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Se dio cuenta justo cuando el último suspiro de vida pasaba por sus pulmones. Y los ojos de ella le dejaron claro que, como él, lo había comprendido todo también justo en ese preciso instante.

Cuando ya era tarde.

Otra vida les esperaba. Con otros recuerdos. Y otras historias. Ella intentó recordar, por todos los medios, aún sabiendo que era en balde. Él intentó grabarla en su corazón, aún sabiendo que desaparecería con su muerte. Querían reencontrarse. Debían reencontrarse.

Pero todo jugaba en su contra.

 

Kotaro se estaba abrochando el cinturón obi de su yukata cuando un escalofrío le recorrió la espalda. Se detuvo unos segundos y escuchó, atento. Tan sólo se oía su corazón bombeando sangre con fuerza al resto del cuerpo, mezclado con los coches que circulaban por la calle Oike y los cuervos que, a esas horas, ya iban en busca de comida. Hizo un pequeño gesto con la cabeza, como quien se ríe de haberse asustado por nada, y prosiguió con el lazo de su obi aunque no pudo quitarse esa sensación extraña de saberse observado por alguien y se aguantó las ganas de girarse para mirar por la ventana. ¿Quién podría estar observándole desde un tercer piso? Se dijo a sí mismo, para forzarse a no mirar. Pero miró, por el rabillo del ojo, a ambos lados a través del espejo que yacía en el suelo de tatami de su pequeño apartamento y sonrió negando con la cabeza. Esa paranoia no era habitual. Estaba acostumbrado no sólo a vivir solo sino también a oír el crujir del pasado acechando entre las sombras de los pasillos que recorría día tras día entre desconocidos. Pero desde hacía unos días Kotaro no podía quitarse de encima la sensación de saberse observado. Hasta en la privacidad de su casa estaba alerta. Y era algo que no podía explicar.

Se echó crema hidratante en la cara y se puso un poco de gel en el pelo negro como el carbón, peinándose para que pareciera perfectamente despeinado y aguantara el sombrero panameño que se enfundaría justo después. Cuando estuvo listo, volvió a mirarse fugazmente en el espejo y volvió a sonreír. Así sí, pensó, así es cómo debe hacerse. Siempre lo había pensado, desde que entrara como ayudante a trabajar entre las paredes que guardaban miles de recuerdos y secretos de shogunes y cortesanos. Nunca había entendido por qué los guías y trabajadores del lugar lucían ropas occidentales y no había parado hasta que, años más tarde, ya como trabajador de pleno derecho, su voz se había hecho oír y consiguiera cambiar el atuendo de los que allí trataban con turistas y visitantes.

Sin dejar de mirarse al espejo, pensó que estaba realmente atractivo. Su aspecto realmente le gustaba. Metro ochenta y cuatro centímetros de altura sorprendentemente japonesa enfundados en un yukata grisáceo oscuro con obi gris algo más claro y un sombrero panameño que daba el toque final tanto a su peinado como a su vestimenta. Desconectó su iPhone del cargador, que yacía en el suelo de tatami de su pequeño piso en el centro de Kioto, y lo metió en el bolso. Revisó que tuviera  las llaves y la tarjeta de entrada y bajó el pequeño escalón de la entrada para ponerse las geta y salir cerrando la puerta con llave tras de sí.

Bajó los tres pisos andando, como todos los días, haciendo el ruido característico de las geta al bajar los escalones y anduvo unos metros por la calle Oike, cruzó la calle Inokuma y entró en el konbini del barrio a comprarse una botella de té verde frío y un onigiri de ikura, como todas las mañanas. Kotaro era un joven de costumbres.

“Hey, Kotaro” le saludó Nobu con una amplia sonrisa en los labios. “Nos vemos esta noche, ¿no?”

Kotaro asintió con la cabeza, mientras buscaba el importe exacto en su cartera. “Sí, a las seis y media en casa de Hideo, ¿no?”

