02:45 de la madrugada
Isla Tinian, Marianas. Pacífico Central

Una sensación de incomodidad recorre todo mi cuerpo, como hormiga deseosa de encontrar comida. Miro a Robert, que como buen copiloto me agarra por el hombro, sonriente. Sus negras pupilas brillan excitadas y bailarinas ante el estruendo de flashes y preguntas de los periodistas reunidos en la base. Oigo su corazón latir emocionado, con una fuerza casi enfurecida, arrolladora. Él percibe mi mirada y me sonríe, como dándome su aprobación. Y me reconforta esa sonrisa emblanquecida por los flashes que siguen quemándonos la cara, como fuego vivo sobre nuestra piel. El general Groves ya me había avisado de la repercusión mediática que tendría nuestro objetivo, pero me repito a mí mismo que no por ello tendría que estar mejor preparado. Me siento incómodo, incluso nervioso, me atrevería a decir, aunque no pueda ni quiera demostrarlo. He estado trabajando secretamente en este proyecto mucho tiempo y aunque mis sentimientos estén ahora divididos, estoy muy orgulloso de formar parte de él y me siento honrado, sí, honrado de ser el coronel de esta misión, de formar parte de la noche que marcará un hito en la historia de la humanidad y pondrá punto y final a una era de horrores, guerras y ultrajes.

Concentrado en mis pensamientos, no me doy cuenta del abrupto finalizar de los flashes, las preguntas y el ruido. Respiro una especie de calma excitada, mezclada con el irónico frenetismo que nos ordena a despegar. Los focos que iluminan nuestro Boeing B-29 nos ciegan por un momento los ojos y nos hacen sentir vigilados, sigilosamente examinados. Con la tripulación preparada y en sus respectivos puestos, sonreímos por última vez en tierra, dejamos la isla de Tinian atrás y, oscurecidos por la noche, escondemos nuestros miedos, teñidos de sangre, y escuchamos nuestros corazones latir con fuerza. Miramos atrás, rezando para poder volver a pisar, en unas pocas horas, esa misma isla, sanos y salvos. Observamos los dos aviones de seguimiento a nuestras espaldas, repletos de cámaras e instrumentos científicos que se aseguraran de mostrar a la humanidad todos y cada uno de los momentos de nuestra misión. Para que nunca nadie lo olvide.

El sol despunta vergonzoso, como asustado ante la batalla, en la línea del horizonte. Tal y como estaba previsto, a las seis de la mañana, Thomas termina de colocar y preparar nuestro secreto y siento la necesidad de compartir con mi tripulación el devenir de nuestra misión. Enciendo el pequeño micrófono, que de vez en cuando disfruta haciéndome cosquillas en los labios, arrancándome una sonrisa, y me dispongo a hablar, pero en este preciso instante, cuando más deseo hacerles partícipes de la verdad, lo único que surge de mi garganta es un tímido gemido. Silencio. Respiro profundamente y alivio con pocas palabras el peso de ser el único conocedor de la misión abordo. La tripulación cruza miradas extrañadas, una mezcla de pánico y emoción, de repugna y deseo. Y yo suspiro, ligero. George, a la cola del avión, se retuerce en su asiento, concentrado y activo. Pronto, en una hora y media, sobrevolaremos la ciudad marcada con una X en el mapa y los radares japoneses detectarán nuestra presencia. Él lo sabe y, como todos, se prepara.

Pasan diez minutos de las ocho de la mañana. Acabamos de recibir un aviso del centro meteorológico anunciándonos que el avión que sobrevoló la ciudad hace apenas una hora ha confirmado el parte de buen tiempo sobre la ciudad. Es nuestro momento, me repito, no puedo permitirme el lujo de titubear. Echo un vistazo a la enorme ciudad que se alza ante nuestros ojos, esa X marcada en el mapa que empieza a despertar, bulliciosa. Miro el reloj; marca exactamente las 08:15h. Decidido, doy la orden y me embriago del placer de sentirme Dios, creador y destructor.

El cielo ruge, enfadado, la tierra escupe sangre, herida de muerte. Un mar de polvo y de silencio se apodera de nuestro espacio. Me mojo los labios, resecos de presión, y percibo el silencio en mis carnes, un silencio que sabe a plomo.

Dios mío, ¿qué hemos hecho?

***

08:06 de la mañana
Escaleras del Banco Sumitomo.

