Una de las influencias, tal vez indirectas, que condiciona al Pinku Eiga (el cine de desnudos japonés) tras su nacimiento oficial en 1962 es la presencia de varias cintas educacionales englobadas bajo la denominación Basukon Eiga o “cine de control de natalidad”, que habían causado furor una década antes.

Promulgadas por el Ministerio de Salud y Bienestar Social, estas obras de carácter médico empezaron a producirse en un intento de concienciar a los japoneses sobre la necesidad de solucionar el problema de superpoblación que asolaba al país, en una época, tras la Segunda Guerra Mundial, caracterizada por la falta de recursos y cuando, para más inri, se estaba produciendo una especie de “boom por los bebés”.

Hoja de anuncios en revista japonesa

Hoja de anuncios en una revista sexual japonesa de los años 50.

Empresas farmacéuticas e instituciones a favor del aborto colaboraron con el gobierno para concretar un proyecto que, por otro lado, tenía un precedente en las épocas Meiji y Taishō. En esos días, la efervescencia en torno a las relaciones de pareja indujo a que uno de los temas más recurrentes en las conversaciones diarias fuera el de la sexualidad, máxime cuando bastantes publicaciones ya estaban alentando la aparición del ero-guro en los entornos artísticos.

Muchas revistas se especializaron en ginecología y fruto de ello se importaron documentales alemanes que, como la exitosa Cyankali (1930) de Hans Tinter, formaban parte en su país de un género llamado sittenfilme (películas del vicio”), consistente en explotar tabús desde una perspectiva de voyeur. En Japón, estas películas también tuvieron su sello particular que bien podría ser el de Osan Eiga (“cine sobre nacimientos”) o, si la censura no había permitido su proyección, de Himitsu Eiga (“cine secreto”).

Los japoneses devoraron el Osan Eiga porque había una preocupación palpable por el contagio de enfermedades venéreas, pero cuando los militares comenzaron a extender sus tentáculos sobre las instituciones más importantes del país, el fenómeno desapareció súbitamente, porque lo importante ahora era que nacieran muchos bebés para convertirlos en futuros soldados.

Como digo, volviendo a la década de los 50, el exceso de población requería una revisión de los tratados sobre ginecología y por esa razón se recuperó aquel estilo de documentales germánicos, fomentando la realización de películas patrias, un Basukon Eiga que se englobó bajo el género conocido como Seppun Eiga (“cine de besos”), un invento que abogaba por el romanticismo en la pantalla a imagen y semejanza de los clásicos protagonizados por Audrey Hepburn.

Otra vez, los japoneses abarrotaron los cines para, supuestamente, aprender sobre ginecología. El problema es que las autoridades descubrieron pronto que, los maridos que acompañaban a unas esposas necesitadas de saber sobre su propio cuerpo, lo hacían en realidad para disfrutar del visionado de desnudos.

Uno de los artículos del código penal nipón, el 175, concerniente a la las reglas sobre higiene, funcionaba convertido en ley desde 1907, y entre otras cosas prohibía la exhibición de genitales en el Séptimo Arte. Sólo al Osan y ahora al Basukon se les permitía saltarse la regla, acaso por su esencia pedagógica, con lo que se convertían en una excelente disculpa para que los propios realizadores explotaran el cuerpo femenino a través de un prisma libidinoso.

No es de extrañar que se levantaran eventos con títulos tan poco engañosos como el de “Festival del cine sexual” o “Festival del film de educación sexual”, que despertaron las suspicacias de la policía hasta el punto de que muchos de los largos exhibidos fueron confiscados. Un vistazo a la programación de estos shows nos deparará la presencia de personajes importantes como el guionista Shikiba Ryuzaburo, que presentaba una película sobre la menstruación y que luego se convertiría en el editor de las revistas para adultos más importantes del país.

Existía malestar gubernamental provocado por la actitud del responsable, pero lo cierto es que el propio Ministerio estrenaba obras como Ai no dohyo de Takashima Yutaka, una cinta que durante mucho tiempo fue tachada de pornográfica. Parte de su metraje consistía en el plano de un pene y una vagina, y en las explicaciones de cómo debía colocarse un preservativo. El Ministerio encomendaba la realización de casi todas estas cintas a la Shochiku y a productoras de Serie B, y se esperaba a que la Eirin, la institución censora, diera su visto bueno. Curiosamente, luego, era el mismo Ministerio el que ordenaba la incautación y destrucción de las copias. Por si fuera poco, la prensa sensacionalista aseguraba que las salas de cine contaban con camas en habitaciones apartadas para que las mujeres que se desmayasen por el visionado de los genitales pudiesen recuperarse del sofoco en la intimidad.

Osan eiga

El estreno de Flesh Market, la primera Pinku Eiga de la historia, cortó de tajo esta alocada manifestación, seguramente porque el erotismo crudo en el arte comenzó a normalizarse. A estas alturas, el Basukon Eiga era despreciado por las revistas serias, al considerarlo una propuesta para pervertidos o al verse innecesario en un Japón ya prácticamente moderno y con mujeres emancipadas.

