– Mira, Kenjiro. Es preciosa… y hasta parece japonesa.

Nozomi aún no podía creer lo que les estaba sucediendo. Sus manos temblaban y los poros de su piel sudaban tanto la tensión acumulada durante años como la nueva felicidad adquirida en tan sólo unos instantes. Las facciones de su cara denotaban cierta rigidez surgida de los nervios e intentaban contener unas lágrimas que se le escapaban, felices y orgullosas. Los músculos de sus delgados brazos bombeaban sangre sin cesar, decisivos pero temblorosos. Después de tantos meses, tantos años esperando y desesperando, Nozomi y Kenjiro podían por fin acariciar la suave piel del bebé, oler el dulce aroma de su cuerpo, descubrir sus miradas perdidas y reír y llorar al mismo tiempo, al saberse padres por primera vez.

Una noche, cinco años atrás, al salir del teatro, Nozomi y Kenjiro no fueron a tomar una copa, como tantas otras noches. Sin dirigirse la palabra, se dieron la mano y en silencio Kenjiro condujo hacia el oeste de la ciudad de Kioto, hacia las colinas de Nishiyama. Al llegar a casa, aun sin mediar palabra, Nozomi y Kenjiro hicieron el amor y sus cuerpos, entre temblores y sudor, tomaron una decisión. La decisión que toda su familia había estado esperando hacía años, desde el mismo día en que se casaron. Una decisión que su familia había hecho pública entre miradas fugaces y palabras entrecortadas. La decisión que forzaba a Nozomi a escuchar las críticas que sólo el silencio puede transmitir y obligaba a Kenjiro a romper el hielo que se dibujaba en la mirada de su madre. Tenían tan solo 24 años, querían disfrutar de su sensualidad, en soledad y en silencio, aunque sus familias les apresuraban a seguir la ley de la vida. Y resistieron. Pero durante la tercera escena del segundo acto, Nozomi y Kenjiro sucumbieron a la presión y entre aplausos, tomaron una decisión. A pesar de sus familias.

Entre sollozos que no quería ni podía contener, Kenjiro besó a su esposa en la mejilla y acarició suavemente la manita de su hija. Su hija. Al repetir estas dos palabras para sí, Kenjiro notó cierta pesadez en sus hombros, como si de golpe los años hubiesen surgido efecto y su cuerpo cargase por primera vez el bulto de la edad. Era padre. No podía evitar sonreír al repetir esa palabra. Sí, padre. Se acabaron las noches de fiesta. Atrás quedaron las vacaciones sin contemplaciones. Adiós a las noches de sexo loco. Su vida daría un giro completo. Pero era padre. Padre. Por un instante, se preguntó si su padre había sentido lo mismo al tomarlo en brazos por primera vez. Y se rió.

Nozomi cerró los ojos con desesperación, casi con rabia, cuando Kenjiro finalmente sucumbió a la presión de sus familiares y anunció que habían decidido tener un hijo. Era su decisión, su decisión. ¿Por qué Kenjiro tenía que ser tan bocazas?, pensó. Algo en su interior le decía que la pesadilla no había terminado, la decisión estaba tomada, sí, pero no era más que un giro inesperado del argumento, un argumento sin final feliz. Lo presentía. Un escalofrío recorrió cada centímetro de su piel y los finos pelos negros de sus brazos se irguieron, recelosos. Nozomi estaba asustada. Por primera vez en su vida, sabía que no era ella quien controlaba la situación.

El viaje en avión hasta Shangai les había sabido a poco. Ambos necesitaban un tiempo para saborear cada instante de lo que estaban a punto de realizar, pero en pocas horas, el avión acarició el suelo del aeropuerto y la pareja sintió la adrenalina despertar en su cuerpo, su sueño estaba cada vez más cerca de hacerse realidad. En el aeropuerto, un cartel con su nombre de pila les daba la bienvenida a un país extraño, el país que pasaría a formar parte de sus vidas. Para siempre. El país que vio nacer a su hija y la abandonó a su suerte. El país que entre papeles les había ofrecido la niña que ellos no podían tener. Kenjiro pasó suavemente el brazo por el hombro de su esposa, agarró con fuerza la única foto que poseían de su hija, recibida hacía unos meses, y decididos anduvieron en dirección a su destino.

La premonición de Nozomi se había hecho realidad. La pesadilla no había terminado. Se había acentuado. Kenjiro había esperanzado a sus familias hacía unos meses, pero sus cuerpos rechazaban cualquier imposición, mientras sus familiares se mostraban impacientes, y desilusionados lanzaban miradas egoístas a Nozomi, que entre lágrimas seguía sufriendo dolores menstruales. Y ella se sentía culpable, culpable de no poder controlar su cuerpo, culpable de no poder despertar de su pesadilla. Nozomi y Kenjiro sufrieron en silencio durante un año, hasta que un día el doctor Suzuki puso nombre a su problema. Y con él, se acabaron las esperanzas.

La ciudad de Shangai se alzaba ruidosa, mientras el sol deslumbraba sus ojos y turbaba su visión. El ruido del motor y la suave música que emanaba de la radio del taxi luchaban por cortar un silencio que brotaba de los nervios. En un dialecto extraño que Nozomi no pudo comprender, la asistente del aeropuerto dio algunas indicaciones al taxista y en pocos minutos la pareja se encontraba en el hall del hotel, en pleno centro de Shangai, donde les esperaba la directora de la asociación, que les recibió en perfecto japonés. Los ojos de Kenjiro no pudieron contenerse y observaron las pequeñas manos de esa mujer cuarentona que sujetaba un montón de papeles. Los papeles que les ligarían para siempre a la vida de su hija.

