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Abrió el grifo y se remojó bien la cara con agua fría. Estaba sola en el baño, así que se permitió un bostezo y un pequeño suspiro. Se miró atentamente en el espejo. Tenía ojeras, grises y profundas. Y bolsas debajo de los ojos. Y arrugas y ¿patas de gallo? alrededor de los mismos. Hizo un par de muecas, se masajeó los pómulos con las manos y mientras seguía con el dedo las finas líneas que se habían colado debajo de sus ojos, pensó que sí, que tenía ojeras y bolsas y arrugas, pero que también tenia unas pestañas largas y rizadas y unos ojos color miel difíciles de olvidar. Se le escapó una sonrisa. Agachó la cabeza, colocando un mechón de pelo despeinado en su sitio, detrás de la oreja, y respiró hondo. Estaba aquí. Por fin estaba aquí. Con él. Aunque él no lo supiera. Aún.

*

Yosuke se miró en el espejo intentando ver más allá de su imagen. Hizo un par de muecas, se masajeó los pómulos con las manos y mientras seguía con el dedo las finas líneas que se habían colado debajo de sus ojos, pensó que sí, que tenía ojeras. Estaba exahusto. Entre los programas de televisión habituales, las actuaciones de promoción, la grabación de los nuevos vídeos musicales y los ensayos para los conciertos de la nueva gira, tenía la agenda tan llena que no podía ni respirar. Era feliz, al fin y al cabo hago lo que me gusta, se repetía a sí mismo una y otra vez, pero de vez en cuando le entraban unas ganas apabullantes de dejarlo todo e irse a Kioto a bailar. Bailar en la calle, con su reflejo en el cristal de la estación central como único acompañante. Bailar en la calle, como había hecho tantos años antes. A veces lo echaba de menos. Echaba de menos el anonimato, el silencio, la tranquilidad. Y es que ahora su cara se encontraba en miles de anuncios por todo Japón, su simple aparición provocaba gritos y estruendos varios y su agenda era un estrés constante. Quizá por eso le gustaba tanto ir a pescar últimamente. En el lago estaba solo, en silencio, con la única compañía del agua, el sol y los peces escurridizos. Sonrió. Tengo que encontrar un hueco para ir a pescar un día de estos, se dijo. O no aguantaré.

*

Cerró el bolso que había apoyado en la encimera del baño y después de darse un rápido repaso por última vez (una mirada fugaz, asegurándose se que no hubiera ningún mechón fuera de sitio), cogió sus cosas y salió del baño. Quería estar perfecta por si en algún tramo del trayecto hubiera suerte. Las probabilidades eran bajas, lo sabía. Carlos, con su mente extremadamente matemática, se había asegurado de dejárselo claro, pero para ella… ¡existían! Es como la lotería, se decía, a alguien le tiene que tocar, ¿no? Y se imaginó de nuevo ese encuentro que se había imaginado tantas otras veces desde que él entró en su corazón, a su manera. Sin saberlo, sin dominarlo, sin percatarse siquiera. Silenciosamente. Pero intensamente. Y ella lo supo por los dos. Y se dijo a sí misma que iría a buscarle. Que algún día iría a buscarle. Y ahora estaba aquí, imaginando un encuentro que ahora sí, podía pasar. Que pasaría, se convenció. Pasará, se dijo, y se le escapó otra sonrisa que perfiló a la perfección el carmín de sus labios rojos y carnosos. Pasará, se repitió en voz baja. Y se adivinó bajando la cabeza con resolución, como le había visto hacer a él tantas y tantas veces en esos vídeos que no entendía, pero que siempre le llegaban al corazón.

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Naoto entró en camerino con su Nintendo DS en la mano. Estaba preocupado por Yosuke, sabía que estaba exhausto, él también lo estaba, y quería controlar sus límites. Aunque a simple vista pudiera parecer que Naoto era el más impulsivo e infantil de todos, lo cierto es que sentía una gran responsabilidad hacia Yosuke. La amistad que les unía era muy estrecha y se conocían bien mutuamente. Naoto se sentó en la silla de al lado y sin decir nada se puso a jugar con su DS. Yosuke le miró y sonrió. Sabía que era su manera de venir a ver qué tal estaba.

– ¿Tenemos libre el jueves, verdad? -comentó Yosuke mientas Naoto asentía con la cabeza sin apartar sus ojos de la consola- Creo que voy a ir a pescar el jueves.