Lo curioso es que algunas de estas diatribas fueron expuestas por popes del Pinku Eiga, incluso aunque muchos de ellos se hubieran formado precisamente rubricando cintas de educación sexual. Así, Ogawa Kinya se burlaba del género en Seiri to ninshin (1968); Seki Koji se mofaba con Koi nishin/Chuzetsu (1968); o Yamamoto Shinya hacía lo propio, incluso llevando su ofuscación por la temática hasta finales de los 70 con Akutokui datai (1976). Todas estas películas tenían en común que transformaban la obstetricia en un concepto siniestro, echando mano de un blanco y negro tremebundo y manejando una banda sonora dodecafónica. El personaje principal solía ser un ginecólogo pervertido, un psychokiller incluso, por aquello de criticar la obsesión de las Basukon en imponer el aborto a toda costa.

osan eiga

En nuestros días, una de estas propuestas es célebre entre los fans dado que, siendo una de las pocas Pinku no desaparecidas, además ha sido distribuida por Synapse Films en formato DVD. Madame O (Zoku akutokui. Joi-hen1967) de Fukuda Seiichi, mezcla en una misma ensaladera erotismo, thriller y gore, con la historia de una chica que, tras ser violada, descubre que está embarazada y que ha contraído sífilis; el odio que guarda hacia los hombres la llevará a convertirse años después en una asesina, mientras compagina las venganzas con su trabajo como doctora. Madame O cuenta con el protagonismo de Sakyo Michiko y de Tani Naomi (la presencia de esta estrella del erotismo ha provocado que la cinta sea también muy apreciada), y es la continuación de Vice Doctor (Akutokui, 1966) con Katori Tamaki en el elenco.

Asimismo, Motoki Shojiro se apuntó a la corriente, a despecho de haber sido el productor de uno de los largos aleccionadores. En efecto; Shojiro pasará a la historia como el colaborador más importante que tuvo Akira Kurosawa, para el cual produjo grandes obras maestras como Los siete samuráis (Shichini no samurai, de 1954) o Trono de sangre (Kumonosu-jo, 1957); luego, asombraría a toda la profesión, al abandonar la Serie A para trabajar en el Pinku Eiga.

Vice doctor

Tres fotogramas de la desaparecida Vice Doctor (Akutokui, 1966), de Fukuda Seiichi.

Una de las piezas de la pareja, Duelo silencioso (Shizukanaru ketto, 1949) es a todas luces una Basukon Eiga con caparazón de película convencional que Kurosawa rueda sin desnudos explícitos, pero sí con cientos de referencias a la interrupción del embarazo y a las enfermedades venéreas. La obra teatral de la que parte el guión hasta se había promocionado con panfletos que recomendaban el aborto de una forma funesta. En la trama, un médico es contagiado de sífilis por un paciente al que está operando; al volver a Japón, ocultará la enfermedad a su pareja, al mismo tiempo que la rechaza sexualmente. Cuando se encuentre con su paciente, descubrirá que éste ha dejado embarazada a una mujer, aún sabiendo la enfermedad que porta; el médico, entonces, comenzará a preocuparse por las condiciones de salud del bebé que está a punto de nacer.

La película fue un éxito, gracias por supuesto a la moda de las Basukon, siendo además reprendida por Kurosawa, que la tildó de uno de sus peores trabajos de dirección. Shojiro tampoco quedó contento porque no pudo traspasar a la pantalla las connotaciones más explícitas de la obra teatral, pero también es palpable que tomó buena nota para sus venideras producciones de Pinku Eiga.

El lector ducho en cine erótico japonés habrá echado de menos la presencia de Adachi Masao en este resumen sobre Basukon, sobre todo porque tan trascendental director del Pinku Eiga suele ser el primero en ser nombrado a la hora de señalar a los detractores del documental de educación sexual. Adachi, por ejemplo, en Datai/Abortion (1966), utilizará secuencias de nacimiento de viejas películas de tipo Osan y Basukon para dar salida al argumento de un ginecólogo loco que pretende separar el sexo de la función reproductiva, montando unas entrañas artificiales; en la menos conocida Hinin kakumei (1967), el personaje, que se llama Marukido Sadao en referencia al Marqués de Sade, regresará desplegando la misma pantomima.

Abortion (izda.) y osan eiga

Los carteles de Abortion y su continuación, cintas clave de Adachi, por ende de la filmografía nipona

La ausencia de Adachi en este artículo viene presionada por el hecho de que una de las características de los directores del Pinku Eiga es la de exhalar un Complejo de Edipo, que funciona como metáfora entre la relación de Estados Unidos y Japón tras la guerra. La figura de Adachi, la de su mentor Wakamatsu Kōji  y esta peculiaridad sobre el miedo maternal, tienen que ser estudiadas a la fuerza en reseñas individuales y más largas, en artículos que os presentaremos en breve.