“Uhum”, asintió Nobu. “Yo traigo las cervezas, a ver si así Shota nos cuenta qué ha pasado con esa novia extranjera que tenía”.

Kotaro soltó una carcajada. “Eres peor que una mujer” dijo, sonriendo, y recogiendo la bolsa con su onigiri y su botella de té verde con una mano, hizo adiós con la otra intentando disimular el hecho de que, en parte, a él también le interesaba saber qué le había pasado a Shota con esa novia extranjera que tenía y de la que tanto había presumido, y salió en dirección al trabajo. En ese breve camino, Kotaro siempre recibía miradas de varios vecinos y transeúntes. Ver a un chico joven, alto y fuerte en hakama o en yukata a primera hora de la mañana sorprendía a muchos. Podría hacer como la gran mayoría de sus compañeros y cambiarse en el trabajo, pero lo cierto es que Kotaro no lo entendía. Para él aquella vestimenta no era un disfraz. Ni siquiera era su uniforme de trabajo. Eran las ropas normales que uno debía llevar en un sitio como al que acudía todas las mañanas. En un sitio en el que el pasado y el presente se mezclaban y se retaban, día tras día.

Y le encantaba.

Entró por una de las puertas laterales destinadas a los trabajadores, dejó su bolso en el armario que tenía su nombre, saludó a los pocos compañeros que ya habían llegado y se estaban tomando un café en el comedor, y salió hacia los jardines Honmaru sin saber muy bien por qué. Eran poco más de las ocho de la mañana, pero el aire en Kioto era sofocante, ya.

Va a ser un día caluroso, pensó.

Miró a su alrededor y se repitió lo afortunado que era de poder trabajar allí. Ése había sido su sueño desde siempre, pero desde hacía unos días sentía que le faltaba algo. Que su sueño estaba incompleto. Y no entendía la razón. De golpe, volvió a sentir un escalofrío recorrerle la espalda y miró a ambos lados, aún sabiendo que estaba solo en el jardín. Hasta que vio la figura de una mujer, medio escondida entre los árboles. Levaba un kimono de colores violetas y estampados rojos, verdes y dorados y un obi verdoso con toques dorados y vio que debajo del kimono llevaba dos (¿o eran tres? No conseguía verlo bien) capas de colores diferentes. Tenía el pelo negro azabache, peinado con una raya en medio y recogido en una coleta baja, con dos mechones lisos a cada lado. La chica parecía no moverse. Kotaro supuso que las diferentes capas de tela de kimono le pesaban tanto que la pobre chica no podía ni mover una pestaña. Bajó la vista un segundo, para consultar la hora en el reloj de bolsillo que llevaba escondido en el obi y se sorprendió. No eran ni las nueve de la mañana, siquiera. Las puertas de entrada todavía estaban cerradas. Levantó la vista de nuevo, dispuesto a acercarse hacia el puente que unía la zona del palacio Honmaru con la zona del palacio Ninomaru, que es donde había visto a aquella chica en kimono, y se sorprendió. No había nadie. Sin poder creerlo, cruzó rápido en dirección a los jardines Ninomaru y entró una de sus estancias favoritas de todo el palacio, la sala shiroshoin, la habitación privada del shogun.

Y se paró en seco a escuchar.

Y oyó el sonido del ruiseñor que tantas veces había oído antes. Sólo que esta vez le trajo recuerdos de memorias que él ni siquiera había vivido. Frunció el ceño y carraspeó avanzando hacia la sala de audiencias siguiendo los pasos del ruiseñor, que cada vez oía con más nitidez, e intentando organizar sus ideas.

“Kotaro-kun” exclamó Yuriko. “Qué sigiloso, no te oí venir a pesar del suelo de ruiseñor ése del que tanto hablas en tus visitas guiadas”. Yuriko era una de las señoras de la limpieza. Probablemente estaba haciendo la última ronda antes de abrir las puertas a los turistas.