– Pero ponte crema solar, eh -bromeó Naoto- que si no parecerás una ganguro.

Yosuke sonrió e intentó darle una colleja a Naoto, que seguía con sus ojos clavados en la DS. Se relajó. Naoto siempre conseguía relajarle, sin siquiera hacer o decir demasiado. Y decidió guardarse ese sentimiento para, en caso de necesidad, poder tirar de él. El único ruido que se oía era el movimiento de las manos de Naoto al jugar. Nada más. Se había sentido sobrepasado, pero en esos momentos, con Naoto a su lado jugando en silencio en la DS, se sentía relajado. Volvió a mirarse en el espejo y añoró tener a alguien más a su lado que le relajara en esos momentos de tensión. Se resignó y decidió no darle más vueltas. Al menos no hoy. Comenzaban su gira de verano y tenían que darlo todo. Todo.

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Las probabilidades de que le conozcas son muy bajas, le había dicho Carlos. Al acordarse de él sintió dolor en el estómago. Era su mejor amigo pero la distancia entre ellos se había hecho más punzante a medida que los sentimientos se habían hecho más profundos. Qué paradoja. Aunque se entendía muy bien. Él se había enamorada de ella. Y ella ya estaba enamorada de él. Pero del otro él. De ese él de sonrisa arrebatadora y ojos rasgados. De ese él tan lejano que ella sentía tan cerca. De ese él que le cantaba canciones de amor, le hacía bailar, llorar, sonreír y gritar. De él. Recordó cuando le conoció. Estaba de erasmus en Londres y su compañera de piso, Rika, le enseñó un vídeo de un concierto. Estaba emocionada, ¡era su solo!, decía. Ella no entendía la importancia de aquello, pero no tenía mucho más que hacer, así que contentó a Rika viendo el vídeo con ella y escuchando atentamente. Y algo cambió. Disimuló e hizo como si nada, pero una sonrisa captó su atención y ella… cayó. Y no hubo marcha atrás. Rika se fue, su erasmus en Londres acabó, pero ella siguió con el corazón atrapado por esa sonrisa. Y supo que tenía que ir a buscarla. Qué recuerdos. Parecía que hiciera siglos. Se acercó de nuevo a la cinta 2, pero las maletas seguían sin salir. No le preocupaba demasiado (había previsto un posible problema con la maleta, así que llevaba trastos encima para estar decente en caso de que eso pasara). Miró las pantallas informativas y se descubrió esperando a que saliera esa misma información en inglés. ¿Por qué tenía que ser tan complicado leer ese jodido idioma? Qué suerte tenía él de haber nacido allí, de saber leerlo, sin esfuerzos, sin preocupaciones. Se tranquilizó. En las pantallas no ponía nada nuevo. Tenía que esperar, eso era todo. Había esperado muchos meses, ¿qué eran cinco minutos más? Miró al resto del pasaje y dos chicas captaron su atención. Iban perfectas. Después de un vuelo de más de 12 horas iban perfectas. Y recordó su imagen reflejada en el espejo del baño y negó con la cabeza. Pero él está acostumbrado a eso, se dijo. Yo, en cambio, soy la diferencia, la sorpresa. Y eso le intrigará, como él me intrigó a mí. Se hablaba a sí misma para tranquilizarse, siempre lo había hecho. Y siguió hablándose y alabándose hasta que la cinta transportadora se puso en marcha.

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Sonrió. Desde el punto más alto del estadio olímpico era imposible no sonreír. Con el skyline del barrio de Shinjuku al fondo, las vistas eran simplemente espectaculares, casi sobrecogedoras. Todos los escenarios estaban montados, las sillas perfectamente colocadas, las partes móviles probadas y estaban justo ahora retocando el sistema de luces. Después vendría la revisión del sistema de sonido, pero mientras tanto podían esperar y disfrutar de las vistas. Los cinco juntos. Y una cámara de televisión, claro. Últimamente siempre había cámaras de televisión en todas partes. Menos en mi lago, pensó. Miró al resto y lo vio en sus facciones. No era la primera vez que actuaban allí, pero la sensación de nervios en el estómago era como la del primer día. Aquello era impresionante y nadie podía acostumbrarse jamás a ello. Empezó a imaginarse cada una de las miles de caras que llenarían el estadio esa misma tarde, cada una con sus historias, con su vida, con sus expectativas. Y sonrió. Sí, a veces echaba de menos poder bailar en el anonimato de los ventanales de la estación central de Kioto, pero esto era su vida. Había nacido para llenar ese estadio. Y para disfrutarlo.

