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El Japonismo o fascinación por el arte japonés

El japonismo o la fascinación por lo japonés

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La apertura de Japón a partir de la década de 1850 no sólo fue un acontecimiento decisivo para su modernización, sino que también supuso el redescubrimiento de Japón. Una cultura que durante más de dos siglos había permanecido desconocida y misteriosa saltaba repentinamente a la luz enseñando sus sorprendentes particularidades.

El aislamiento de Japón entre los años 1650 y 1868 provocó que en reabrirse al mundo, tanto Europa como Estados Unidos tuvieran mucha curiosidad para saber más del misterioso país del sol naciente. De este interés surgió la moda por los artículos de artesanía y productos de origen japonés que tuvieron un impacto en las clases burguesas y en el arte, y por los grabados policromos en madera o ukiyo-e que fueron coleccionados y admirados en Occidente.

Todos estos artículos y grabados influyeron en el arte occidental, especialmente en los impresionistas y postimpresionistas como Manet, Van Gogh, Toulouse-Lautrec, Klimt, Grosz o Whistler, que usaremos para ejemplificar qué es el japonismo.

Comparativa entre Hiroshige y Van Gogh
Comparativa entre Hiroshige y Van Gogh

La relación entre Japón y Occidente

Aunque Marco Polo (1254-1354) ya lo menciona en sus crónicas, los primeros europeos que llegaron a Japón fueron los portugueses y españoles a mediados del siglo XVI. Durante el siglo ibérico, un periodo comprendido entre 1543 y 1641, se establecieron relaciones entre Japón y los dos países de la Península Ibérica (unidos en un mismo reino entre los años 1580 y 1640), gracias al desarrollo del comercio y a la actividad misionera que intentó, sin demasiado éxito, la evangelización del archipiélago.

De este primer encuentro entre Japón y Occidente dieron buena cuenta los comerciantes, viajeros, diplomáticos y misioneros españoles y portugueses en numerosos escritos, algunos de los cuales describen con gran detalle la cultura y sociedad de aquella época. Aunque la influencia de Occidente en este periodo fue breve y pasajera, quedó reflejada en la gastronomía, la arquitectura de los castillos, las armaduras japonesas y la escuela de arte Nanban.

En 1641, Japón cerro sus fronteras a todo contacto exterior como medida de autoprotección. Sin embargo, este aislamiento internacional impuesto por los shogun de la dinastía Tokugawa durante el periodo Edo (1600-1868) no fue del todo completo. Así, se permitió a los holandeses tener una delegación comercial en la isla de Dejima, en Nagasaki, así como a los chinos en barrios de comerciantes en la misma ciudad.

Grabado que muestra Nagasaki y Dejima
Grabado que muestra Nagasaki y Dejima

A partir de 1715 esta vigilancia se atenuó cuando los japoneses vieron que podían aprender mucho de la ciencia occidental. Se levantó la prohibición de importar libros extranjeros y traducciones chinas, siempre y cuando no hicieran referencias al cristianismo. Asimismo se estimuló el estudio del idioma holandés, comenzando la escuela de estudios holandeses (rangaku), a través de la que se adquiriría el conocimiento de la ciencia y la tecnología occidental.

A mediados del siglo XIX Japón inició un proceso de modernización en el que tuvo a Occidente como modelo. Países como Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Alemania o Italia establecieron importantes vínculos políticos, diplomáticos, científico-tecnológicos, económicos y comerciales con Japón durante las eras Meiji (1868-1912), Taishō (1912-1926) y la primera parte de la era Shōwa (1926-1989) que fructificaron también en un importante flujo de intercambios culturales.

Mientras que Japón trataba de ponerse a la altura de las potencias occidentales a pasos acelerados y asimilaba de manera entusiasta los usos y costumbres occidentales, Occidente descubrió todo un nuevo universo de formas y colores en el archipiélago japonés. Como resultado de la fascinación que ejercieron los grabados de ukiyo-e, las «pinturas del mundo flotante», y otras manifestaciones artísticas y las crónicas de periodistas, escritores y viajeros, surgió el japonismo.

Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, y por influencia de la ocupación que sufrió el país por parte de Estados Unidos hasta el año 1952, Japón comenzó a absorber elementos de la cultura occidental. Después de todos esos años de importar cultura y darle su «toque» particular, actualmente es de nuevo Occidente quien mira a Japón.

El movimiento del japonismo

Después de tantos siglos de aislamiento, fue inevitable que se produjera una confusión por el choque con la cultura occidental. La década de 1870 está marcada por la adopción entusiasta por parte de Japón de los usos y costumbres occidentales, llegando a detestar su propio pasado y valores, considerando su gobierno, idioma, escritura, arte, literatura y filosofía como productos de una cultura tenebrosa y atrasada. Este espíritu quedaba plasmado en el lema que se convirtió en la consigna del nuevo Japón: bunmei-kaika, el florecimiento de la civilización y la ilustración. El modelo chino, que había definido la identidad cultural japonesa desde el siglo VII había dejado de ser objeto de estima, pasando a ejemplificar los peligros del estancamiento.

En 1856, el grabador francés Félix Bracquemond (1833-1914) encontró en una caja de embalaje en el taller del pintor Delâtre un volumen de los manga del artista de ukiyo-e Katsushika Hokusai (1760-1849). La belleza extraña de estos dibujos atrajo su atención y comenzó a usarlos en sus trabajos, extendiéndose el interés por los grabados japoneses. Hokusai llegó a hacerse muy popular y los diseñadores de objetos decorativos usaron frecuentemente sus bocetos e ilustraciones como modelo.

En 1867, Japón tomó parte en la Exposición Internacional de París con uno de sus productos más típicos: el té. El té japonés fue la causa de que se exportaran grandes cantidades de un tipo de grabado japonés (chirimen-e, la versión «barata» de los ukiyo-e) ya que muchas de las cajas exportadas llevaban los paquetes de té envueltos con ellos. Estos grabados habían sido considerados hasta entonces en Japón un pasatiempo, no una forma de arte. Pero desde aquel momento, se convirtió en un arte para la exportación con todos los derechos, además de ser muy valorados como souvenir. Pintores de la talla de Monet, Degas, van Gogh, Pisarro y Toulouse-Lautrec encontraron en la originalidad de los ukiyo-e unos extraordinarios argumentos para una renovación estética. Junto con los grabados llegaron también a Occidente desde Japón muchos y variados objetos «exóticos» que provocaron el surgimiento de una moda por «lo japonés».

El termino «japonismo» fue acuñado por el periodista y crítico de arte francés Philippe Burty en un artículo publicado en 1876 para describir el interés y fascinación por la cultura japonesa y que se prolongó hasta la década de los treinta del siglo XX.

En una dimensión artística, el japonismo se caracterizó por la influencia del arte japonés sobre el arte occidental y dio lugar a un movimiento pictórico basado en el reconocimiento, la admiración y la reinterpretación de la sensibilidad estética japonesa. En una dimensión más general, la influencia de la cultura japonesa abarcó campos tan dispares como la publicidad, la moda, las fiestas, la sociedad, los espectáculos y los deportes.

Izda: Lluvia repentina sobre el puente de Atake (grabado de Hiroshige Ando). Dcha: Japonaiserie: Pont sous la pluie (óleo de van Gogh basado en el mismo grabado)
Izda: Lluvia repentina sobre el puente de Atake (grabado de Hiroshige Ando). Dcha: Japonaiserie: Pont sous la pluie (óleo de van Gogh basado en el mismo grabado)

Durante esta época se renovaron las imágenes más exóticas y sugestivas de Japón: un mundo de fantasía, la tierra de la espiritualidad, de los ritos ancestrales, de la veneración por la naturaleza, de los artistas refinados, de valientes samuráis y de geishas de extrema belleza y sensualidad. Una visión poética que acabaría convirtiéndose en tópico y que en un primer momento sería el reclamo de la fascinación que sintió Occidente por Japón. A medida que Japón era cada vez más conocido en círculos internacionales se creaban nuevas imágenes y nuevos tópicos sobre el País del Sol Naciente en un proceso que no ha dejado de repetirse desde entonces.