“Ah, Yuriko-san” Kotaro se detuvo a saludarla formalmente, aunque sus oídos seguían buscando a ese ruiseñor que le evadía. “¿Has visto a la chica en kimono por aquí?”

“¿Chica en kimono?” Yuriko levantó la ceja, sorprendida.

“Sí” Kotaro tragó saliva intentando hacer el menor ruido posible. Ya no oía nada. “Supongo que será para alguna sesión de fotos de boda, aunque no me he enterado. La he visto de lejos en el Honmaru y pensé que podría haber venido hacia aquí.”

Yuriko negó con la cabeza y sonrió afable, mientras le aseguraba a Kotaro que no había nadie más en todo el palacio. Ella misma lo había recorrido hacía tan sólo unos instantes. Las puertas principales estaban cerradas al público todavía. “Vamos hacia la sala de trabajadores, allí nos contarán”.

Kotaro asintió y disimuló un enfado que le hervía la sangre. No le gustaba no saber y menos no saber si alguien tenía permiso especial para entrar en su territorio. Era algo superior a él, necesitaba tener el control total sobre el acceso a esas paredes.

“Anda, tómate un café” le dijo otro de los guías en cuanto llegaron al comedor y Kotaro preguntara acerca de la chica en kimono “que parece que ves visiones”. Kotaro bufó y a punto estuvo de contestar, pero decidió callar y dejarlo estar. Últimamente tenía problemas para dormir y andaba muy cansado.

Quizá sí había sido producto de su imaginación.

Kotaro estuvo nervioso todo el día, sin saber muy bien por qué. Repartió sonrisas, especialmente entre las chicas y las mujeres de sus visitas guiadas, compartió secretos que habían estado escondidos durante siglos entre las paredes que hoy le ahogaban, y contestó a todas y cada una de las preguntas que los visitantes le hicieron, con una sonrisa en los labios, pero siempre nervioso, como a la expectativa. A cada pequeño gorjeo del suelo de ruiseñor, a Kotaro se le ponían los pelos de punta y sentía como se le erguía la espalda, de golpe. Como si estuviera viviendo en la piel de uno de esos ninjas disfrazados de jardineros de los que tanto hablaba en sus visitas guiadas, pensó. Y sonrió para sus adentros, intentando calmarse.

Cuando finalizó su turno, se fue a casa a paso ligero. Estaba extremadamente cansado de tanta tensión acumulada en sus músculos. Al llegar a su apartamento, se descalzó, dejó las geta en la entrada, cogió una cerveza de la nevera, dio un gran trago mientras se abría un poco el kimono y se tumbó en el tatami del pequeño salón. Y miró al techo hasta que sus ojos se nublaron y dejaron de ver.

 

Había sido educado y entrenado para ese puesto toda su vida. Desde pequeño, su padre le había enseñado los movimientos, los trucos y las armas que debería utilizar en un futuro. Y estaba preparado para ello. Pero también se sentía nervioso. Después de mucho entrenar y observar, hoy estaba en primera fila y formaba parte del exclusivo grupo que con sólo oír una palmada debía arriesgar su vida hasta la muerte, si hiciera falta.

Pero no oyó ninguna palmada, sino una carcajada que le robó el corazón. Sus ojos la siguieron y la encontraron en el puente cercano al palacio Ninomaru. Y se perdió en ella, en esa carcajada que resonaba bajo un kimono de colores violetas y estampados rojos, verdes y dorados y que ni el llamativo obi verdoso con toques dorados podía controlar; una carcajada que hacía revolotear como si fueran dos mariposas enamoradas los dos mechones lisos de negro azabache que habían pretendido fugarse de la raya en medio y la coleta baja que recogía al resto.

Sus compañeros, ahora casi hermanos, le leyeron la mente y negaron con la cabeza. Y por las ropas y la compañía, supo que esa carcajada sería siempre inalcanzable, pero se prometió a si mismo protegerla con su vida, si hiciera falta, como sólo debería hacerlo con su padre.

