Japón.

¿Queréis saber por qué? Os doy diez buenas razones.

1. La gente: hospitalidad en estado puro. Es alucinante lo confortable que te hacen sentir. Siempre con una sonrisa y dispuestos a ayudar, no existe el concepto de “timar al turista”, tan extendido en otros destinos. Eso sí, debemos tener en cuenta el peligro de que a la vuelta nuestra ciudad nos parezca antipática y maleducada. Y sucia, pero eso ya es otro tema. Si les preguntamos cualquier cosa, como una dirección, se desvivirán por mostrarnos el camino, hasta el punto de abandonar sus obligaciones. No hay problema que un turista pueda tener y que un japonés no pueda solucionar.

En Japón todo es así de fácil: pasas, coges tus naranjas y dejas las monedas. No se tima, no se roba y sí, se deja el dinero en mitad de la calle, sin vigilancia.

2. El idioma: veinte palabras bastan. Porque para vivir es un dolor de cabeza, pero para ser turista no importa en absoluto, contrariamente a lo que muchos piensan. He tenido más problemas en diez días en Francia o Bélgica con mi francés (precario, pero inteligible) que en seis meses en Japón. Los japoneses son los primeros que saben que aprender su idioma es más difícil que descifrar los mensajes de la máquina Enigma, así que no sólo lo facilitan todo al máximo (muchos carteles en inglés e indicaciones para extranjeros) sino que te felicitan en cuanto sueltas algo más que “arigatou”, lo que resulta muy gratificante. Aprendiendo unas veinte palabras básicas (gracias, por favor, váter, agua, cerveza, esto/aquello…) no hay pérdida. Y os diferenciaréis de los angloparlantes que simplemente llegan y empiezan a hablar inglés, sin tan siquiera esforzarse un poquito en aprender algo del idioma del país que visitan.

Aunque no puedan hablar inglés, los japoneses lo intentarán y tú, al final, podrás comprar ese disco o tomarte la cerveza. Garantizado.

3. El transporte: ¿Estamos en la Enterprise? Suele ser caro (aunque con determinados pases y bonos hay descuentos excepcionales, como el JR Pass), pero es muy, muy, muy, muy bueno. Repito, por si no ha quedado claro: muy bueno. Puntual, rápido, con multitud de combinaciones y mucha información. En ciudad nos encontraremos con un eficaz y muy sencillo mecanismo de pago tanto en autobuses como en trenes, que nos facilitará la jornada. Los taxistas son especialmente conocidos por su amabilidad y diligencia, y no bajan la bandera si hay atasco. ¿Os suena? A mí tampoco.

Como en Japonismo el experto en trenes es Luisete, me salto el shinkansen y os pongo otro medio de transporte: un troleobús, fotografiado en Hiroshima.

4. La comida: el jardín de las delicias. Alucinante, diversa, deliciosa, inexplorada: una panoplia de sabores y texturas. Va mucho más allá de lo que se nos vende en occidente (el sushi es tan sólo un plato más) y jamás podría describírosla por completo, ni en mil posts: hay que probarla. La cocina japonesa no sólo consiste en algas y pescado crudo: tienen la mejor comida rápida que he probado, puestos callejeros para chuparse los dedos, restaurantes de altísimo nivel por doquier, establecimientos hiperespecializados en los que cenar es una experiencia sin igual, franquicias de las que no hay que huir, centros comerciales llenos sitios de menús variadísimos y baratos, buen sushi hasta en el supermercado y las gasolineras, carne de primera que puedes cocinar en tu mesa.

¿Fallos? Pocos y secundarios: los postres son inexistentes o una mera copia de los europeos, aunque no suelen tomar casi nunca, y la fruta es la gran desconocida en las comidas. No tienen vino, aunque sí sake –que no lo considero como un sustituto, sino como un complemento– e incluso buena –aunque cara– cerveza, de la que recomiendo Yebisu. Por último, olvidaos de indigestiones y días perdidos yendo al lavabo: no conozco a nadie –absolutamente a nadie– que haya sufrido ningún tipo de indisposición (ni siquiera molestia pasajera) debida a la comida. Ahora, comparad con otras experiencias en países cercanos. ¡Ah! Y nada de propinas: nunca –jamás, en ningún sitio– dudaréis de si está bien o mal dejar tal o cual porcentaje. Un alivio para el viajero.

Menú típico cuando no sabes qué escoger: arroz, sopa de miso, encurtidos, tempura, sashimi, anguila y soba con huevo.

