Koya no dacchi waifu (Dutch Wife of the Wasteland, 1967) disfruta de los elogios más envidiables dentro del círculo de profesionales y aficionados especializados en Pinku Eiga o cine erótico japonés, hasta el punto de que no somos pocos los que consideramos a esta obra maestra dirigida por Yamatoya Atsushi como la mejor pieza dentro del género.

Además de por su evidente calidad técnica y narrativa, su estatus que la define como obra de culto viene vinculado de todas maneras a la fama que rodea a otra película transcendental de la cinematografía nipona, la celebérrima Marcado para matar (Koroshi no rakuin, 1967) de Suzuki Seijun, hasta el punto de que el parecido entre ambas obliga a desentrañar a la vez el origen de los dos proyectos.

En relación a la joya de Suzuki, la película fue propuesta por la Nikkatsu para mantener su línea de argumentos policiales con un presupuesto muy bajo dado que la industria fílmica del país comenzaba en aquellos momentos a declinar. El guión redactado en un inicio no satisfizo a los directivos, quienes se vieron obligados a llamar a su director estrella, Suzuki, para que remendara el libreto.

El realizador fue ayudado por siete guionistas que con él se parapetaron tras el seudónimo de Hachiro Guryu, acaso porque desde un principio se dieron cuenta de que las aportaciones cínicas de cada uno y la desconstrucción estilística del cine policíaco que pretendía el cabecilla no iban a ser del gusto de los mandamases de la Nikkatsu.

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El clásico de Suzuki Seijun, Marcado para matar/Branded to Kill.

Marcado para matar plantea la historia de un mercenario a sueldo protagonizado por Joe Shishido que se ve envuelto en un caso típico plasmado cientos de veces en el film noir. Lo que hace diferente al largometraje es el manejo que hace Suzuki de los recursos para conjugar en un mismo crisol elementos propios del género, como por ejemplo la música de jazz atonal o el barroquismo del blanco y negro, con otros dispares que provienen del kabuki o del arte de vanguardia. Los resultados dejaron su marca en la filmografía de muchos directores actuales, siendo tal vez Quentin Tarantino o Jim Jarmusch (éste homenajea en Ghost Dog, el camino del Samurái (Ghost Dog, The Way of the Samurai, 1999) la secuencia en la que el esbirro acaba con una de sus víctimas disparando por la tubería de un lavabo) los que más han profesado públicamente su amor por el filme asiático.

La popularidad de Marcado para matar se ha amplificado en los últimos años debido al affaire que provocó la despedida de Suzuki Seijun tras su estreno. En teoría, el delirio visual se hizo tan incompresible para los jefazos que éstos no dudaron en echar al director; nuestro hombre denunció al principal mandamás del Estudio, Hori Kyusaku, y éste contraatacó ordenando que se dejasen de distribuir los filmes de Suzuki; el juicio tuvo bastante repercusión y aunque Suzuki venció, el japonés no pudo volver a estar tras las cámaras hasta 1977.

Anne Mari y Joe Shishido, los protagonistas de Marcado para matar; y el libro sobre Suzuki publicado en España

Anne Mari y Joe Shishido, los protagonistas de Marcado para matar; y el libro sobre Suzuki publicado en España.

La historia ha sido tergiversada gracias a los comentarios interesados del propio Suzuki. Cuando en España la extinta Vía Digital emitió un ciclo sobre el realizador en 2001, colocando en el mapa su desconocida obra, la versión de que el cese se había producido por culpa de que Suzuki hacía películas que el público no podía entender se propagó todavía más. Así, se concretó aún más la efigie de una especie de genio alocado. Sin embargo, fuera de nuestras fronteras, expertos como Chris D. apuntarían luego y de forma acertada que el surrealismo Pop dentro de la Nikkatsu no era monopolio de Suzuki. En puridad, tal como se hizo público en el juicio, Suzuki había sido despedido debido al plan de reducción de plantilla manejado por el Estudio, el cual sufría por entonces serios problemas económicos.

Noriko Tatsumi, una de las reinas del Pinku Eiga

Tatsumi Noriko, una de las reinas del Pinku Eiga.

En aquella época, la cinematografía japonesa se caracterizaba por la misma aureola de falsa experimentación, destacando en ello la compañía ATG, que con sus trabajos de Arte y Ensayo también llenaba los cines de argumentos enrarecidos, con montajes altisonantes y sensualidad anómala. El Pinku Eiga presentaba constantemente viajes recargados cuyo peliagudo desarrollo no significaba de todas maneras un escollo para que el espectador comprendiera la trama.