 

Kotaro abrió los ojos, y se incorporó de un respingo, golpeándose contra la mesa baja y tirando la lata de cerveza al suelo de tatami. “Mierda”, se maldijo y levantándose cogió un trapo de cocina e intentó secar la cerveza del tatami lo más rápidamente posible.

Y mientras limpiaba, cabreado consigo mismo, se dio cuenta.

Era ella.

 

“Kotaro, ¿qué te pasa hoy? Estás como ausente, tío” le dijo Nobu mientras le pasaba el brazo por los hombros. “¿Tienes algo que contarnos?” sonrió hacia el resto, en plan cotilla.

Kotaro había llegado algo tarde a casa de Hideo, aunque no tanto como Shota, que todavía no les había contado qué le había pasado con esa novia extranjera de la que tanto había presumido. Llevaban sólo un par de cervezas, había tiempo.

Kotaro notó los ojos de Nobu, Hideo y Shota y dudó. Podría explicarles que había visto una visión que luego se había convertido en pura realidad en un sueño del pasado. Pero él mismo sabía lo absurdo que sonaba. Aunque para él tuviera todo el sentido del mundo a pesar de ni siquiera poder ponerlo en palabras. Las palabras vaciaban de todo sentido sus sentimientos.

Y Kotaro sabía que tenía que agarrarse a ellos.

Sonrió y decidió fingir. “Nada, estaba pensando en que mañana tengo que ir a un omiai… y me da una pereza…” cogió la lata de cerveza y pegó un trago, para despistar a medias, porque lo cierto es que no le apetecía en absoluto acudir a ese omiai, pero tampoco le suponía tanto problema. Iría, esbozaría una de sus grandes sonrisas y volvería a su casa.

Y nada cambiaría.

“¿Un omiai?” preguntó sorprendido Shota. “Eso te pasa por vivir siempre pegado al pasado, tío. Deberías modernizarte. Mírame a mí, conozco a suficientes chicas sin necesidad de pasar por un omiai” se rió, chulesco. “Un gokon, vale, que es divertido, ¿pero un omiai, Kotaro?” y chasqueó la lengua, en una divertida señal de fingida desaprobación.

“No todos somos guapos actores como tú, Shota, al que le salen chicas de debajo las piedras” saltó Hideo intentando defender a Kotaro, pero con una sonrisa en los labios.

Kotaro, Nobu, Hideo y Shota se habían conocido en a universidad, hacía ya algo más de ocho años y a pesar del tiempo, ninguno había querido dejar ese barrio en el que sentían que pertenecían, aunque fueran realmente de otras partes de Japón. Ninguno podía explicarlo, pero todos podían entenderlo, sin cruzar siquiera una palabra sobre el tema. Y probablemente por esa razón no sólo se habían hecho amigos en la universidad, sino que se habían convertido casi en hermanos con el paso de los años. Algo les unía, aunque fuera una fuerza invisible e intocable, indivisible e indestructible. Inexplicable.

Una fuerza que Kotaro había comprendido en el preciso instante en que había oído esa carcajada.

Eran ellos.

 

*

 

Tokume se miró al pequeño espejito que siempre llevaba en el bolso y por un instante pensó que su amiga Yuko quizá tenía razón.

“El pelo negro y liso ya no se lleva, Toku-chan” le había dicho una tarde, mientras veían revistas de moda y tomaban té sentadas en el suelo de tatami de su pequeño apartamento cercano al castillo de Himeji. “Ése es un look muy anticuado, ¡deberías modernizarte! Teñirte el pelo, ondulártelo, cortártelo en capas…” le dijo Yuko mientras toqueteaba mechones del pelo de Tokume gesticulando sin parar.

