En junio de 1944, y ante la perspectiva de que las grandes operaciones militares en el Pacífico presagiaban una inminente derrota japonesa, las autoridades estadounidenses encargaron a la antropóloga Ruth Benedict un estudio cultural sobre las normas y valores de la sociedad japonesa.

El resultado fue El crisantemo y la espada (Alianza Editorial, 1974, 2003), un título que hace referencia a las contradicciones del carácter japonés

Patrones de la cultura japonesa

El libro se publicó en 1946 y fue todo un éxito. Por una parte, se trataba del primer estudio importante sobre la idiosincrasia y la mentalidad japonesas, por lo que se convirtió en un clásico en poco tiempo y, por la otra, medio millón de soldados estadounidenses habían sido desplazados en Japón como contingente de las fuerzas de ocupación y necesitaban de una “guía” que les permitiera tratar con ellos.

Al aumentar el número de estudios sobre cultura japonesa, El crisantemo y la espada empezó a ser criticado por el hecho de que, al ser un estudio realizado en tiempo de guerra, fue imposible llevar a cabo un trabajo de campo en el propio Japón. Se trataba de un estudio cultural a distancia basado en la bibliografía ya existente y en entrevistas a inmigrantes japoneses que estaban en Estados Unidos. A esto hay que añadir que Ruth Benedict no sabía japonés y nunca viajó a Japón. Las reacciones al libro oscilaban desde su carencia de valor académico, como manifestó el pensador japonés Tetsuro Watsuji, hasta su consideración como uno de los libros más influyentes de la antropología occidental de Japón.

Tanto la espada como el crisantemo forman parte de la imagen [de Japón]. Los japoneses son, a la vez, y en sumo grado, agresivos y apacibles, militaristas y estetas, insolentes y corteses, rígidos y adaptables, dóciles y propensos a resentimiento cuando se les hostiga, leales y traicioneros, valientes y tímidos, conservadores y abiertos a nuevas formas, preocupados excesivamente por el qué dirán y, sin embargo, propensos al sentimiento de culpa, incluso cuando los demás no saben que han dado un paso en falso; soldados en extremo disciplinados, pero con tendencia también a la insubordinación.

Pero no nos engañemos. Si lo que se busca es un libro sobre cómo son los japoneses en la actualidad, ya sea para un viaje de negocios o para turismo, El crisantemo y la espada será más bien de poca ayuda. El libro tiene ya 60 años y en todo ese tiempo muchos de sus contenidos han perdido validez, en parte porque ciertas conductas que se describen son influencia directa del militarismo japonés previo a la Segunda Guerra Mundial.

Una de las críticas que recibió el libro fue por su estudio de la idiosincrasia japonesa despojada de cualquier vínculo histórico. La restauración Meiji de 1868 y la apertura a Occidente forzó a Japón a cambiar a algunas costumbres para congraciarse con las culturas occidentales (sobre todo las relacionadas con el sexo, ya que Japón siempre se ha caracterizado por tener pocos complejos en este aspecto), así que la cultura japonesa que describe Ruth Benedict en su libro es heredera de esos cambios.

Japón puede compararse a un ave fénix por su capacidad para renacer de sus cenizas: durante la era Meiji (1868-1912), pasó de ser un país feudal a una potencia en medio siglo y tras la Segunda Guerra Mundial, un país asolado por la guerra se convirtió en la segunda potencia económica a mediados de la década de 1960 (los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964 sirvieron para proyectar esa imagen del mismo modo que los Juegos Olímpicos de Beijing de 2008 sirvieron para proyectar la nueva imagen de China y su emergencia como potencia económica). En ambos períodos históricos, se produjeron cambios sociopolíticos que se tradujeron en cambios de hábitos culturales.

Por ejemplo, el culto al emperador de la era Meiji dio paso al culto al materialismo pasada la posguerra. En 1955, después de una década de recuperación de la devastación de la guerra, los japoneses empezaron a pensar menos en la supervivencia y más en seguir un estilo de vida norteamericano. Los medios de comunicación japoneses describían a la lavadora, la nevera y el televisor como los nuevos tres tesoros sagrados (en contraposición a los tres tesoros sagrados —el espejo, la espada y la joya—, símbolos del poder imperial y que, según la tradición, bajó a la tierra Ninigi, nieto de la Diosa del Sol Amaterasu y primer emperador de Japón con el nombre de Jimmu). Y aunque la mujer todavía está relegada a un relativo segundo plano, goza de más libertad que hace 60 o 70 años.

Aun así, como buen clásico, resulta un libro apasionante en el que se pueden encontrar facetas del comportamiento japonés que chocan con el sentido común occidental. Por ejemplo, los estadounidenses se quedaron sorprendidos ante la forma de actuar de los prisioneros de guerra japoneses. Habían sido adoctrinados para morir luchando sin rendirse, así que la mayoría de los prisioneros se hacían cuando los soldados japoneses estaban heridos o inconscientes y no podían oponer resistencia. Una vez cautivos, la gran mayoría de ellos cooperaron con los aliados.