Desde el punto de vista sociológico, el japonismo como moda se concentró en las clases burguesas y en ambientes femeninos, en los que la geisha era la personificación de lo japonés. De hecho, en muchos anuncios publicitarios las referencias a lo japonés tenían como objetivo atraer al público femenino.

Aparte de los grabados y las muestras de arte que llegaron a Europa y Estados Unidos, otros factores contribuyeron también a despertar el interés por Japón: lazos comerciales directos, crónicas de viajeros, ensayistas y periodistas, estancias de viajeros occidentales, exposiciones universales e internacionales y publicación de libros y reportajes sobre Japón. La moda por lo japonés tuvo tres manifestaciones:

  1. Incorporación de la esencia japonesa, basada en un profundo conocimiento del nippon no kokoro, la forma de pensar y sentir japonesa. Ni que decir tiene que esta tendencia fue bastante minoritaria.
  2. Fuente de renovación estética. Los Manga de Hokusai constituyeron un poderoso estímulo para el hallazgo y conocimiento de los artistas y grabados de ukiyo-e, permitiendo al arte japonés ejercer cierta influencia en el mundo occidental, tanto en el impresionismo, como en el modernismo y en el Art Nouveau.
  3. Ambientación exótica. Utilización de objetos japoneses para crear un ambiente de evasión, exotismo y elegancia, la forma más común, perdurable y superficial de japonismo.

Whistler, un ejemplo de japonismo

James Whistler fue un pintor estadounidense ligado a los movimientos simbolista e impresionista que desarrolló la mayor parte de su carrera en Francia e Inglaterra, donde se interesó por la pintura del Lejano Oriente y donde comenzó a coleccionar porcelanas, telas orientales y grabados en madera usados para imprimir tejidos.

El entusiasmo de Whistler por el arte japonés y la porcelana blanca y azul, le llevó a incluir primero muchas japonerías en sus pinturas, y a mediados de los años 1860 comenzó a adoptar los principios japoneses de composición y organización espacial, con superficies decorativas planas, armonías tonales sutiles y sujetos alusivos, más que literales. Los patrones de los fondos eran geométricos, sin perspectiva, con colores suaves y accesorios exóticos. Y es justamente eso lo que se llama japonismo, la influencia del arte japonés en el arte occidental, que entenderemos mejor a partir del análisis y comentario de la obra Caprice in Purple and Gold: The Golden Screen de Whistler.

Caprice in Purple and Gold: The Golden Screen de Whistler
Caprice in Purple and Gold: The Golden Screen de Whistler

La imagen Caprice in Purple and Gold: The Golden Screen de James Whistler nos muestra una mujer joven de facciones occidentales, vestida con un kimono negro de estampado floral con un obi rojo y un sobre-kimono blanco de estampados parecidos, sentada en el suelo sobre una alfombra de estilo oriental, mirando coloridos grabados de ukiyo-e, probablemente de Hiroshige, artista que encantaba a Whistler y que influyó enormemente en su obra.

El telón de fondo es una mampara de tonos dorados e imágenes orientales, que es la que da título a la obra y que, a pesar de la belleza y de los diferentes colores de los tejidos de ella, es la clara protagonista de la obra y la que lo impregna del toque japonés. Tanto el dorado de la mampara como sus dibujos me recuerdan a los grabados de madera dorados y verdes que hay en las paredes de las estancias del castillo Nijo de Kioto, realizadas por diferentes artistas de la famosa escuela Kano.

La Princesse du pays de la porcelaine
La Princesse du pays de la porcelaine

De entre los otros objetos de origen oriental, destaca también la jarra de flores, de porcelana azul y blanca de origen chino que tanto apasionaba a Whistler, y el taburete negro lacado. A la derecha de la imagen, la silla alta también me llama la atención, ya que tiene un estampado muy típicamente japonés, siguiendo el estilo de la mampara, y parece de lacado negro japonés.

Tenemos pues casi todos los objetos de estilo oriental básicos: el kimono, la mampara, la porcelana, los grabados ukiyo-e, los lacados … Incluso el moño de la modelo podría considerarse de estilo japonés, ya que es típico que cuando la mujer viste kimono se recoja el cabello y deje la nuca como única parte visible y sensual del cuerpo. Cabe destacar también en el análisis de la obra, que el marco fue diseñado para Whistler en un intento de ampliar el toque japonés decorativo de la imagen y está decorado con círculos de hojas de palmera y hiedra que recuerdan los blasones familiares japoneses.

