Me acerco apresuradamente a la estación de tren de Nishikyogoku. Sé que, según mis cálculos -que por cierto, en este país nunca fallan- tengo tiempo de sobra, pero no me gusta correr. No me gustaría perder el tren y tener que esperar un buen rato en la estación, con poco más que hacer que beber un café de máquina y ver el tiempo pasar. El tiempo y los trenes directos y semidirectos (a los cuales yo, dulcemente, llamo ‘rojos’ y ‘amarillos’, porque aquí, en esta vía del Hankyu los diferencian así) que no paran en esta humilde estación.

Al acercarme a la estación, se apoderan de mí un olor y unos gritos que resultan casi familiares, ya. Inconfundiblemente, se alza ante mí una tiendecita de madera, aunque casi me atrevería a decir que se parece más bien a una chabola de lujo, si es que tal cosa existe, que desprende olores, colores y calores por todos y cada uno de los poros de su fina piel de madera robusta. Una mujer, vestida de blanco hasta la cabeza, nos invita suavemente, pero sin descanso, a todos los transeúntes a comprar unas bolitas dango acabadas de cocer. ¡Cuántas veces he reducido mi marcha, casi llegándome a parar, para curiosear y alegrar mi vista ante ese sin fin de colores! Aunque tengo que confesar que, hasta el día de hoy, nunca me he atrevido a más; nunca he llegado a detenerme, más que para acompañarte. ¿Por qué? Pues siento decirlo, pero no soporto ni el sonido de la palabra o-mochi, no soporto ni la imagen de esa pasta de arroz tan amasada que parece casi un chicle; me trae demasiados recuerdos y me remueve el estómago. Me remueve el estómago como hiciste tú aquel día, y como me recuerda a ti, no quiero ni detenerme, no quiero malgastar ni un minuto más de mi vida en algo que tenga relación contigo. Pero aún así, no puedo evitarlo. Esa tiendecita, con sus colores y olores, esa mujer que día tras día, año tras año, sigue gritando, invitando a la gente a comprar su mercancía, llama, y mucho, mi atención. Me duele no poder interactuar un poco más con esa mujer que sonríe, como me duele no poder interactuar contigo, aunque supongo que interactuar no sería la palabra exacta…

Oigo los bip-bips del semáforo en verde, que me devuelve a la realidad y me aleja del o-mochi y de las bolitas dango y del recuerdo del dolor, y me decido a cruzar la calle. El jefe de estación, siempre en sus mejores galas, me sonríe y me mira con detenimiento. Como siempre. Sé que cada vez que llego a la estación se pregunta, medio en serio medio en broma, si seré capaz de comprar un billete sin hacer un escándalo, gritar a la máquina o equivocarme de zona. Y me gusta que así sea, me gusta tener el placer de sorprenderlo y ganar esa batalla silenciosa que libramos entre los dos. Me gusta acercarme a la máquina, con el cambio exacto, y comprar mi billete sin más demora, para luego pasar por el control, caminar decidida hacia el andén y sin mirar al lado, siempre de frente, como ignorando ese juego entre él y yo, sonreír para mí. A veces, estos pequeños juegos de la vida, estos pequeños detalles rutinarios son los que logran hacer bailar nuestro corazón. Por eso, cuando hace días que no tomo el tren y la lluvia sorprende la ciudad de Kyoto, la utilizo de excusa para aparcar mi pobre bici, pobre por lo doblegada, roída y atontada que está, y tomar el tren para ir a cualquier lado. Tomar el tren para ir a verte.