Soldados veteranos y hombres que durante largo tiempo habían sido nacionalistas fanáticos daban informes sobre la situación de los depósitos de municiones, explicaban cuidadosamente la disposición de las fuerzas japonesas, escribían nuestra propaganda y volaban con nuestros pilotos de bombardeo para guiarles hasta los objetivos militares. Era como si hubieran pasado una página nueva de su vida; lo que estaba escrito en esta nueva página era lo opuesto a lo que había escrito en la anterior, pero leían sus líneas con la misma fidelidad.

A diferencia de los soldados occidentales y debido a la política de no rendición de Japón, no habían recibido instrucciones en el caso de caer prisioneros. No tenían normas morales que aplicar en esta nueva situación: estaban deshonrados y su vida como japoneses había terminado. Algunos pedían que se les matara, “pero si sus costumbres no se lo permiten, seré un prisionero modelo”.

El núcleo central del libro se dedica a analizar el concepto de la culpa, la vergüenza, el deber y la jerarquía y es quizás una de las partes más polémicas y sobre las que se ceban más las críticas. El modelo que presenta Ruth Benedict —recordemos que mucha de esta información procede de entrevistas a inmigrantes japoneses en Estados Unidos— es que “los japoneses son demasiado rígidos, demasiado encorsetados por el deber y la posición social, demasiado entregados a la ideología y demasiado preocupados por su reputación”, algo que estudios realizados durante la posguerra desmintieron al considerar que “eran más espontáneos, más amantes de la diversión y más relajados”.

También dedica algunas páginas —las más divertidas, a mi modo de ver— a hábitos japoneses bien conocidos como el comer, el baño y el dormir, placeres relajantes cuya ausencia se puede convertir en una disciplina para endurecer.

Así, Ruth Benedict presenta una dualidad contradictoria sobre la comida. Al placer que supone la kaiseki ryōri, comida presentada en muchos platos y en pequeñas raciones y que elogian tanto por su aspecto como por su sabor, se contrapone la disciplina y cita una fuente que dice que “el comer no está considerado como un acto importante […] Comer es necesario como sustento: por tanto, debe realizarse lo más rápidamente posible”.

Esta dualidad se refleja en la actualidad en el gran número de restaurantes de ramen, udon o soba en los que se come de pie y deprisa y también en las largas colas o las peregrinaciones a algún pueblo perdido porque en cierto restaurante se come el mejor ramen, sushi o cualquier otra delicatessen de todo Japón, la gran cantidad de programas sobre cocina en la televisión y que algunas japonesas se pasen horas en la cocina experimentando nuevos sabores.

Dormir es otra de las cosas que no ha cambiado y cualquiera que haya visitado Japón estará de acuerdo en que:

Dormir es otro placer favorito. Es una de las artes más perfeccionadas por los japoneses. Duermen con una relajación completa, en cualquier posición y en circunstancias en que para nosotros sería totalmente imposible.

Para terminar, da un repaso a la educación japonesa como medio para entender los comportamientos adultos y, en el capítulo final, reflexiona sobre el futuro de Japón después de su rendición y da un toque a Estados Unidos sobre su política, aunque este país no parece haberse dado por aludido:

Lo que Estados Unidos no puede hacer —lo que ninguna nación extranjera puede hacer— es crear por mandato un Japón libre y democrático. Los resultados han sido siempre negativos al tratarse de un país dominado. Ningún extranjero puede decretarle a un pueblo que no comparte ni sus hábitos ni sus creencias una manera de vivir que no es más que el reflejo de la propia.

El libro concluye con una advertencia que todavía continúa vigente a raíz de la pretensión japonesa de modificar el artículo 9 de su constitución que impide la creación de un ejército ofensivo:

Actualmente, los japoneses ven el militarismo como una luz que se ha extinguido. Pero observan a otras naciones del mundo para ver si también en ellas ha ocurrido lo mismo. Si no es así, quizá vuelva a encender el Japón su propio ardor guerrero y demostrar lo bien que puede hacerlo. Pero si se ha extinguido en los demás lugares, el Japón podrá demostrar que ha aprendido la lección y comprobado que una empresa dinástica imperialista no es el camino del honor.

Como clásico, yo lo consideraría un libro básico introductorio para los que se interesan seriamente en la cultura e idiosincrasia japonesa más allá de la superficialidad de la subcultura otaku. Es uno de esos libros para llenar de post-it o notas a pie de página.

Datos de El Crisantemo y la Espada

  • Título: El Crisantemo y la Espada.
  • Autor: Ruth Benedict.
  • Editorial: Alianza Editorial.
  • Año de edición: 1974, 2003.
El crisantemo y la espada
Un libro básico introductorio para los que se interesan seriamente en la cultura e idiosincrasia japonesa, más allá de la cultura pop.
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