Queda patente que el exotismo japonés es el que atrajo Whistler, en primera instancia, en el arte japonés, pero al copiar motivos y elementos estilísticos japoneses, pudo liberar su arte de las demandas morales y narrativas de las típicas pinturas victorianas de la época como demuestran muchas otras obras, surgidas de su fascinación por el arte japonés, y que podríamos dividir en dos grandes grupos.

En primer lugar tenemos las obras que muestran objetos y artículos de origen oriental, es decir, donde hace uso de todo tipo de chinerías y japonerías, grupo en el que incluiríamos la llamada Caprice in Purple and Gold: The Gold Screen y obras como la famosísima la Princesse du pays de la porcelaine, donde una modelo occidental vestida con ropas orientales posa de manera parecida a como lo hacen las figuras de la porcelana china blanca y azul o las mujeres en kimono de los grabados ukiyo-e.

También destacan en este primer grupo Symphony in White, No. 2: The Little White Girl, en la que no sólo los objetos japoneses (como el abanico, la porcelana blanca y azul o la azalea rosa) dan un toque japonés a la obra, sino también la composición dividida por los espejos y el hogar de fuego, que dividen la pintura al estilo japonés; The Japanese Dress, donde de nuevo no sólo un objeto, como el cerezo o el típico parasol oriental, otorga a la obra de un estilo muy japonés, sino que también la partición del espacio de la obra lo consigue; Purple and Rose: The Lange Leiza of the Six Marks donde más que japonesa la influencia es más bien china, con tejidos de bordados y colores típicamente chinos y la porcelana china blanca y azul, decorada con típicas imágenes de mujeres esbeltas; The White Symphony: Three Girls donde Whistler combina los estilos clásicos y medievales de la época con el estilo de los grabados japoneses ukiyo-e que tanto el influyeron; y finalmente también Variations in Flesh Colour and Green – The Balcony.

Por otro lado tenemos las obras inspiradas en el arte del ukiyo-e, especialmente en las obras de Hiroshige, como son muchas de las imágenes que componen la colección Nocturnas y especialmente las que muestran el puente de Battersea, como ahora Blue and Silver: Screen, with Old Battersea Bridge y Nocturne Battersea Bridge, inspiradas en el puente Ryogoku sobre el río Sumida tan pintado por Hiroshige. En los años 1870 Whistler se familiariza con los métodos de diseño japoneses, bastante diferentes de lo que se enseñaba en las escuelas de arte europeas, y de ahí surgieron estas pinturas más simplificadas y decorativas, totalmente inspiradas en el arte japonés , en el que la perspectiva semba casi plana y abstracta.

Variations in Flesh Colour and Green - The Balcony
Variations in Flesh Colour and Green – The Balcony

La obra Variations in Flesh Colour and Green – The Balcony se encuentra a caballo entre estos dos grupos, entre el uso de objetos de arte oriental como los utilizados en Caprice in Purple and Gold: The Gold Screen y la aproximación mucho más sintetizada en el arte japonés del grupo de pinturas Nocturnas.

En The Balcony tenemos estas dos vertientes del pintor: por un lado encontramos el uso de objetos orientales, como las mujeres occidentales vestidas con kimono, el juego de sake, los abanicos orientales, el shamisen (instrumento tradicional japonés de sonido muy característico), las persianas enrolladas o incluso las flores de tonos rosas que deberían ayudar a poner en perspectiva la obra; y por otro, las fábricas y los humos de Battersea al fondo de la imagen, que sin lugar a dudas evocan imágenes del monte Fuji, quizás inspiradas por las obras del artista japonés Hokusai.

También destaca como Whistler comienza a jugar con los principios de la perspectiva japonesa, como demuestra la mujer mirando por el balcón que casi parece el mismo plano que el resto.