De los ocho guionistas de Marcado para matar, dos tenían lazos de unión con el mundo del Pinku Eiga. En efecto, Yamatoya Atsushi y Sone Chusei no estaban a gusto con la férrea disciplina impuesta por la Nikkatsu y por esa razón trabajaban en el underground formando parte de la troupe dirigida por Wakamatsu Koji, el rey del cine erótico japonés.

Es imposible catalogar todas las funciones que la pareja definió en la Wakamatsu Pro., pues, de la misma manera que se había hecho en Marcado para matar, los artistas se escondían bajo sobrenombres colectivos. Eso sí, es de sobra conocido que Yamatoya escribió y dirigió meses después del descalabro de Suzuki una película análoga protagonizada por Minato Yuichi y Tatsumi Noriko: Dutch Wife of the Wasteland, cuya entelequia sensorial supera a la anterior, valiéndose de la percepción erótica mostrada por él mismo y por Sone en el libreto para la Nikkatsu y abrazando la extrañeza tan cara a las historias fantasmagóricas.

Provista de una arritmia deliberada, con flashbacks sobre flashbacks y giros temporales de toda clase, Dutch Wife of the Wasteland destila la misma clase de atmósfera mágica que por ejemplo Detour (1945) de Edgar G. Ulmer, por nombrar a otra Serie B del Cine Negro famosa por su extravagancia.

Por otro lado, su vértebra principal se acerca de soslayo a la historia representativa del músico de jazz que vende su alma al diablo, manejando personajes demoníacos que bien pueden recordar a los gánsteres que protagonizarán la posterior Carretera perdida (Lost Highway, 1997) de David Lynch, otra cinta que, no es casualidad, debe mucho a la joya de Ulmer. Otros expertos aseguran que Yamatoya se basó en el cuento de terror Lo que pasó en el puente de Owl Creek de Ambrose Bierce (y en sus adaptaciones cinematográficas y televisivas) para esbozar el guión.

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Reseña de Uragiri no kisetsu en una revista sobre Pinku Eiga de la época.

La película también se presenta como un paso más sobre el estilo surrealista del primer filme de Yamatoya como director, Uragiri no kisetsu (1966), en la cual un fotógrafo tiene que desentrañar el misterio que se encuentra tras las imágenes obtenidas por un compañero en la Guerra de Vietnam y que están relacionadas con prácticas de bondage y tortura cometidas por los soldados.

Aunque parezca que las comparaciones entre Dutch Wife of the Wasteland y las películas americanas no proceden aquí por extemporaneidad, lo cierto es que la fama de la Pinku Eiga disfrutó de un repunte cuando la propuesta de Lynch u otras como Asesinato en 8 mm. (8MM, 1999) de Joel Schumacher volvieron a traer a la palestra la temática sobre películas snuff o cintas que muestran muertes reales.

No es casualidad que se editara en Japón en 1997 en VHS, justo el año del estreno de Carretera perdida. Y es que Yamatoya propone un argumento sobre una banda de mafiosos que secuestran a una secretaria para remitir a su jefe películas donde se ve cómo violan, atormentan y puede que hasta acaben con la vida de la mujer. Muchos aficionados demostraron en foros de Internet su asombro por el que una película de más de 45 años ya afrontara de una forma tan descarada el argumento de los delitos filmados en directo, y por la manera tan moderna con la que forjaba la iconografía correspondiente al asunto.

Cuando el ejecutivo contrate a un mercenario para que intente rescatar a la chica, el asesino a sueldo, diseñado según las características expelidas por Joe Shishido en Marcado para matar, entrará en un mundo de ocultismo casi satánico, con una yakuza perfilada como si fuese una secta. Su enemigo principal será un lanzador de cuchillos que tiempo atrás le arrebató a su novia, sumiéndole en la amargura que afecta incluso a sus deseos sexuales.