5. Los alojamientos: menú de experiencias. Desde un ryokan con tatami y onsen hasta templos, pasando por hoteles de todo tipo (incluidos los famosos hoteles-cápsula), hostels y casas de huéspedes. El alojamiento en Japón es muy diverso, y no, no es muy caro si se busca con tiempo: de hecho, es más barato que el hotel medio en España. El personal siempre es muy amable y está dispuesto a ayudar, a veces incluso más de lo que uno podría esperar incluso tratándose de japoneses. Alojarse en un ryokan, darse un baño ardiendo, ponerse el yukata, cenar en el tatami y dormir en un futón es toda una experiencia. Palabra.

Ryokan: se come y duerme en la misma estancia, y es toda una experiencia.

6. Máquinas expendedoras, konbini y obento: el maná del cielo. Un regalo divino, una omnipresencia benévola y maravillosa que hará que nunca pasemos sed o hambre. En cada callejón, en cada ruta de senderismo –en medio de los árboles, al lado de una cascada–, cerca de cada templo encontraremos una máquina expendedora con una oferta multicolor de bebidas. Botes fríos en verano, calientes en invierno y mezclados en otoño y primavera, a precios muy asequibles (¡menos de un euro una botella de agua o refresco en los sitios más turísticos de Kioto!) y con una variedad tal que seguro que encontráis vuestro brebaje preferido. Cuando llegué a Japón no entendía cómo era posible que hubiese una jidohanbaiki en mi calle, si estaba en un suburbio sin ningún interés. Poco a poco, me di cuenta de que aquello no era una anomalía, sino un síntoma, y me adapté: sabía que podía calentarme con un café en cualquier esquina, que mientras llevase una moneda de cien yenes no pasaría sed, por lejos que estuviese del centro de la ciudad.

Una jidohanbaiki en medio de una calle desierta, sin iluminación y sin asfaltar en Miyajima.

Y más o menos lo mismo sucede con los konbinisu ubicuidad os sacará de más de un apuro, os lo aseguro. Como ya os hemos explicado en Japonismo, en los konbini (tiendas de conveniencia) podemos comprar cualquier cosa: desde snacks, bebidas o verduras, hasta productos de droguería, revistas, material de papelería, comida recién hecha y Cup Noodles listos para tomar. Un salvavidas con el que os tropezaréis en cada calle y que os ahorrará tiempo si queréis picar algo y aprovechar el día. De la misma forma, si queréis aprovechar el viaje en tren y estáis cansados de los onigiri del Family Mart, en las estaciones encontraréis multitud de tiendas de obento en las que comprar una deliciosa comida para degustar mientras veis pasar el paisaje a trescientos kilómetros por hora.
7. Los lavabos y la limpieza: Don Limpio es japonés. En cierta medida, el motivo de este post, el culpable de que no pudiese sumarme a las anécdotas de mis amigos, la chispa que me hizo pensar qué tiene Japón de especial. En una entrevista televisiva le preguntaron a Falete qué le había impactado más su visita a Japón, y su respuesta fue “Lo limpio que estaba todo: ¡en tres meses no se me pegó ni un chicle a los zapatos! ¡Pero si la calle estaba más limpia que mi casa!”. Y es que impacta, por su ausencia, la suciedad. Hay edificios viejos, trenes con décadas a sus espaldas y aceras ajadas por las inclemencias meteorológicas, pero no hay papeles, botes, restos de comida, pegotes en las ventanas del metro: nada.

Y si os preguntáis si la causa es una limpieza eficaz o el civismo nipón, lo descubriréis el primer día: la educación. Hay poquísimas papeleras, apenas se ven barrenderos y sin embargo el espacio público está inmaculado: no le déis más vueltas. Los lavabos, claro está, están aún más resplandecientes que el asfalto, y, lamentándolo mucho, seguramente no os ofrecerán ninguna anécdota que contar con una cerveza en la mano. Bueno, sí: que no sabíais apagar la música ambiental y le dísteis al botón del chorro de agua caliente. Los lavabos hipertecnológicos pueden no gustar, pero jamás haréis que vuestros amigos se tapen la boca con la mano y os miren con las cejas arqueadas.

Vagón del Metro de Kyoto: tiene décadas, pero parece recién estrenado.