En el andén, alzo la vista y miro el inmenso reloj que preside la estación. Todavía faltan unos minutos, y si mis cálculos no fallan, todavía tiene que pasar un ‘amarillo’, perdón un semidirecto, que naturalmente no es digno de parar en esta estación, un poco oscura y fría, pero siempre charlatana y animada. Me dirijo a la máquina de bebidas y dudo por un instante entre una lata de té verde o una lata de café calentito. Adivino mi reflejo en la máquina y vistas las ojeras que se vislumbran debajo de mis ojos de gaijin, me decido por el café. Introduzco las monedas exactas, como hacías tú siempre, y justo cuando la máquina ruge y la lata cae ante mí, la estación canta la típica cancioncilla (que alguna vez me provocará pesadillas, lo juro) y anuncia la llegada de un tren que no para en esta estación. Por favor, para su seguridad, manténganse detrás la línea amarilla. ¡Cuántas veces he pensado en no hacerle caso a esa voz! ¡Cuántas veces he sentido la tentación de atraer, hacía mí, uno de esos trenes sin parada! Pero no, me repito a mi misma, yo no puedo entregarme hasta tal punto. No puedo darme entera, ni pude, ni puedo, ni podré nunca. Lo siento. Yo no soy como tú.

Me siento en un banco, justo al lado de una viejecita encantadora, de esas de ojos casi cerrados y sonrisa tan profunda que subraya las arrugas que los años no perdonan. Y sonriendo ante tanta dulzura, me pregunto, ¿dónde está su viejecito? ¿Dónde están los abuelitos? ¿Por qué siempre veo sólo viejecitas? Y me imagino, de golpe y porrazo, de mayor, aquí, en Japón. Yo no seré una viejecita japonesa, eso está claro, pero también estaré sola. Seguro. Y alguien, probablemente algún gaijin aburrido esperando un tren, se preguntará por qué estoy sola, por qué no hay un viejecito gaijin a mi lado, por qué tú no estás conmigo. Una bocanada de aire frío y estridente me abofetea la cara y recorre todo mi cuerpo, trayéndome infinidad de recuerdos. ¡Cómo solíamos reírnos, pícaros, al besarnos y acariciarnos aquí, en este mismo banco de esta misma estación! Te encantaba ir contra corriente, incomodar a los demás, llamar la atención. Y lo hiciste hasta el final. Miro a la abuelita. A ella no parece haberle afectado en absoluto el jadeo de los raíles ante la presión del tren, ni el frío dolor de un viento fogoso que persigue, como el amante celoso de telenovela, al monstruo que un día te sesgó la vida y que, tal y como viene, se va. En un abrir y cerrar de ojos, el silencio se hace dueño del lugar, como si de tanto ruido ensordeciera la estación, y el viento ya no sopla, ya no llora, ni grita, ni persigue a ese tren que desaparece en la lejanía… Porqué sabe que otro vendrá. Y ese ‘otro’ no tarda en venir. Al ver a la viejecita ponerse en pie y acercarse a la línea amarilla de seguridad del andén, pienso en qué fácil sería ser viento, qué fácil sería dejar de llorar, de gritar, de perseguir algo que se escapa, indiscutiblemente. Qué fácil sería al saber que otro vendrá.

