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Para una aprendiza de geisha o maiko, llamar la atención y dejar al cliente con la boca abierta es fácil: simplemente tiene que aparecer y dejarse ver.

Su kimono y el enorme obi de colores llamativos, los vistosos ornamentos en el pelo y su elaborado peinado sorprenden a cualquiera. Para una geisha, sin embargo, sorprender es un poco más complicado. La geisha, la “mujer de las artes”, viste un kimono más sobrio y es en general menos ostentosa en su apariencia, mucho más madura, de manera que la única forma que tiene de asombrar al cliente es a través de sus dotes artísticas, la inteligencia de su discurso, su personalidad y su manera de ser. ¿Cómo pasa una joven maiko a convertirse en una estupenda geisha?

De maiko a geisha: el erikae

A la edad de 20 o 21 años (o más joven si la okāsan considera que la chica es suficientemente madura) la maiko se convierte en geisha a través de una ceremonia llamada erikae, (literalmente, “cambio de cuello”) que consiste en cambiar el cuello rojo del kimono interior de la maiko al blanco de la geisha. También cambiará el estilo del kimono, de manera que la joven pasará de llevar un kimono de estilo furisode a un kosode (el tema de los kimonos da para muchas entradas, así que mejor dejarlo para otra ocasión). Preparándose para el gran momento, un mes antes del erikae, la joven maiko abandona su peinado habitual y pasa a peinarse siguiendo el estilo sakko. Asimismo, durante el mes anterior al erikae, la todavía maiko viste un obi menos recargado de ornamentos y colores y se pinta los dientes de negro (aunque esto suele ser cada vez menos habitual).

El erikae es una ceremonia muy parecida al omisedashi (recordemos, ceremonia en la que una aprendiz se convierte en maiko), tanto en la forma como en el fondo. Para la ocasión, la joven abandona definitivamente el peinado sakko y se coloca su primera peluca y, como ya hizo en su omisedashi, deja sin pintar de blanco tres (y no dos) líneas en su nuca. La recién nombrada geisha se dedica entonces a pasear por el hanamachi y a regalar (como ya hizo de maiko en su omisedashi) unos papeles llamados noshigami por todos los establecimientos de importancia del distrito. Asimismo, igual que hizo durante su omisedashi, durante los tres días siguientes al erikae, la geisha viste un kimono negro en el que se distingue el blasón, mientras que los tres días posteriores viste un kimono colorido y llamativo. A partir del séptimo día, la nueva geisha ya vestirá sus kimonos habituales y el cuello blanco, por supuesto:

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Si la geisha ya tiene un danna, un patrono, este será el que asumirá los elevados gastos de vestuario. Sin embargo, actualmente esto es algo extremadamente inusual, de manera que son ciertos clientes los que se hacen cargo del gasto (a través de tarifas increíblemente elevadas o de regalos sueltos que puedan hacerle a la geisha). A veces, es la okiya la encargada de crear el “armario” de la geisha, aunque esto último no es obligatorio. Sin embargo, sí suele ser habitual que la okiya le regale o preste a la nueva geisha algunos de sus kimonos.

Ceremonias del pasado: el mizuage

Antes de la Segunda Guerra Mundial, la ceremonia que marcaba el paso de maiko a geisha, y la llegada a la edad adulta, se llamaba mizuage, o “desfloración ritual”. Era normal que todas las maikos, en algún momento de su aprendizaje, pasaran por esta experiencia, considerada traumática para muchas, pero necesaria y por lo tanto, normal. En 1958, sin embargo, se promulgaron leyes anti-prostitución que incluían, entre otras cosas, la prohibición de este tipo de prácticas.

El rito de la desfloración caía en manos de un hombre rico y conocido en el hanamachi, que disfrutaba de la confianza de la okāsan, aunque después de esa primera relación sexual, la maiko y su patrono de mizuage no mantenían ningún tipo de contacto. De hecho, cuando una maiko era popular, algunos hombres pujaban por el preciado mizuage y un símbolo de la popularidad de la maiko, y de su previsible éxito posterior como geisha, estaba en la suma de dinero ofrecida a la okiya por su mizuage.

El mizuage no era un proceso fácil y muchas veces tenía una duración de hasta 7 días. Se dice que, durante los primeros encuentros, el patrono utilizaba clara de huevo para lubricar la zona genital de la maiko e iba preparándola introduciéndole los dedos poco a poco, hasta que llegaba el día, marcado por el almanaque, en que, medio vestidos, el patrono completaba el mizuage. Cabe destacar, además, que el mizuage no era una ceremonia secreta, de manera que no sólo muchas maikos compartían patrono de mizuage, sino que el rito se celebraba por todo el hanamachi y la maiko repartía dulces y pequeños regalos en los establecimientos más frecuentados por ella dentro del hanamachi.

Tradicionalmente, tras el mizuage, la maiko pasaba a llevar un peinado diferente, llamado ofuku e iniciaba la ceremonia del erikae, en la que cambiaba el color de su kimono interior y del cuello, pasando a llevar uno de color blanco en lugar del rojo que habían llevado hasta ese momento, que eran las señales que indicaban que la maiko había perdido su virginidad, lo que solía causarles cierta vergüenza. Actualmente, sin embargo, ni el erikae ni el peinado ofuku son sinónimos de la pérdida de la virginidad, puesto que tal ceremonia, como hemos comentado anteriormente, ya no existe (aunque existan todavía muchos rumores sobre el tema).

Hoy en día el mizuage es una costumbre ilegal que ya no se practica, de manera que podríamos pensar que el peinado ofuku tendría que haber caído en el olvido, pero nada más lejos de la realidad. Actualmente, cuando una maiko ya lleva un tiempo en el hanamachi y se considera que ha llegado a la madurez, (generalmente al cumplir los 18 años) se cambia el estilo de peinado del típico wareshinobu al ofuku, que marca su posición, experiencia y madurez y no tiene, pues, connotaciones de pérdida de virginidad (pero ya hablaré un poco más de peinados en otra entrada, que es un tema súper interesante que da para otro post).

Sin embargo, como todo lo que tiene que ver con el sexo y el secretismo, el tema del mizuage sigue siendo uno de los más espinosos del mundo de la flor y el sauce. A raíz de la publicación de Memorias de una geisha, de Arthur Golden, se ha hablado y mucho de esta polémica ceremonia. Mineko Iwasaki, la geisha de Gion Kobu que inspiró la novela de Golden, se enojó muchísimo con el escritor al leer la traducción al japonés de dicha novela, sobre todo en lo referente a su mizuage, algo que la llevó a escribir su propia historia, titulada Vida de una geisha. La verdadera historia. Otra geisha que se ha lanzado al mundo literario, Kiharu Nakamura, cuenta en su novela Vida de una geisha como consiguió evitar su mizuage al hablar sin parar con su patrono hasta que este se quedó profundamente dormido. Finalmente, cabe destacar también la cruda descripción de la ceremonia que hace la geisha Sayo Masuda en su Autobiografía de una geisha, que resulta tremendamente realista e impactante para el lector occidental actual.