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Dokushin Seikatsu, o Single Life (tal como es conocida internacionalmente), es una de las series más célebres de la televisión japonesa, estudiada en diversos libros sobre el medio nipón y tomada como ejemplo para describir los elementos más característicos de la industria, ya sea el método de contratación utilizado por los productores o la estética elegida para promocionar a los actores.

Lo curioso es que esta soap opera formada por diez episodios de 45 minutos cada uno fue un fracaso de audiencia estrepitoso, a despecho de unas previsiones que auguraban el éxito seguro debido a que el guión se apoyaba en uno de los escándalos más sonados en la historia moderna de Japón.

El fiasco en sí, el escaso 12% de share que obtuvo de media en 1999, es sin ir más lejos una de las pruebas que los estudiosos utilizan para ratificar que los dorama están fuertemente influenciados por una composición ideada por guionistas y publicistas que se apoya en la explotación del ídolo de turno, y que fermenta una especie de filosofía inviolable que podríamos bautizar como “el sistema del tarento“.

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La portada de la serie comercializada por la TBS.

La productora Nariai Yuka, acaso por ser precisamente su bautismo televisivo, rechazó de forma irresponsable esa idea de fabricar la enésima historia romántica siguiendo el único patrón posible. Su idea era la de adaptar con fidelidad el caso de un crimen, sucedido entre el 9 y el 17 de marzo de 1997, que había conmocionado al país, el llamado “caso del asesinato de Tōden”, y cuya novelización estaba a punto de producirse gracias a tres escritores diferentes que convertirían a los libros en bestsellers durante los años 2000 y 2001.

A favor de Nariai jugaba el hecho de que el affaire no había inundado los medios por la escabrosidad del desenlace sufrido por su protagonista, una mujer de nombre Watanabe Yasuko, cuyo cuerpo estrangulado había aparecido en una casa vacía cerca del entorno de prostitución enclavado en Shibuya. La realidad es que la muerte dejó de ser una de las tantas que se solían suceder en esos entornos, cuando salió a la luz el diario de la víctima, un pequeño bloc de notas que apuntaba  a la existencia de una doble vida.

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El caso fue uno de los más seguidos por la prensa en la historia de Japón. Imagen de JapanLove.

Resulta que la tarjeta de Watanabe la presentaba como ayudante de director de una empresa de alto nivel llamada Tokyo Utilities/Tepco/Tōden y de hecho, sus ropajes se correspondían con los de una mujer pudiente. El diario, sin embargo, apuntaba a que la víctima había ejercido la prostitución durante las noches, después de finalizar su jornada laboral como oficinista, y en las hojas se habían redactado los detalles de cada encuentro, las características de los clientes y hasta los honorarios solicitados.

La productora podía desarrollar un melodrama psicológico centrándose sólo en las motivaciones que habían llevado a Watanabe a introducirse en un mundo hostil, siguiendo el ejemplo de los miles de debates surgidos al instante que intentaban aclarar un misterio que ya aguijoneaba el imaginario popular. Hasta hacía poco, había coleado en la sociedad japonesa diversas noticias sobre jóvenes escolares o universitarias que se prostituían con oficinistas mayores a cambio de regalos caros, sin tener necesidades económicas, lo que popularmente se sigue conociendo como enjo kōsai. Muchos extranjeros describieron esta actitud como “una histeria colectiva” que llevaba a las niñas a experimentar, siguiendo en cadena los movimientos de compañeras que lo habían hecho antes.

Los japoneses fagocitaron el enjo kōsai haciéndolo suyo, y hoy en día la temática es una de las representaciones más trilladas dentro de su cultura, si bien huelga decir que este tipo de prostitución existe en todos los países. El morbo alrededor del caso Watanabe es el mismo que llevó a muchos a mitificar y engordar los números del enjo kōsai.

Uno de los causantes directos de que la efervescencia sobre la prostitución infantil se introdujera en el arraigo cultural japonés fue el escritor Murakami Ryū, que con su novela de 1988 Topaz abrazaba el éxito con una serie de relatos experimentales sobre colegialas que intiman con señores a cambio de bolsos de marca.

El novelista dirigía en el Pinku Eiga una adaptación para la Gran Pantalla que obtuvo no menos fama, Tokyo Decadence (1988), y luego ya en 1997, seguramente para subirse al carro del “caso del asesinato de Tōden”, retomaba su criatura publicando la aburridísima continuación Love & Pop: Topaz II. Para explotar aún más la moda de las citas sexuales con empresarios, Anno Hideaki llevaba al cine la segunda parte escrita por Murakami, una Love & Pop (Rabu & Poppu, 1998), cuya planificación videográfica intentaba emular el surrealismo literario presente en los párrafos de sexo explícito propuestos por las dos novelas.