La imagen Caprice in Purple and Gold: The Golden Screen, al igual que muchas de las otras imágenes con Japón, transmite un Japón exótico y tiene casi todos los objetos arquetípicos: el kimono, la alfombra, la porcelana blanca y azul, la mampara de colores verdes y dorados, los lacados, los grabados ukiyo-e … Hay que tener en cuenta que antes de las expediciones marítimas iniciadas a finales del siglo XV, Europa se había formado una imagen muy imaginaria de la realidad política y cultural de mundos tanto lejanos como Oriente, que se consideraba un lugar habitado por el fantástico, por el extraordinario, casi alegórico y totalmente exótico.

Con el inicio de las expediciones marítimas, los navegantes empezaron a recoger noticias de mundos lejanos, las convirtieron en fábulas y éstas se tradujeron en una literatura que fomentaba la imaginación y el interés por otros mundos. Es decir, el punto de exotismo no se perdió nunca, sino que se vio reforzado. Es por eso que cuando se empezaron a distribuir productos misteriosos y desconocidos de Oriente, estos sólo hicieron que insistir en este carácter exótico de Oriente.

The Japanese Dress
The Japanese Dress

La famosa porcelana china y de otros Chino inundaron los palacios y salones de las monarquías y aristocracias europeas en un principio, cuando la imagen de China era sinónimo de Oriente, pero la reapertura de Japón en el exterior, que había sido aislado dos siglos, no hizo más que profundizar en esa mirada lejana y ajena de Oriente y de Japón en particular, especialmente si tenemos en cuenta que era un país extremadamente desconocido y por tan exótico, debido especialmente a los siglos de aislamiento. Es decir, Japón se vio como un país exótico donde hombres y mujeres llevaban ropas de excepcional belleza, donde había objetos artísticos en la vida diaria, como los lacados o la porcelana, y especialmente donde había un tipo de pintura , los grabados en madera ukiyo-e, que fue muy admirado por artistas y críticos europeos.

Las diferencias culturales, pues, y la lejanía, sumadas al aislamiento que se había impuesto Japón siglos atrás, propiciaron esta imagen arquetípica de exotismo exacerbado que sedujo Europa desde una geografía casi mítica, lejana y misteriosa. El arquetipo indiscutible del japonismo lo constituye la figura idealizada de la geisha, que visualmente se corresponde con la protagonista de los apreciados ukiyo-e, el elegante trazada y vistosidad cromática de los que fueron objeto de admiración los círculos artísticos europeos y americanos, quienes vieron nuevas formas de expresión. Para los artistas, la geisha fue aparte de la figura portadora del colorista y decorado kimono, un símbolo del encanto del Japón tradicional.

Whistler fue uno de los primeros pintores en representar con gran sensibilidad cromática todo el repertorio temático del japonismo a partir de 1864. Paralelamente, con independencia de que en el cuadro salieran objetos o decoraciones japonesas, observamos la influencia de los grabados ukiyo-e en la forma de componer y aplicar el color como hemos visto especialmente en la colección Nocturnas. Está claro, pues, que Caprice es un ejemplo claro del japonismo o influencia del arte japonés en el arte occidental. No sólo por el uso de japonés que hace Whistler en Caprice, sino también para la adaptación de la perspectiva y la organización espacial oriental que utiliza en esta y en muchas de sus otras obras posteriores, inspirado por los grabados ukiyo-e que tanto el fascinaban.

Cabe destacar que la llegada a Europa de piezas de arte y manufacturas chinas entre los siglos XVII y XIX no transformó estilísticamente el arte Occiental, pero sí los lenguajes ornamentales con el inicio de uso de las chinas, consideradas auténticos objetos de lujo. En el siglo XIX, sin embargo, la influencia de Japón sobre el arte occidental fue mucho más decisiva, ya que no sólo se popularizaron las Japonés entre la clase burguesa y las obras de arte de la época, sino que los grabados ukiyo-e influyeron, como decíamos, las temáticas, colores, y perspectivas de los impresionistas y post-impresionistas. Es justamente este impacto del arte japonés en el arte occidental lo que denominamos como el fenómeno del japonismo.

