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Fukushima: vivir el desastre de Takashi Sasaki narra, a modo de diario, la vida y las reflexiones de un profesor jubilado y bloguero japonés que vive a 25 km. de la central nuclear de Fukushima Daiichi (Fukushima 1), después del gran terremoto y tsunami que provocó el accidente de la central nuclear.

Y es que el libro nace a partir de las entradas del blog Monodiálogos (モノディアロゴス) que el autor escribe, bajo el pseudónimo de Fuji Teivo, desde 2002. Específicamente, Fukushima: vivir el desastre transcribe las entradas comprendidas entre el 10 de marzo y el 6 de julio de 2011, meses durante los cuales el autor vivió la tragedia nuclear desde su casa y utilizó el blog como ventana al mundo, especialmente durante los días posteriores al accidente nuclear, donde a partir de sus palabras uno casi se imagina una ‘ciudad fantasma’.

El autor utilizaba su blog para compartir cosas mundanas de su día a día, enfados y alegrías, hacer propuestas y preguntas al aire, pedir ayuda para que la situación de su ciudad (Minamisoma) y sus habitantes volviera a la normalidad y poner por escrito reflexiones varias que van desde la manera de ser del pueblo japonés hasta políticas económicas y energéticas.

fukushimaY la gracia del libro probablemente resida en la frescura y vitalidad de esos hoy capítulos de libro que antes fueron entradas de un blog, que tuvieron sus comentarios e influyeron la opinión y mentalidad del propio autor. Sin embargo, quizás por esa misma razón, el libro se siente a veces repetitivo e inacabado, probablemente porque lo es. Y me explico. Cuando escribimos un blog, y más en un momento como el que vivió el profesor Sasaki, es normal que hablemos del mismo tema una y otra vez, desde distintos ángulos, sin sentir que estamos siendo repetitivos. Al fin y al cabo, los lectores suelen leer el blog a diario o cuando se van publicando las entradas, de manera que los escritos se espacian en el tiempo y se mezclan con otras lecturas o experiencias propias. Y el libro, al contrario que el blog, es inacabado (el mismo autor lo afirma en su anotación del 11 de marzo de 2012 “¡Aquí no hay punto final!“) porque termina con la entrada del día 6 de julio de 2011, aunque podría haber terminado con la del día 7 o la del día 5. Hay quien dirá que la solución podría haber estado en reescribir las entradas a modo de ensayo posterior, pero sinceramente creo que al hacerlo se habría perdido parte de la frescura y realidad que engancha al lector. Así que, a pesar de todo, es una lectura fresca y extremadamente personal.

Y es que la narrativa del profesor Sasaki engancha porque recuerda a ese abuelo que todos hemos tenido o conocido: alguien mayor y con unas convicciones muy claras que a veces denominamos un simpático cascarrabias. Y que conste que lo digo con muchísimo cariño, porque realmente es un abuelo cascarrabias. Entrañable, eso sí. Y que transmite muchísimo, también. Pero un abuelo cascarrabias (y repito que lo digo con muchísimo cariño, porque al leer sus escritos el lector acaba empatizando y cogiendo cariño al autor).

“Es el enfado de un abuelete de setenta y un años, exhausto de fuerzas, y que además es un verdadero principiante en todo, menos en eso de vivir con toda el alma. Un abuelete de inteligencia media o quizás inferior al promedio que tilda de tontos a gobernantes y a la elite científica.”

(abril de 2011, pág. 79)

Hay quien dirá que en Fukushima: vivir el desastre Sasaki se centra especialmente en hablar de TEPCO, la empresa eléctrica responsable de la central nuclear de Fukushima o de los políticos y gobernantes responsables de la zona, de sus políticas y sus reacciones después de la tragedia.

“Creo recordar que la primera vez que se habló de desmantelar la central fue cosa de una semana después del accidente. No puedo librarme de la sospecha de que por esas fechas, TEPCO, que aspiraba a volver a poner en funcionamiento las instalaciones, solo tomaba pequeñas medidas para salir del paso y salvar las apariencias.”