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Un pitido y un ruido fuerte la sacaron de sus ensoñaciones. La cinta se movía y empezaron a salir maletas; la suya no tardó mucho en salir. La cogió con fuerza, la dejó en el suelo y respiró hondo, dando un pequeño respingo. Había llegado el momento. Había llegado el momento de conocerle. Salió del aeropuerto y cogió el tren, para luego cambiarse al metro y llegar al hostal. Y allí, durmió. Durmió muchas horas y soñó con él. Como había hecho miles de noches antes. Por fin le vería mañana, ¿o ya era hoy? Con el cambio horario, el jet-lag y el dormir a deshoras no sabía en qué día estaba. Sonrió. Miró la hora y decidió pegarse una ducha, maquillarse y arreglarse. Cogió sus cosas y salió del hostal en dirección al estadio olímpico. De camino pasó por un seven eleven y se compró un par de onigiri y una botella de té verde que se tomó durante el trayecto. Al llegar a las inmediaciones del estadio olímpico comenzó a sentir mariposas en el estómago y, de golpe, se puso muy nerviosa. La emoción de miles de corazones latiendo hacia una misma dirección se podía casi tocar con las manos. Se le hacía difícil respirar mientras iba en dirección a la enorme cola que ya se había formado para comprar algunos productos de la gira. Ella quería la camiseta oficial de la gira y el uchiwa de Yosuke y Naoto. Y quizá la toalla oficial. ¿Y el strap para el móvil? Se le escapó una sonrisa. Ya quedaban menos horas para verle.

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Desde el escenario, el estado olímpico se veía lleno a rebosar. Los gritos eran ensordecedores pero todas las caras sonreían y emanaban energía positiva por los cuatro costados. El ambiente era espectacular y Yosuke no podía dejar de sonreír. Saludaba a todos, cantaba para todos, bailaba para todos, sonreía para todos. Pero cara tras cara tras cara, la buscaba a ella. Estaba escondida en algún sitio de aquel enorme estado olímpico y tenía que encontrarla. Quería encontrarla. Necesitaba encontrarla. Y la buscó durante todo el concierto. Desde el escenario principal, desde el escenario central, desde una de las pasarelas móviles, desde otra de las pasarelas móviles, desde todos los pasillos centrales. Tenía que encontrarla.

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Cuando las luces del escenario se apagaron definitivamente, se resignó. La mezcla de sentimientos era tan complicada de asumir que no pudo evitar las lágrimas. Se quedó ahí sentada, mirando al escenario, viendo cómo el público iba desalojando, poco a poco, el estadio. Y lloró. Lloró de felicidad. Lloró de tristeza. Lloró de rabia. Lloró de emoción. Y siguió llorando. Habían sido las tres horas más increíbles de su vida. Era feliz, había disfrutado como nunca del concierto y él había estado espectacular y ¿la había saludado? Dudaba, pero quería creer que sí, que la había saludado a ella y le había enviado una sonrisa solo para ella. Pero no había logrado captar su atención. No había logrado que la encontrarla. Suspiró con resignación. Lo probaré de nuevo en el próximo concierto, se dijo. Dio un último vistazo al escenario, se levantó de la silla y dándole la espalda se dirigió hacia la salida. En el próximo concierto.

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En el backstage, Yosuke suspiró con resignación. No la había encontrado. Seguro que ella lo había intentado, pero él no había sabido encontrarla entre tantas miles de sonrisas. Lo probaré de nuevo en el próximo concierto, se dijo. En el próximo concierto.

Madrid, 29 de octubre de 2011

NOTA: No suelo dedicar mis cuentos, pero esta vez… ¡no puedo aguantarme! Esta vez tengo que dedicarlo. Ana: gracias por ser la primera y única persona en leer el cuento antes de publicarlo y por darme feedback y animarme, pero sobre todo, gracias por estar siempre ahí. Un beso gordo. ¿Nos vamos a pescar?

NOTA 2: Este cuento inspiró una pequeña novelita que fui publicando capítulo a capítulo. Si queréis leerla, la tenéis aquí.