El japonismo, que llevó a Europa un nuevo sentido del color y un nuevo sistema decorativo, se podría dividir en dos grandes vertientes. Por un lado tenemos las obras de arte donde se hace uso de Japón, es decir, de objetos orientales para dar un toque japonés a la obra; y por otro, obras de arte donde se profundiza en las cualidades de la estética japonesa tales como formatos pictóricos alargados, composiciones asimétricas, perceptivas aéreas, espacios vacíos de todo menos de elementos de color y líneas abstractas, y el atención en motivos decorativos.

Y es que los artistas europeos admiraban del ukiyo-e por su punto exótico, pero también su singularidad gracias a, por ejemplo, la falta de distinción de sombras, profundidad o simetría, que eran elementos básicos de la pintura clásica, y en el énfasis en el plan, en la naturaleza y en la verticalidad, pintando desde una perspectiva aérea que se encuentra en los ukiyo-e, todo a través de líneas simplificadas, colores planos y nuevas perspectivas.

El japonismo en la actualidad

Si bien como hemos visto desde el siglo XVI al siglo XIX, los ambientes cortesanos fueron cubiertos por la lujosa decoración del chinoiserie, y con la apertura de Japón en el siglo XIX se produjo la expansión del japonismo en la cultura burguesa, en los últimos tiempos podemos destacar la difusión del zen como rasgo diferenciador, caracterizado por una búsqueda más profunda de valores estéticos y espirituales. Lo que podríamos denominar zenismo, pues, ha tenido y todavía está teniendo un papel importantísimo en el devenir del arte europeo, ya que el arte es captar y representar una idea y el propio mundo no es más que una creación contemplativa.

Como todas las modas, el japonismo tuvo sus altibajos y formas de expresión particulares en diferentes contextos temporales y geográficos, aunque en la actualidad es la cultura pop japonesa o contemporánea la fuente de fascinación: los Manga de Hokusai y el ukiyo-e, que tanto influyeron en los pintores impresionistas de mediados del siglo XIX, han dado paso al manga y al anime (cómic y animación japonesa), las crónicas de viajeros y periodistas son ahora los blogs de occidentales que viven o han vivido en Japón y cuentan sus experiencias. Además, ¿quién no ha deseado tener una katana para decorar su casa o un kimono? Y por supuesto, el cine, la arquitectura y la gastronomía, por sólo citar tres ejemplos, tampoco se han librado de esta nueva ola de «japonismo».

Japón se ha convertido, tras Estados Unidos, en el principal exportador de cultura popular, principalmente en forma de manga, anime y videojuegos. En el año 2002 Douglas McGray escribió un artículo en Foreign Police titulado Gross National Cool, donde sugería que Japón también es una potencia de cultura pop. El Óscar de El viaje de Chihiro a la mejor película de animación al año siguiente acabó por convencer al gobierno japonés de que exportar su cultura pop (con el distintivo Cool Japan) podría ser otro medio para revitalizar la economía.

Estamos, pues, ante una nueva ola de japonismo que va más allá de las manifestaciones artísticas tradicionales y que se sitúa en el ámbito popular. Veremos hasta dónde llega.

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Laura
Laura

Licenciada en Traducción e Interpretación con inglés y japonés (UAB) con estudios especializados en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kioto (KUFS) y Máster en Estudios de Asia Oriental (UOC). En la actualidad es cofundadora y directora de Japonismo, medio especializado en Japón líder en español donde escribe artículos sobre Japón y copresenta los pódcasts "Japón a Fondo" y "Japonesamente" centrados en cultura japonesa y viajes a Japón. Además, ha publicado dos libros "Japonismo. Un delicioso viaje gastronómico por Japón" y "Japón en imágenes" (Anaya Touring). Laura imparte clases de literatura japonesa, turismo, gastronomía japonesa, business en Japón y arte japonés en el Curso de Especialización en Estudios Japoneses (CEEJ) y ha impartido varios cursos en distintas organizaciones como el curso "Japón y las cuatro estaciones" en Casa Asia, la masterclass sobre "Protocolo japonés" en la Universitat Ramon Llull (Blanquerna) o el curso de digitalización de competencias para el grado de Estudios de Asia Oriental de la Universidad de Málaga.

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