Al subir al tren, dejo de estar sola con mis pensamientos y me adentro en los de los demás, algo que siempre me ha fascinado. Imaginar qué piensan, qué sienten, qué sueñan todos aquellos ojos cerrados que tengo a mi alrededor. Ya lo sé, supongo que es una manera de no reflexionar sobre mi misma, de no ahondar en mis sentimientos, en mis pensamientos, en mis sueños. Y sin pensármelo dos veces, me pregunto si mi viejecita, esa abuelita de cara redonda y ojos alineados que me ha hecho compañía, sin saberlo ni quererlo, se bajará en la próxima parada, en Katsura. Estoy segura de ello… Tiene cara de vivir en Katsura. Y en mi mente, te oigo reírte ante tal afirmación. Tú siempre con tus rollos. O si esas gals, jovencitas de piel oscura y pelo perfecto, se retocarán el maquillaje y el flequillo durante el viaje. O si se les caerán un poco esos enormes calcetines blancos, esos calentadores que tanto me recuerdan a mi época de Fama, y podré descubrir, de una vez por todas, si de verdad llevan cinta adhesiva o pegamento o si ésta es tan sólo otra leyenda urbana más. O si el manga que está leyendo ese apuesto sarariman, con americana, corbata y keitai de última generación del que se escapa un colgante del Pikachu (que probablemente le regaló su hija… ¿o sería su joven amante?), es un manga sólo para adultos, porno vaya, para que nos vamos a engañar. O mejor todavía, ¿y si resulta que es un auténtico yaoi? Se me escapa una sonrisa perversa, casi calenturienta, y me obligo a girar la vista. Al otro lado del vagón, una mujer cuarentona de tez blanca, posiblemente alterada por el uso indiscriminado de cremas blanqueadoras, observa, con ojos tristes y casi llorosos (¿o me lo estoy imaginando yo?), el paisaje que corre sin fin. Y yo vuelvo a lo mío y me pregunto si ya sabrá, si habrá descubierto ya, que su marido la engaña con otra, que todas esas cenas de trabajo, esas noches perdidas en la ciudad, después de haber dicho adiós al último tren, entre trago y trago, no son sólo fruto de su imaginación. ¿O sí? Sea como fuere, yo sigo soñando, sigo con mis sueños ferroviarios, mis preguntas ferroviarias, como las llamabas tú, y ya, ya lo sé, sé que nunca encontraré respuestas, pero a quién le importa. Yo no soy como tú, no necesito respuestas a todo. Me doy cuenta de que la viejecita de Katsura, que resultó no ser de Katsura, tiene los ojos cerrados y parece respirar profundamente. Su cara muestra el paso de los años, el sufrimiento, las lágrimas y la fuerza de una mujer vital y me pregunto si algún día seré yo como ella. Pero al no tenerte junto a mí, aquí a mi lado, todo resulta borroso, confuso.

Me canso rápido de mis sueños ferroviarios, te cansas, como siempre, te oigo decir y para no oírte recorro el tren una vez más en busca de algo que llame mi atención. Encima de las gals, que por cierto al final han sucumbido a su maquillaje, han sacado una enorme bolsa de pinturas y se han puesto manos a la obra, cuelga un anuncio de una bebida isotónica con la santísima Ayumi Hamazaki en posado más bien poco beato. Me acuerdo de ti, de la canción que te solía susurrar a solas, de tus ojos, medio abiertos, medio cerrados, de tus párpados tan cerca de mis labios, rozándome suavemente, como buscando mis cosquillas. Me enfundo mi walkman y voy directamente a la pista diez del Duty, la canción de tus ojos, Teddy Bear, que me sumerge en un mundo de ensueño.

 

Un día, hace tiempo ya,
mientras me acariciabas el pelo,
me dijiste: “cuando te despiertes,
encontrarás un bonito regalo junto al cojín”.
Y cuando me desperté,
encontré un osito de peluche junto al cojín,
en vez de a ti.

La voz del conductor del tren me devuelve a la realidad. Abro los ojos y leo, con dificultad, unos kanji que conozco a la perfección: Umeda. Sin querer, he saciado las ansias de sueño de mi amante, el tren, que se alza ahora en pie: la viejecita, las gals, el ejecutivo del manga y hasta la mujer engañada han desaparecido y me siento sola de nuevo… Hasta Ayu me ha abandonado y ha silenciado mi sueño. Como puedo, entre miles de ojos rasgados que no conozco, que no he imaginado conocer, me preparo para bajar del tren y medio dormida, casi con los ojos cerrados, me doy cuenta de que ya no soy sólo una gaijin en Japón, de que ya no soy sólo unos ojos redondos y un cuerpo extranjero. Me doy cuenta de que ahí tan solo soy una hormiguita más en este inmenso nido que es la estación central de Osaka. Y entre hormiguita y hormiguita, ando a paso firme y dejo de preguntarme e imaginarme respuestas. Hasta dejo de imaginarme que estabas aquí, que te echo de menos. Dejo de imaginar que una vez exististe… Porque simplemente no es así, tú apareces y desapareces con el tren; no eres sino uno más de mis sueños ferroviarios.

 

Cuento publicado originalmente el 15 de marzo de 2001