(marzo de 2011, pág. 61)

Y probablemente es cierto. Bueno, en realidad es cierto… naturalmente Sasaki reflexiona muchísimo sobre la energía nuclear, los intereses económicos subyacentes y las (estúpidas) políticas llevadas a cabo por los gobernantes tanto regionales como nacionales después de la tragedia, pero a mí sinceramente me interesa más el retrato que hace del pueblo japonés, ya que muchas de sus entradas tienen reflexiones realmente interesantes, desde un punto de vista sociológico, de cómo son y cómo se comportan los japoneses.

“(…) Primero les hacen esperar un siglo, luego les obligan a hacer un estúpido ensayo. Pero ¡cómo nos encanta a los japoneses esto de los ensayitos! Ensayos por aquí, ensayos por allá. Actos de nombramiento o de concesión de ascensos, ceremonias de graduación, exámenes de acceso a las escuelas… todo tiene su ensayo previo.”

(mayo de 2011, pág. 185)

Por ejemplo, habla del egoísmo que existe en la sociedad japonesa y del que muchas veces no se habla, cuando cuenta cómo después del accidente nuclear, tuvo que ir a buscar a su madre, internada en un centro de atención a los ancianos de la zona, porque los trabajadores del centro decidieron dejar inmediatamente sus puestos de trabajo, casi como un “tonto el último”, si me permitís.

“Si sigo escribiendo, me va a dar un ataque, así que lo dejo por hoy. Y aún dicen que a los japoneses se nos respeta en el extranjero por la forma en que nos ayudamos mutuamente. ¡Pues esta es la cruda realidad, señoras y señores!”

(marzo de 2011, pág.36)

“¿Cómo es posible que los japoneses, que saben lo que es el caos y la confusión de la guerra, hayan degenerado en un pueblo de espíritu tan débil e influenciable? Es lamentable.”

(marzo de 2011, pág. 43)

“En ese momento comprendí perfectamente que la sociedad japonesa, bajo una capa de amabilidad fingida y en el fondo egoísta, condena a los discapacitados a una muerte lenta.”

(mayo de 2011, pág. 160)

Y especialmente duro en sus reflexiones sobre hasta qué punto a los japoneses les cuesta ‘romper las reglas’ en una situación de emergencia como la que se vivió en marzo de 2011 por el miedo a las consecuencias y a las responsabilidades que pudieran surgir. Porque el aspecto positivo de la sociedad japonesa, que es justamente su organización y su respeto a las reglas, se vuelve negativo en momentos en los que se necesita reaccionar y adaptarse rápidamente, algo que los japoneses no hacer. Lo dice bien claro Sasaki en las siguientes reflexiones (ver especialmente la frase marcada en negrita por mí):

“Vamos, que lo que les inspira un miedo cerval no es el propio hecho de equivocarse, sino que se les pidan responsabilidades. En nuestro Japón de hoy en día no existe un simple dependiente, ni un empleado de correos, ni de ferrocarriles, ni de cualquier otra empresa que sea capaz de decir: ‘¡está solucionado! Quédese tranquilo que por lo que respecta a este caso, asumo todas las responsabilidades!’. ¡Ah, este Japon tan seguro, tan cumplidor…!

(…) en Japón, todos los mecanismos sociales están hechos esmeradamente y de una forma que los hace muy seguros. Esto incluye también a los seres humanos, porque es grato poder decir que la seguridad ciudadana está, quizás, al nivel más alto del mundo. No, no era mi intención ponerles pegas a estos hechos. Lo que quiero decir es que Japón está concebido de una forma tan cómoda y segura, que ante las cosas que no entran en las previsiones estamos totalmente indefensos.

Un exponente es el empleado de Correos que me ha atendido hoy. No tiene esa capacidad de juzgar y decidir instantáneamente, ni esa capacidad de obrar de acuerdo a las circunstancias de las que debería estar dotada por naturaleza toda persona madura y normal. (…) es incapaz de decidir o de atender de forma razonable y rápida en una sutuación de emergencia como esta.”