El doctor Suzuki fue directo, pero sin llegar a ser agresivo. Y los ojos de Nozomi se llenaron de lágrimas, lágrimas de odio, de desesperación y de culpabilidad. La pesadilla no terminaría jamás, insinuaba el aire. Ese silencio que acarreaba tantas críticas la perseguiría durante el resto de su vida. No podía tener hijos. Nozomi nunca podría ser la madre de los hijos de Kenjiro. Y en Japón, eso significaba simplemente no poder ser madre. No había otra opción. Su país se negaba a la adopción y con ello, les hundía más en su infelicidad. Pero la pareja no estaba dispuesta a rendirse y a pesar de recibir miradas de incomprensión e incertidumbre, decidieron ir en busca de ese bebé que tanto querían. A pesar de la negativa de su país.

Dos días después de su llegada a Shangai, Nozomi y Kenjiro tomaron un mini-bus propiedad de la asociación y se adentraron en los territorios más inhóspitos de China, hacia la provincia de Jiangxi. Los nervios no les dejaron dormir en todo el trayecto y cuando el mini-bus se detuvo delante de un moderno edificio de cinco plantas, Nozomi agarró con fuerza la mano de Kenjiro, como queriendo absorber todas sus fuerzas. Su hija les estaba esperando detrás de aquellas sólidas paredes de color crema. La hija que habían decidido llamar Aiko, su “niña querida”.

Cuando Kenjiro comentó la posibilidad de adoptar un bebé, Nozomi sabía que la pesadilla no había hecho más que acentuarse, como si de una montaña rusa se tratara, precipitándolos al vacío. Y no se equivocaba. Sus familias no podían creer lo que escuchaban. ¡Un bebé de sangre china!, exclamaban sin cesar. No podían tolerarlo, repetían. Un bebé de sangre china nunca será japonés, gritaban sus ojos. La sangre es la sangre, intentaban convencerles. Pero Kenjiro y Nozomi ya habían emprendido todos los procedimientos legales y estaban decididos, seguirían adelante con o sin la ayuda de su familia. Y la pesadilla terminó. Un bebé de sangre china nunca formará parte de nuestra familia, repitió la madre de Kenjiro, la sangre es la sangre. Y así fue.

Al llegar al aeropuerto de Kansai, con la pequeña Aiko en brazos una punzada de desilusión, mezclada de odio y tristeza, se clavó en el corazón de Kenjiro. En lo más recóndito de su ser, Kenjiro esperaba ver a sus familias en el aeropuerto para dar la bienvenida a Ai-chan. ¡Qué iluso había sido!, se repetía para sí. Apretó con fuerza el odio en forma de lágrimas y se obligó a sonreír. Su familia era ahora Nozomi y su hija, Ai-chan. Nadie más.

***

Mamá y papá solían hablar poco de los abuelos. Y yo no me atrevía a preguntar demasiado, sabía que les dolía, me lo decían sus ojos. Y un día, cuando me contaron la historia de mi vida, mi llegada a Japón y el rechazo de su familia, ya no quise saber más. Así que cuando mamá me comentó que la abuela estaba ingresada en el hospital, no sentí ni pizca de tristeza. De hecho, no sentí nada. Absolutamente nada. Me sentí vacía. La sangre es la sangre, habían dicho mis abuelos años atrás. Su sangre no corría por mis venas, así que no tenía por qué sentirme triste ante su muerte, me repetía. Pero ese vacío me mataba por dentro porque a regañadientes, sin querer aparentarlo, quería sentirme llena. Quería que su sangre fluyera por mis venas. A pesar de todo.

Al entrar en el hospital, una bocanada de aire claustrofóbico me golpeó las sienes. Las miradas de papá y de mamá mostraban el dolor del odio acumulado y la mano de papá, que agarraba con fuerza la mía, sudaba nerviosa a pesar del frío. Nos detuvimos delante de la habitación 435. Y los segundos se hicieron horas. Mi abuela. La mujer que reposaba en la cama 435 era mi abuela. O eso me habían dicho, porque en 15 años de vida en Japón, nunca la había visto. La sangre es la sangre, repetía a gritos el silencio que inundaba la habitación mientras yo luchaba por repudiar sus ojos, que se habían clavado en mí como sanguijuelas desesperadas. Oí palabras a mi alrededor, pero no quise escuchar. En mi mente sólo escuchaba la frase que años atrás había gritado esa mujer, la sangre es la sangre. Ausente del exterior, inmersa en mi propio mundo, busqué en mi bolsillo el imperdible que había traído de casa. La sangre es la sangre, bombeaban las venas de mi corazón y al ritmo de ese taiko que se había apropiado de mi pulso, saqué el imperdible y pinché con fuerza mi dedo índice, sin poder evitar gemir de dolor. Era el grito de mi sangre, silencioso pero visible. Agarré la mano de la mujer tendida en la cama, la mujer que decían era mi abuela, y siguiendo la música de mis venas, pinché con fuerza su dedo índice. Su cara se estremeció y su grito asustado dejó paso a la sangre que se deslizó por su débil y blanca piel. Las sanguijuelas que emanaban de sus ojos y se clavaban en mí se petrificaron en el aire.

– ¿Cuál es la diferencia, abuela?

 

Cuento publicado originalmente el 2 de mayo de 2003