Las novelas de Murakami que pusieron de moda el enjo kōsai.

Una de las diferencias interesantes entre las quinceañeras de Murakami y Watanabe, es que la oficinista contaba con casi cuarenta años de edad. Digo interesante porque, conocido este dato, se acrecentaba más el desasosiego alrededor del talante mostrado por una persona que se suponía ya completamente adulta.

El “caso del asesinato de Tōden” trajo a la palestra la problemática ligada a la edad de la mujer japonesa, en un país donde si la fémina supera los treinta años de edad y sigue soltera es considerada un “bicho raro” sin escapatoria. Por otro lado, ahondaba también en la precariedad laboral femenina, pues en Japón es sabido que la mujer sufre una discriminación que provoca que sus salarios sean inferiores a los de los hombres, y que se le guía por un camino con sólo dos posibilidades: criar hijos sin un trabajo fuera del hogar, o disfrutar de un trabajo a cambio de no tener vástagos que cuidar.

Watanabe era una excepción. La nipona se había convertido en una de las primeras mujeres en su país en lograr un puesto de importancia, siendo aceptada en el proceso de ascensos (sōgō shoku) que ofrecen las multinacionales. Para ello se había mostrado muy competitiva, hasta el punto de deprimirse de forma grave cuando era superada; por ejemplo, sufrió de anorexia durante un tiempo cuando se enteró de que una compañera iba a ir a estudiar a la Universidad de Harvard en su lugar y bajo el paraguas económico de la compañía. No era la primera vez que esta enfermedad se cruzaba en la vida de Watanabe: cuando era joven, cayó en ella justo al fallecer su padre, un hombre que trabajaba en la Tōden y que había hecho todo lo posible para que la firma la contratase.

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Dos fotos de la malograda Watanabe Yasuko. Imágenes de ameblo.jp.

Mucho se habló de que Watanabe sobrellevara un trastorno emocional causado por el desprecio profesado por sus compañeros de trabajo, y también por la pérdida temprana del progenitor. La sociedad nipona se quedó estupefacta cuando supo que la Tepco y la familia de la oficinista (incluida la madre) conocían la doble vida y no habían hecho nada para solucionarlo.

Watanabe era la OL (oficinista) perfecta, aquella cuyo rostro comenzaba a salir en las portadas de revistas para féminas, ensalzándose un nuevo modelo de mujer en el entorno urbano japonés; sin embargo, una tristeza profunda por la falta de vida social anidaba en su corazón, hasta empujarla al mundo de la prostitución callejera. El complejo de Electra también fue tenido en cuenta, lo que hace que el caso sea comparado a veces con el de Kijima Kanae, otra mujer sin apuros económicos que, sin embargo, envenenaba a los amantes con los que contactaba en las páginas de citas de Internet para quedarse con más cantidad del dinero solicitado por sus servicios sexuales; como el padre de Watanabe, el de Kijima había fallecido de cáncer.

La perturbación del “caso del asesinato de Tōden” viene condimentada además por la razón de que el meretricio japonés ha absorbido durante estos años unas connotaciones casi irreales, que van más allá de la simple venta del cuerpo. La palabra fūzoku, que en realidad nació para definir “industria del sexo”, es utilizada muchas veces para aglutinar  en un mismo crisol toda esa iconografía fragosa que se supone única de Japón. La zona de Dogenzaka en Shibuya o Tobita en Osaka son ahora templos de estos negocios del sexo que han transformado la mitología de la geisha y del antiguo barrio del placer de Yoshiwara en un cuadro protagonizado por tugurios de masajes, proxenetas, desapariciones de  niñas, yakuza y chimpira, cazatalentos, e incluso peleas raciales.

Watanabe saboreó todo esto hasta sus últimas consecuencias. Como no podía ser de otro modo, encontró la muerte cinco años después de empezar la aventura. Según sus notas, la oficinista caminaba sobre el filo de la navaja de forma constante, sin que hubiera una razón precisa para ello. Así, era capaz de intimar con cuatro clientes al día, aunque, como hemos visto, no le hiciera falta el dinero; de hecho, solía cobrar 40.000 yenes por servicio, pero si el interesado no disponía de esa cantidad, Watanabe consentía de todas formas, a veces sólo por monedas. Para rematarla, la chica no guardaba las formas, orinando delante de las tiendas del lugar, o fornicando al aire libre en parques de coche concurridos.