(abril de 2011, pág. 88/89)

Sasaki reflexiona también sobre la unidad del pueblo japonés y hasta de lo que significa ser japonés, especialmente teniendo en cuenta ciertas políticas e ideas nacionalistas:

“Sí, supongo que en situaciones normales y cuando se trata de reconstruir lo destruido, la capacidad de formar equipo será la clave. Pero en casos de emergencia, cuando ocurre una calamidad como ésta, más que en la capacidad de unir fuerzas, la clave está en la capacidad individual de formarse un criterio y actuar en consecuencia, y en la capacidad de ejecución.”

(mayo de 2011, pág. 168)

“(…) con ocasión del gran terremoto, hemos tomado conciencia de lo desunidos que estábamos, y de que esa distancia que nos separaba no va a poder ser acortada como no sea mediante un esfuerzo mutuo.”

(abril de 2011, pág. 103)

“(…) creo que la figura de este joven [Tadanari Li] coreano nacionalizado nos da una oportunidad a los japoneses para reflexionar qué es ser japonés, especialmente a los jóvenes.”

(junio de 2011, pág. 237)

Y naturalmente también hay críticas. Hay criticas al gobierno, a TEPCO, a los políticos regionales, a las empresas de transportes o de Correos que dejaron de realizar sus servicios los días posteriores al accidente nuclear y también a los medios de comunicación y a la reacción de la población en general.

“Y es que los medios de comunicación y el conjunto del país han caído en un estado que, si no es claramente de histeria colectiva, sí al menos puede calificarse de sentimentalismo barato.”

(marzo de 2011, pág. 47)

Como veis, lo maravilloso del libro es justamente la frescura que desprenden esas antes simplemente entradas de un blog de un profesor jubilado que vive tranquilo cuidando de su mujer enferma en una pequeña ciudad cerca de Fukushima, en la aislada región de Tohoku. El tono personal (con sus enfados y alegrías) y a veces irónico nos hace empatizar con él y nos engancha.

Sin duda, una buenísima lectura para el que tenga curiosidad por saber cómo se vivió, en realidad, en Fukushima la vida después del accidente nuclear. Quizás sin estadísticas ni datos fiables, simplemente con el día a día, con la realidad de alguien que decidió no abandonar su vivienda y luchó por su vida (la vida que quería) a 25 km. de la central nuclear.

Finalmente, me gustaría destacar la maravillosa traducción (directa del japonés, lo cual se agradece y que parece una norma en Satori Ediciones… ¡gracias!) de F. Javier de Esteban Baquedano. Con el tono perfecto y con muchísimas notas que dan información extra al lector. De verdad, mi más sincera enhorabuena. Disfruté muchísimo de la traducción sin duda alguna.

El autor

Takashi Sasaki, nacido en 1939 en Hokkaido, pasó parte de su infancia en Manchuria. Al finalizar la guerra, su familia huyó de Manchuria y se trasladó a la actual Minamisoma (Fukushima). Después de ingresar en la prestigiosa Universidad de Sofia en Tokio y pasar por la Compañía de Jesús, finalmente abandonó su vida de noviciado y después de estudiar filosofía regresó a su pueblo y se casó.

Ha sido profesor de Español y Pensamiento Español en varias universidades japonesas y escribe su blog Monodiálogos desde 2002.

Datos de Fukushima: vivir el desastre

  • TítuloFukushima: vivir el desastre
  • Autor: Takashi Sasaki
  • EditorialSatori Ediciones
  • Título original: 原発禍を生きる (genpatsuka wo ikiru)
  • Traducción: F. Javier de Esteban Baquedano
  • Prólogo: Florentino Rodao
  • Epílogo: Suh Kyungsik
  • Formato: Rústica
  • Fecha de edición: Primera edición, junio 2013
  • Páginas: 334 páginas
  • ISBN: 978-84-941125-3-9

Reseña de Fukushima: vivir el desastre, un libro de Takashi Sasaki
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