Se acarició un mechón de pelo y negó con la cabeza, para sí. No sabía verse con el pelo teñido u ondulado. Le gustaba como su pelo color negro azabache combinaba con el blanco impoluto del castillo que la observaba todas las mañanas desde la ventana y que ahora había dejado atrás. Le gustaba sentir cómo el viento que revoloteaba por los pasillos del castillo de Himeji acariciaba su pelo liso y lo hacía bailar en mil mechones. Se preguntó, para sus adentros, si en su nuevo destino el viento revolotearía entre sus mechones y si su color negro azabache se pelearía con el blanco impoluto de las paredes. Y suspiró, a sabiendas de que se alejaba del lugar que los últimos años había considerado su casa. Se había engañado a si misma, pensando que podría huir de su destino. Pero el destino la había llamado y debía acudir. Ya no valían las excusas.

Tokume había huido a Himeji al empezar la universidad. Era la hija de uno de los grandes empresarios de Kioto y en la antigua capital se sentía atrapada en un papel que no era el suyo, pero que sentía que siempre lo había sido. En Kioto siempre se había sentido incompleta, en busca de algo que no podía explicar. Y que aparentemente no había podido encontrar jamás. Ésa fue una de las razones por las que escogió la universidad de Himeji y no las prestigiosas universidades a las que aspiraba su padre. Quería alejarse de ese sentimiento de vacío, de la impotencia de buscar algo que nunca encontraría, que nunca siquiera conocería. Y a pesar de las imposiciones familiares y los enfados y los gritos consiguió su objetivo, pero el sentimiento de vacío y la impotencia no se fueron sino que se agravaron con el paso del tiempo.

Hasta casi ahogarla.

Tokume odiaba tener que volver a Kioto, tener que volver a ejercer de hija de los Matsudaira, tener que volver a bailar al ritmo de la farsa del dinero y del poder. Y aunque había intentado deshacer los lazos, su vida en Himeji había sido como un espejismo. Como un sueño. Del que se estaba despertando. Del que no quería despertar. Aunque el vacío y la impotencia se cernían sobre ella con más fuerza que nunca. Impotente, cerró los ojos para controlar una lágrima que amenazaba con escaparse. Y se dejó llevar.

 

Quería irse. Mientras se vestía con las ropas de hombre que le había robado a uno de sus hermanos, le temblaban las manos, pero a la vez estaba convencida de lo que iba a hacer. Quería irse.

Y quizá lo habría conseguido, si esa mirada no se hubiese interpuesto en su camino. Si esa mirada no la hubiese salvado de su destino.

Nunca olvidaría esa mirada.

Nunca le vio salir, hasta que su cuerpo se interpuso entre el suyo y el de su agresor y en un movimiento rápido detuvo el tiempo. Y se hizo el silencio. Y esa mirada se fue, tal cual había venido. Y ella supo que nunca olvidaría aquellos ojos color miel rodeados de negro azabache. Y supo que le reconocería, a pesar de no haberle visto jamás. Y supo que le daría su vida, sin dudarlo ni un instante.

Sólo tenía que encontrarle.

 

Tokume abrió los ojos justo cuando el shinkansen estaba llegando a la estación de Kioto. Se levantó, desperezándose, cogió la pequeña maleta del compartimento superior y se acercó hasta la puerta. Desde que su padre había insistido y casi la había obligado a volver a Kioto, sus sueños se habían vuelto cada vez más vívidos y a la vez más confusos. Sentía que los comprendía, pero cuando intentaba comprenderlos, se esfumaban en pequeñas imágenes perfectamente borrosas e increíblemente clavadas en su memoria. No tenía ningún sentido, pero de alguna manera, ella conseguía entenderlo.

Al salir de la estación, siguió las indicaciones que le había enviado su padre por correo electrónico y enseguida vio un coche negro, esperándola. Al acercarse vio como un hombre de unos cincuenta años, perfectamente uniformado con gorra y guantes blancos, salía del coche y abría una de las puertas traseras, bajando la cabeza y saludándola con rectitud. Ella bajó la cabeza, algo avergonzada y subió al coche, sin decir absolutamente nada. No había nadie más. Y se maldijo en silencio por haber esperado que sus padres fueran a buscarla. Y se sintió como la niña que fue.

Vacía e impotente.