Es fácil descubrir en las impactantes imágenes de Koi no tsumi/Guilty of Romance (2011) de Sono Shion, la historia de Watanabe. El director se basó muy libremente en el “caso del asesinato de Tōden” para redactar el guión, pero todo está ahí: desde las localizaciones más representativas del fūzoku de Shibuya, hasta la bajada a los infiernos de su protagonista, a la que da vida aquí la ex-ídolo de desnudos Kagurazaka Megumi.

En este caso, Sono prefirió escoger como explicación del suceso la sempiterna pesadilla patriarcal soportada por las mujeres niponas, en concreto, la obligación de adoptar unos roles determinados dentro de la estructura familiar. Así, el personaje de Kagurazaka es la típica mujer que debe comportarse como la esposa perfecta del aburrido salaryman japonés, repitiendo las mismas funciones domésticas hasta la saciedad, mientras su vida se ahoga en aburrimiento.

Una cada vez más enloquecida Kagurazaka escapará de la monotonía, cuando se deja convencer por otra chica para que entre en el mundo del negocio del sexo; huelga decir que la secuencia clave del filme es aquella en la que Kagurazaka corea de forma constante la perorata comercial del supermercado donde trabaja, completamente desnuda delante de un espejo de su casa, ya no sólo por la exposición de los encantos de la actriz, sino por la desazón que los mismos y el acto provocan en un espectador que es testigo de la problemática japonesa provocada por sus leyes y reglas robóticas.

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El filme de Sono es el más fiel al caso, mucho más que por ejemplo Tokyo Noir (2004) de Ishioka Masato y Kumazawa Naoto.

La gran Kirino Natsuo abrazó otra posible disquisición en su novela de 2003 Gurotesuke (publicada en España bajo el título de Grotesco por Emecé/Planeta en 2011). En un insuperable texto alrededor de la diferente visión que se profesan entre sí tres chicas, la escritora embute a una de ellas las características de Watanabe, exceptuando un cociente intelectual que reduce aquí para amoldarlo al que normalmente determina a la nueva hornada de quinceañeras que pululan por las tiendas de moda de Shibuya.

Kirino presenta a esta Watanabe que acaba prostituyéndose por un problema de complejo de inferioridad, cuando pasa de ser la preferida del colegio por su belleza (hecho que provoca la envidia en las otras dos protagonistas de la novela) a una simple mujer “invisible” tras sobrepasar la treintena.

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La estupenda portada de la edición española de Grotesco.

Kirino, que es conocida en Japón como “la reina del crimen”, brilla por sus conocimientos sobre fūzoku (sin ir más lejos, prologó una conocida enciclopedia sobre los hoteles del amor o love hotels  de Shibuya); su anterior obra maestra, Out, ya había estimulado el nacimiento de una retahíla de imitaciones que entre todas concretaron el género literario sobre el tema; véase, por poner sólo un ejemplo, Akunin/Villain de Yoshida Shuichi, llevada al cine con la célebre Mitsushima Hikari dando vida a otra especia de Watanabe, agarrotada ahora por las limitaciones de su entorno rural (en España, la novela fue publicada con el lamentable título de El hombre que quiso matarme, título ideado para explotar la moda del thriller nórdico pero que precisamente tergiversa todo lo que estamos viendo en relación a la doble vida de algunas akunin).

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Hikari Mitsushima y los otros dos akunin de Villain.

Por supuesto que los nombres de los participantes y de las localizaciones están cambiados en Grotesco, pero aluden casi todos a realidades; es fascinante saber que los lugares existen o existieron alguna vez (invito al lector que visite Tokio a llevar anotadas la decenas de direcciones que surgen en las páginas de la novela; de este modo descubrirá esa parte oscura que no suele aparecer en las guías de viaje: zonas especificas de Shin-Okubo y Shinjuku, y sobre todo de alrededor de la estación de Shinshen donde Watanabe condensó su vida nocturna).

Grotesco reserva uno de sus capítulos redactados en primera persona para la exposición del punto de vista perteneciente a Govinda Prasada Mainali, el nepalí que fue acusado del crimen de Watanabe. En la novela, Mainali toma el nombre de Zhang y la nacionalidad china, si bien se mantienen sus características de extranjero ilegal, así como lo hace su entorno de expatriados que forman ciertas comunidades asentadas en las zonas más sucias de Shibuya, Ikebukuro y Shinjuku.