Sobre esto último, Dutch Wife of the Wasteland mejora las implicaciones de Marcado para matar referentes a la falta de afecto trasmitido por el protagonista. Dutch Wife es una expresión por la que se conocen a las muñecas hinchables en Japón y aquí el esbirro alude a una corriente popular en ciertos sectores de otakus que abogan por el amor artificial que se puede obtener de un maniquí, a despecho del calor de una fémina real. En varios momentos de la narración, el cuerpo de la secuestrada funcionará también como un muñeco, pretendido incluso por su padre, un viejo que ha enloquecido debido a la desgracia y, por si fuera poco, cuando la ensoñación se apodere definitivamente del protagonista, tergiversará su naturaleza exhibiéndose con el físico de la anterior novia del mercenario.

Otra secuencia vuelve a consignar las secuencias de pasión estrambótica vistas en Marcado para matar. Tras salir de la ducha, el protagonista y una prostituta enviada por la yakuza deliberarán sobre la frialdad sexual del primero; toda la conversación se apoya sobre la metáfora que convierte a la amada pistola del hombre en el pene masculino y lo hace con una inteligencia apreciable, la misma que tiñe al resto de los diálogos de la película.

El poster original de Dutch Wife y la carátula del Dvd de Uplink

El poster original de Dutch Wife y la carátula del Dvd de Uplink.

En una fábula desempeñada por figurantes que mueren y reviven varias veces, las elipsis germinan por doquier. En una secuencia, el sicario demuestra sus dotes como pistolero destrozando un árbol y, ante el asombro del oficinista, exclamará: “puedes plantar otro”; esta aseveración la realiza justo segundos después de saber que morirá a las tres en punto, información aportada por la propia secuestrada, supuestamente asesinada seis años antes. El galimatías temporal cobrará sentido cuando el directivo contrate a otro matón, el cual tendrá que demostrar también sus habilidades ante un nuevo arbusto.

El montaje desigual no dejará indiferente a nadie. Nuestro hombre dispara en una habitación y es transportado al desierto; la voz de la humillada se mezcla en dos secuencias diferentes y contiguas; las escenas snuff que los protagonistas contemplan en una sala de proyecciones se cristaliza en la realidad para concretar el desarreglo onírico que martiriza a los participantes, etc.

La escena de la ducha de Dutch Wife; y la carátula de la versión polémica en VHS

La escena de la ducha de Dutch Wife; y la carátula de la versión polémica en VHS.

Es imperioso mencionar la aportación musical del soberbio pianista Yamashita Yosuke, con una partitura que combina Free-jazz alternativo con sonidos dodecafónicos, arrebatos de violines y ruidos tribales. Cierto es que la genialidad de todo el proyecto se construye a partir de la conjugación entre las asonancias y unas imágenes descompuestas que aportan el efecto alucinógeno ambicionado.

Unos apuntes finales necesarios están dedicados a la anécdota que nos señala la realización durante esos días de otro filme (más Pinku Eiga que éste) dirigido por Ario Takeda, Love Milky’s Drop (1967), en cual se utilizaron los mismos escenarios y a la misma pareja protagonista. También es interesante remarcar la polémica suscitada por la ediciones en VHS y DVD de Dutch Wife of the Wasteland entre unos aficionados que no han dudado en criticar el uso del formato 4:3 capaz de deformar el material original (algunos con sorna han advertido por el contrario que dicha irregularidad va a acorde con el propio planteamiento artístico del filme).

Yamatoya Atsushi reincidiría al año siguiente en las historias donde las imágenes distorsionadas turban a los participantes. Recogiendo un poco de Uragiri no kisetsu y otro poco de Dutch Wife of the Wasteland, el japonés escribirá para Mukai Kan el guión de Aoi firumu: Shinasadame (1968), la narración sobre una mujer que es obligada a convertirse en una estrella porno por su jefe y por la yakuza que la filma en vídeos que rozan la irrealidad. Sin duda, Sato Hisayasu, uno de los grandes del Pinku Eiga y del Gore de los años 80, tomará buena nota de estos filmes para fabricar sus propias visiones sobre el snuff teatralizado.

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Aoi firumu: Shinasadame/Blue Film Woman.

Yamatoya Atsushi y también Sone Chusei, firmarán con posterioridad las mejores obras para el Roman Porno, la vertiente erótica comenzada por la Nikkatsu a principios de los años 70, y en el caso del primero, su rúbrica también se verá reflejada en proyectos muy conocidos como por ejemplo la serie Lupin III (Rupan sansei), el manga donde asimismo recalará alguna vez Suzuki Seijun. Pero la verdadera genialidad de Yamatoya es sin duda esta Dutch Wife of the Wasteland, acaso una de las películas más influyentes de la cinematografía nipona.