Odiaba estar allí, pero no había podido negarse. Sus padres habían organizado un omiai para el día siguiente y no había manera de escapar. Tenía 25 años y ninguna relación seria a la vista, o mejor dicho, ninguna relación aceptable según los cánones de su apoderada familia, por lo que sus padres estaban ansiosos por casarla y ver cómo Tokume daba futuro al linaje familiar. El linaje de los Matsudaira.

Cerró los ojos y aunque intentó evitarlo, vio la imagen muy clara en su cabeza: él un joven adinerado con estudios y la rigidez que sólo un apellido biensonante te puede dar, pretendiendo ser el yerno perfecto y enamorando a todos con su fingido encanto. A todos menos a ella. No le conocía y ya sabía que le iba a odiar.

Abrió los ojos de golpe y se le escapó una pequeña carcajada sarcástica.

El tráfico por la calle Horikawa era denso y el vehículo avanzaba lentamente. Tokume iba pensando en todo y en nada mientras miraba por la ventanilla tintada del coche de la familia, cuando, sin saber muy bien por qué, todo su cuerpo se tensó y su corazón se revolucionó. Le costaba respirar  y a pesar de todo ello, la sensación de vacío que desde siempre la había ahogado parecía aflojarse y liberarla. Tokume miró confusa a su alrededor, buscando una respuesta a sabiendas de que no la encontraría en nada físico o material. El coche pasaba justo en esos instantes por delante del castillo Nijo y sintió que debía pararse ahí. Sintió que debía pararse y buscar ese algo que había anhelado toda la vida. Sintió que debía pararse y llenar el vacío que la ahogaba día tras día. Gritó al conductor para que parara el coche y se bajó, casi sin esperar a que el vehículo se detuviera por completo. Sin mirar a su alrededor. Con la vista fija en los muros del castillo Nijo que irremediablemente la atraían hacia sí. Y como si de un sueño más se tratara, Tokume no podía explicar con palabras qué le estaba sucediendo. Sólo sabía que debía estar ahí, que ése era el lugar.

El conductor bajó del vehículo alertado y la observó, antes de mirar su reloj, preocupado. “Son pasadas las cinco, señorita Matsudaira, el castillo ya está cerrado” carraspeó, incómodo “y además su señor padre la espera en la residencia”.

Tokume le oyó pero no le miró. No podía apartar sus ojos del castillo y su mente comenzaba a atar hilos del pasado. De un pasado que ni ella conocía, pero del que, sin saber muy bien cómo, sabía todos los detalles. De un pasado que había vivido, había sonreído y había amado. Y sólo sabía que tenía que encontrar la manera.

La manera de encontrarle.

 

*

 

Kotaro no quería irse. Y no era por el omiai que tenía justo después. No, era algo más. Algo le ataba al castillo y no podía deshacerse de una extraña sensación que le presionaba el pecho, dificultándole la respiración. Intentando dejar la mente en blanco, dio un último paseo por aquellos pasillos que conocía tan bien. Completamente en silencio, se descalzó y casi arrastrando sus pies por el frío tatami se acercó a uno de sus rincones favoritos del castillo Nijo. Y con los dedos de la mano derecha siguió las líneas que dibujaban las pinturas de pinos decorados con láminas de oro, presidiendo una de las salas del shogun. Miró a su alrededor y suspiró, intentando imaginarse a Tokugawa Ieyasu reunido con sus daimyo en esa espléndida sala.

Y sonrió. Sólo la imagen en su mente ya infundía respeto.

Miró su reloj de bolsillo y se dio cuenta de la hora que era. O corría o no llegaría a tiempo y quería evitarse un discurso por parte de sus padres, así que echó una última mirada a la sala, como armándose de valor, y se fue corriendo a recoger sus cosas. Se despidió de los compañeros que todavía estaban en la sala de trabajadores y corrió a coger un taxi que le llevara por la calle Oike hasta el Royal Hotel & Spa.