El crimen se relata tal como supuestamente fue: tras concretar el servicio en la calle, Mainali llevó a Watanabe a una casa abandonada y desvencijada; allí, la mujer se encontró con que el hombre pretendía realizar el acto acompañado de por lo menos otros dos compañeros; la oficinista se asustó en un principio, pero al final intimó con todos a la vez, pues al fin y al cabo, ya había participado antes en sexo colectivo. Al finalizar, y por algún motivo, Mainali estranguló a la japonesa (el primer club donde había trabajado Watanabe estaba especializado en sadomasoquismo, así que hay quien señala que todo se trató de un juego de SM que se les fue de las manos).

El nepalí pasó 15 años en la cárcel. Nuevas técnicas sobre DNA resucitaron el caso en 2011, pues se descubrió analizando el semen recogido del vello púbico que el tipo de sangre encontrado en el cuerpo de Watanabe no se correspondía con el del acusado. A partir de aquí, con la salida del hombre de la cárcel y su deportación a Nepal, y con su definitiva exculpación en noviembre de 2012, se resucitaron otras teorías sobre el crimen que se habían escuchado en la época.

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Govinda cuenta con una asociación con muchos seguidores que ha luchado todos estos años por su inocencia. Imagen de G2 Kodansha.

La más importante puso el foco de atención en la posibilidad de que Watanabe hubiera sido presa de una conspiración empresarial. Como su padre, la mujer había redactado un informe en el que avisaba de las consecuencias de aumentar la producción en las centrales nucleares. Entonces, a su jefe se le pidió desde las altas instancias que callara la boca a la empleada, y dado que este hombre sabía que Watanabe se dedicaba a la prostitución, movió hilos entre sus contactos de la Yakuza que controlaba la zona de Maruyama-cho para que los gánsteres acabaran con la vida de la oficinista.

Watanabe podría haber sido estrangulada en la oficina principal que la banda poseía en Sugamo, y llevada desde allí hasta la habitación de madera número 101 donde el cuerpo fue encontrado. Aunque parezca una teoría surrealista, hay extensa documentación que pretende avalarla y que aporta los nombres exactos de los participantes. Con el desastre de Fukushima, que convertía la predicción de Watanabe en real, no hace falta señalar que la hipótesis aumentaba en partidarios.

Uno de los bestsellers sobre el caso, el más importante tal vez, El asesinato de la OL de Tepco, escrito por Sano Shinichi, fortaleció la teoría con su relato perfecto sobre lo acontecido (muchos japoneses utilizan el libro como guía para visitar los últimos sitios donde estuvo Watanabe, desde los servicios del sótano del centro comercial 109 donde la mujer se cambiaba hasta el templo de Jizo de Marayuma-cho donde se situaba todas las noches para ofrecerse).

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El templo de Jizo que se encuentra entre los hoteles del amor de Shibuya, y donde Watanabe tenía su “puesto”. Ahora, algunos japoneses rezan allí por las prostitutas asesinadas. Imagen de kaientai1867.

Sea verdad o no lo que cuenta Sano, lo cierto es que el cuerpo raquítico de Watanabe (pesaba 44 kg en los días previos a su muerte) manifestaba que la mujer reincidía en la anorexia nerviosa; no hay duda de que la oficinista era extorsionada de forma constante en la compañía, y esto es lo que realmente atrajo a la productora de Dokushin SeikatsuSingle Live, porque en cierto modo se identificaba con la víctima.

En efecto; Nariai también era una ikkisei o primera mujer a la que se le permitió competir por ascensos en una empresa, en este caso en la TBS. Graduada por la Universidad de Waseda, Nariai entró en este estudio en 1984 para trabajar en diversos departamentos de producción, hasta que en 1993 fue transferida a la sección de programación. La mujer no sufrió ningún tipo de menoscabo por su condición sexual, pero sí que se encontró con un mundo competitivo dominado por hombres en los que se vio obligada a aceptar multitud de proyectos, aún sabiendo que su agenda no podría soportarlos.

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La casa donde se encontró a Watanabe, y que aún puedes visitar sin problemas al estar justo enfrente de la salida de la estación de Shinsen en Shibuya. Imagen de kaientai1867.

El asunto es que la televisión nipona emana una crueldad entre bambalinas difícil de digerir, donde incluso se puede decir que los ganadores son castigados. Así es, pues el éxito de Nariai en ciertos seriales de misterio que produjo le llevó a que sus superiores la obligarán a desarrollar muchos doramas a la vez; incluso por no quedar mal aceptó hacerse cargo de un show sobre un artista cómico que ninguno de sus compañeros deseaba realizar. Al acabar la temporada, tuvo que ser hospitalizada por una hernia, incapaz de soportar el estrés.