8. La seguridad: te olvidarás de la cartera. Y es que no, no te van a robar la cartera, ni la cámara de fotos, ni nada. No vas a tener miedo si te pierdes y deambulas a la una de la noche por una calle oscura cerca de las vías del tren, ni vas a tener que ponerte la mochila en el pecho, ni a guardarte el dinero en cinturones secretos, ni a alejarte del metro a ciertas horas, ni a evitar ciertas zonas. Lo que vas a ver es cómo la gente deja el bolso para guardar el sitio en una mesa de un restaurante en un centro comercial atestado de gente, cómo los ejecutivos se duermen al lado de sus maletines desatendidos en el metro, cómo entras a una tienda en la que no hay nadie, ni tampoco medidas de seguridad, y tienes que llamar a un timbre en el mostrador para que alguien baje a atenderte.

En muchas ciudades europeas no hace falta ser especialmente cauteloso, pero siempre conviene saber dónde se puede uno meter y a qué horas: la transmutación de ciertos jardines o áreas entre el día y la noche es espeluznante. En Estados Unidos, hay barrios que directamente no debes pisar: en algunos hoteles te llegan a rogar que no vayas al centro de la ciudad a partir de la tarde, ni aún siendo un grupo numeroso. En Japón, nada de eso es necesario. Simplemente disfrutas del país, sin preocuparte. Punto. Y eso, hasta que uno no lo experimenta, es inexplicable: eliminar por completo una congoja constante en cualquier viaje (¡Mi pasaporte! ¡El dinero! ¿Dónde demonios nos hemos metido?) hace que todo lo demás se saboree mucho, mucho más.

La noche es tan sólo otra forma de conocer Japón: nada de zonas prohibidas, nada de barrios vetados.

9. La diversidad: de la A a la Z. ¿Quieres sumergirte en megalópolis, comprar a la última y maravillarte con la mejor arquitectura moderna? ¿Quieres contemplar templos y pasear por calles llenas de historia? ¿Quieres recorrer senderos en medio de una naturaleza virgen, quedarte boquiabierto con volcanes activos, fotografiar fauna que pensaste que sólo verías en un documental de National Geographic? ¿Quieres playas paradisíacas y relax absoluto? ¿Quieres historia reciente en ciudades vibrantes que puedas recorrer a pie? ¿Quieres islas con santuarios y senderismo? ¿Quieres esquiar, ir a parques temáticos, ver el Delorean de Doc, acuarios descomunales y Gundam a tamaño real ? ¿Quieres visitar museos y galerías, cantar en karaokes que ocupan un edificio entero, disfrutar del teatro exótico y vida nocturna? ¿Quieres paladear un tour gastronómico con las mejores guías en la mano?

Todo ello está en Japón, a un tiro de piedra gracias al transporte. No hay otro país que concentre tanto en tan poco espacio, con unos servicios turísticos tan extraordinarios y en un entorno tan seguro y acogedor. Japón lo tiene todo, sin excepción. Yo ya estoy pensando en cuándo volveré, ¿y vosotros?

Torii del Santuario Itsukushima, en la isla de Miyajima, considerada una de las tres vistas más bellas de Japón. Y no creo que les falte razón.

10. Lo que no hace falta. Sé que parece una razón un poco extraña, y por eso la he dejado para el final. No: para ir –y disfrutar– de Japón no hace falta ser un otaku, no hace falta saberse de memoria los tomos de Death Note, no estamos obligados a ir al museo del Manga en Kioto –¡yo no fui y estuve seis meses!–, no hace falta que ansiemos la llegada de Halloween para vestirnos de cosplay, no tenemos que ser unos enamorados de lo zen, no nos hace falta sentir la espiritualidad de una forma especial en los templos, nadie nos obligará a comer pescado crudo.

Coged los tópicos que acumuláis sobre Japón, escribidlos en una hoja y después rompedla. A Japón hay que viajar como si fuésemos una página en blanco. Yo fui por trabajo, sin ninguna ilusión por visitar el país nipón, sin ser un amante de su cultura y desconociendo por completo el idioma. Iba porque tenía que ir: punto. Si me hubiesen dado a escoger, hubiese señalado como destino Australia, Estados Unidos, Chile, Finlandia, Islandia, Noruega o Canadá. Japón estaba en el furgón de cola, y embarqué en el avión desganado y sin expectativas de descubrir nada. Y aquí estoy, casi cuatro años después, enamorado de un país indescriptiblemente amable y bello, escribiendo en un portal sobre cultura japonesa. ¿Hay acaso mejor prueba que ésa?

Pontocho, en Kyoto: una calle turística que, a pesar de todo, ha sabido mantener el sabor y la esencia de una ciudad maravillosa y calmada.