Al bajar del taxi, se ajustó el yukata y el obi y se miró en una de las cristaleras de entrada al hotel para colocarse el sombrero panameño. Miró a su alrededor y sólo vio hombres en traje y corbata. Todos de colores oscuros. Todos iguales.

No debería estar aquí, pensó.

Su padre se le acercó y le echó una mirada de desaprobación, mientras su madre, algo más nerviosa, negó con la cabeza y le miró con ojos suplicantes.

“No he tenido tiempo de ir a cambiarme” se excusó Kotaro, fingidamente. “Si pusierais estos dichosos omiai un poco más tarde…” y tuvo que aguantarse la risa, porque ni él mismo se lo creía. Había tenido tiempo de sobras para ir a casa y cambiarse de ropa, pero había preferido perderlo entre los pasillos del castillo Nijo. Como le había pasado otras veces. Como sabía que le pasaría otras veces.

Un chico joven, personal del hotel, les acompañó hasta una sala privada con tatami al final de un largo pasillo pasillo. En varias salas la conversación del interior se colaba por las finas puertas de papel y justo cuando estaban llegando a su sala, Kotaro se paró en seco, sin saber muy bien por qué. Y observó por el hueco de una puerta corredera mal cerrada. Él llevaba gafas y traje oscuro y parecía muy refinado. Ella era un misterio que no alcanzaba su vista.

Y sintió que necesitaba verla.

Era lo único en lo que podía pensar mientras sus padres y los padres de Rina, una joven menuda que apenas sonreía y que parecía estar ahí por estar, hablaban y les invitaban a hablar en ese omiai que parecía que no se acababa nunca. Kotaro aprovechaba cada momento de silencio para agudizar el oído e intentar escucharla a través de las paredes. Hasta que supo que no podía aguantar más. Desestimando las miradas de desaprobación de sus padres, se excusó para ir al baño y salió de la estancia, lentamente acercándose a donde estaba ella. La puerta volvía a estar entreabierta y en esta ocasión sí pudo ver toda la sala.

Y ella no estaba.

Kotaro dudó un instante y sintió que le faltaba el aire. Y salió corriendo.

 

*

 

Lo único que le gustaba de ese omiai era haber podido vestir uno de sus kimonos favoritos. A Tokume le encantaba vestir kimono. Le encantaba la presión que el obi ejercía sobre su espalda al sentarse sobre el tatami, el sonido de la tela al caminar, lo sugerente que parecía su nuca bajo las capas del kimono. De golpe sintió todas las miradas sobre sí y se dio cuenta de que no había estado prestando atención. Sonrió y bajó la mirada, fingidamente avergonzada.

Como odiaba estar ahí.

Enfrente de ella, su pretendiente soltó una carcajada que a ella le pareció más una amenaza. Makoto llevaba gafas, un traje oscuro y parecía muy refinado, pero había algo en él que Tokume no lograba descifrar. Y que la ponía extremadamente nerviosa. Su padre mantenía la misma pose seria que el padre de Tokume, mientras que las madres estaban encantadas con aquella posibilidad. Makoto intentaba sonreír de vez en cuando y Tokume tenía que controlar sus facciones y evitar así que nadie pudiera ver su cara de asco.

Y sintió que debía salir de allí.

Agobiada, se excusó sin decir apenas una palabra y salió por el pasillo hasta el exterior lo más rápido que su kimono le permitió. Necesitaba un cigarrillo. Tokume no fumaba mucho, pero en esos momentos necesitaba salir de esa sala y fumarse un pitillo.

Sin más.

Pero al llegar al exterior del hotel, Tokume no llegó ni a encenderlo. Le temblaban demasiado las manos y estaba demasiado nerviosa como para disfrutarlo, además de que sabía que el kimono y su aliento olerían a tabaco y sería muy difícil de esconderlo después. Se maldijo a si misma por haber aceptado participar en esta farsa y como un golpe de viento que viene silencioso, le recordó, aún sin conocerle.