Nariai abordó entonces Single Live como un proyecto personal, hasta el punto de que muchos de los diálogos de la serie pertenecían a su vida laboral. El problema es que el estudio no confiaba demasiado en una serie que pretendía ser la primera con calado político, y por ello se le asignó un equipo técnico inexperto en el último segundo. El guionista Ozaki Masaya fue el único en su campo que aceptó colaborar con Nariai, pero estaba claro que no estaba interesado en la temática relacionada con la prostitución y muchísimo menos en algo que se separara de la corriente humorística que luego marcará su carrera (Ozaki logrará el reconocimiento general con la divertida Kekkon dekinai otoko de 2006).

Por si fuera poco, los capítulos de Single Life se fueron desarrollando siguiendo el sistema ad lib, que consiste en escribir el guión y filmarlo dentro de la propia temporada de emisión, según vaya marcando el share del anterior; en este caso, la escasa aceptación obligó a que se fueran modificando de forma constante las tramas, incorporando personaje inventados o cambiando la relación entre varios.

Gabriella Lukàs, una de las especialistas que han utilizado la serie para estudiar el dorama japonés, asegura de forma fallida que el fracaso se debió al intentar plasmar un caso macabro siguiendo la estética del talento. Por ejemplo, afirma que la protagonista Makiko Asumi se había convertido en un ídolo gracia a la explotación de su sonrisa, a un gesto que aquí evidentemente brillaba por su ausencia, y que por ende su falta sería como una losa para el desarrollo.

Por su investigación en los foros dedicados al dorama que han hecho a éste popular en occidente, los mismos dedicados a subtitular y a aportar copias ilegales de descarga, se deducía que las seguidoras de Dokushin SeikatsuSingle Life estaban más preocupadas en la imagen de Makiko que en el propio mensaje anti-misógino que Nariai había intentado desarrollar; asimismo, despreciaban lo sucio de una historia que se apoyaba en la prostitución. Es por ello que Lukàs ensalza a Single Life como el dorama clave en la historia de la televisión japonesa, porque en su error de concepto se encuentra la verdadera esencia del medio de ese país.

Pero esta apreciación, en mi opinión, está influida por la manía anglosajona de mitificar ciertos aspectos del arte. En puridad, no es cierto que la televisión japonesa no estuviese preparada para acoger una historia sobre fūzoku, porque ya existían sobradas muestras de ello antes de que ocurriera incluso el asesinato real de Watanabe. Lo que se llamó “síndrome de Yasuko”, el deseo de emular a la víctima por un número indeterminado de mujeres del país, se había manifestado con el enjo kōsai en la época en la que Murakami estrenaba sus obras, y la televisión se había hecho eco de ello.

Deep Love アユの物語 (2004)

Deep Love, el enésimo melodrama sobre colegialas con doble vida.

Jonathan Clemens y Tamamuro Motoko en su enciclopedia sobre dorama catalogan docenas de estas series sobre prostitución, algunas protagonizadas por mujeres con doble vida. Saigo no koi/Last Love, se emitía pocos meses después de la muerte de Watanabe, seguramente que para aprovecharse del escándalo, y lograba un meritorio 20,4% de share, y su argumento intentaba revivir los últimos coletazos del enjo kōsai.

Al año siguiente, era superada por Kamisama! Mo sukoshi dake/Please God! Just a Little More Time, donde una chica vendía su cuerpo para comprar la entrada de un concierto musical; su 28,3% de cuota de pantalla puso en alerta a una sociedad que vio con horror cómo las niñas minimizaban la prostitución. Algo parecido ocurrió con Private Actress/The Stand-in, que además era la adaptación de un manga; y también con Tennen shojo man/Permanent Make-up Girl Mann, otra pieza proveniente del comic que Miike Takashi utilizaba para homenajear al mundo de raterillas popularizado en los años setenta por el Pinky Violence.

En definitiva, se podría argumentar sin miedo a equivocarse, que Single Life fue un chasco por todo lo contrario a lo que señala Lukàs: la impudicia del “caso del asesinato de Tōden” en la vida real ya estaba trivializado en la pantalla desde hacía tiempo. Los comentarios de las fans sobre el maquillaje o la interpretación de Makiko Asumi, que la propia especialista nos apunta, advierten de una conducta que es muy parecida a aquella desprendida por las niñas que “querían ser putas” tras haber disfrutado con Pretty Woman (1990), la película americana que con toda seguridad dio salida al moderno enjo kōsai y al “síndrome de Yasuko”.