Tenía que encontrarle, pero no sabía por donde empezar. No sabía siquiera si existía.

Hasta que el mundo se paró y le vio salir, con cara de abatimiento o de aburrimiento o de agobio. Y cuando él la miró, el mundo se silenció y él sonrió.

Y ella sonrió.

Y ambos lo supieron.

 

Laura Tomàs Avellana

Madrid, 15 de enero de 2013

 

Algunas notas sobre el castillo Nijo:

El castillo Nijo, situado en Kioto, fue construido en 1603 como residencia oficial de los shogun Tokugawa. Tokugawa Ieyasu fue el primer shogun que vivió en el castillo Nijo y lo hizo durante 74 años (del 1542 al 1616) acompañado de sus 19 mujeres y concubinas, que le dieron 11 hijos (Matsudaira Nobuyasu, Yuki Hideyasu, Yokugawa Hidetada, Matsudaira Tadayosi, Takeda Nobuyoshi, Matsudaira Tadateru, Matsuchiyo, Senchiyo, Tokugawa Yoshinao, Tokugawa Yorinobu y Tokugawa Yorifusa) y 5 hijas (Kame, Toku, Furi, Matsu, Eishoin e Ichi).

Aunque es una fortaleza, su aspecto no es el del típico castillo japonés tradicional. La historia cuenta que los jardines de los palacios estaban repletos de ninjas, disfrazados de jardineros, que acudían ante el shogun al oír tan sólo una palmada por su parte.

Entre los aspectos más destacables del castillo Nijo encontramos la puerta karamon, de influencia china y decorada con flores, dragones, tigres y grullas, las tallas de la madera interior, que lucen de forma diferente según desde donde las miremos, y el suelo uguisu-bari o suelo de ruiseñor, un suelo de madera especialmente diseñado para que al andar sobre él se oiga un sonido parecido a los gorjeos de un ruiseñor y así alertar a la vigilancia del castillo del intruso.

Más información (en inglés) y fotos, aquí:  http://www.japan-guide.com/e/e3918.html

Glosario del cuento:

  • Daimyo (大名): Señor feudal (especialmente desde el s. X y hasta el siglo XIX).
  • Geta (下駄): calzado tradicional que consta de una tabla (tradicionalmente de madera) y dos tiras de tela.
  • Gokon (合コン): quedada (normalmente para tomar algo o cenar) de un grupo de chicos y chicas solteras que no se conocen entre sí, con el objetivo de encontrar pareja (más o menos seria, según el caso ^^).
  • Hakama (袴): Pantalón largo con pliegues (cinco por delante y dos por detrás) que actualmente se usa como part del kimono masculino o por practicantes de ciertas artes marciales.
  • Ikura (イクラ): huevas de salmón.
  • Konbini (コンビニ): tienda de conveniencia, abierta 24 horas en la que se puede comprar de todo, desde productos de droguería hasta comida preparada.
  • Obi (帯): cinturón de tela para cerrar el kimono.
  • Omiai (お見合い): reunión tradicional en la que dos jóvenes, acompañados por sus padres, toman algo y se conocen con el objetivo de encontrar una pareja para casarse. Hay que destacar que el omiai no es un “matrimonio concertado” ya que no hay obligación por ninguna parte de seguir viéndose o de casarse. Es simplemente una manera de conocer a personas que quieran una relación seria y tener la aprobación de los padres.
  • Onigiri (おにぎり): bola de arroz, comúnmente envuelta en alga nori y rellena de diferentes ingredientes.
  • Shinkansen (新幹線): tren de alta velocidad japonés.
  • Shogun (将軍): título y rango militar concedido directamente por el Emperador. El shogun tenía el poder absoluto de la nación como comandante jefe del ejercito japonés hasta 1867.
  • Tatami (畳): esteras, tradicionalmente de paja, que recubren el suelo de las estancias tradicionales en Japón.
  • Yukata (浴衣): kimono fino de algodón, especialmente usado en verano o para acudir a baños termales.

 

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