Una enorme sensación de nerviosismo recurre todo mi cuerpo, como la de un crío ante un regalo aún por abrir. El día ha empezado pronto, pienso para mí, con el enloquecido sonar de las sirenas a las siete de la mañana. Nunca me acostumbraré a esa aterradora música de guerra, a esa adrenalina manchada de pánico que se apodera frenéticamente de nuestros cuerpos. Falsa alarma, lloró mamá. Parece ser que el avión extranjero que sobrevoló la ciudad hace una hora no tenía ninguna intención de bombardearnos. Así lo confirmó la radio hace tan solo unos minutos. Me pregunto si es verdad. Yori siempre me dice que desconfíe de las falsas alarmas, pero también siempre dice que ganaremos la guerra y que por fin podremos estar juntos, tranquilos, así que no sé qué pensar.

Como cada mañana, me siento en las escaleras del banco Sumitomo, que todavía está cerrado al público, y miro a mi alrededor, intentando percibir el susurrante morir del silencio de una ciudad que se levanta, intranquila, desesperada y exhausta. Cansados nos levantamos e intranquilos cerramos un ojo para medio dormir. Menos Yori, que fascinado por el sonido de la batalla, se enzarza en discursos pro-bélicos, de admiración al Emperador y de amor a la patria, palabras que se clavan en lo más profundo de mi ser. Yo desconfío, porque tal y como me recuerda Yori cada mañana, nuestra ciudad, nuestras casas, nuestra vida no ha sufrido los arañazos de la guerra. Aún. Me pregunto por qué. No pueden con nosotros, ni podrán, Kei, se pavonea Yori. Y a mí me dan arcadas al oírle. Pero le quiero, a pesar de todo.

Miro el reloj, algo furiosa. Yori llega tarde, como siempre. Sé que esto no tendría que sorprenderme, pero hoy me siento distinta, hoy me invade un profundo sentimiento de malestar, de nerviosismo. Miro al cielo. Mis pupilas negras se hacen un buen hueco en la achicada línea de mis ojos, saltan nerviosas con la pesadez de mis parpados e intrigadas buscan sigilosamente el nacimiento del miedo. Escudriñando cada centímetro de cielo y tierra, me pregunto cuándo terminará la guerra, cuánto seremos capaces de luchar, cuántos serán capaces de morir. Y una imagen de Yori se apodera aterradora y delirante de mi imaginación. Cierro los ojos bruscamente, queriendo borrar esa imagen de tristeza, queriendo acallar sus palabras. Pero la abrupta música de guerra, que por segunda vez nos invade los tímpanos y nos infunda un miedo frío, casi cortante, me devuelve a la realidad. Ya no veo a Yori manchado de guerra. Me veo a mí.

A pesar del estridente sonar de las sirenas, nadie parece querer hacer nada, nadie parece responder. Mi desconfianza me lleva a mirar al cielo, aterrada. Me da miedo volver a darme de bruces con imágenes de Yori ensangrentado de guerra y muerte. Otra falsa alarma, me repito intentando tranquilizarme, la segunda del día. Cuando vuelvo la vista a la ciudad, a lo lejos, diviso los ojos dormidos y el caminar titubeante de Yori. Sonrío. Su presencia me impregna de paz, a pesar de sus deseos kamikaze. Qué paradoja. Me gusta observarle acercarse a mí, cada mañana, desde estas mismas escaleras. Siempre con esa cara de sueño, siempre regalándome esa sonrisa al percatarse de mi presencia. Pero hoy, sin seguir el guión, adoptando un nuevo giro de su personaje, se detiene a medio camino. Los músculos de su cara se estremecen y todo su cuerpo se erige, tenso. Atisbo su mirada furtiva, que se aleja de mis pupilas y cruza mis carnes. Giro la cabeza, siguiendo la línea de pánico que han trazado sus ojos, y me adentro en el cielo, que ruge y grita de dolor. Me tapo los oídos, en un intento de detener todo a mi alrededor y se me escapa una lágrima. Miro los ojos de Yori, que siempre me embriagan de paz y susurro, a sabiendas de que no puede oírme. Sayônara.

***

10.25 de la mañana
Centro de Hiroshima.

Miro al cielo, buscando respuestas, intentando imaginar cómo fue vivir y morir ese instante que cambió el destino del mundo. Conozco la historia, la he estudiado en profundidad, pero pisar el agonizante suelo de la ciudad, respirar el aire del recuerdo, ver los restos de la agonía, esa es una lección magistral. Ni cien años de estudio pueden superar esto, me susurro a mí misma, nadie puede darme más verdad que la víctima, una ciudad que gritó, se estremeció y murió. Una ciudad que ahora lucha por olvidar y seguir recordando, todo a la vez.

Me dirijo al Parque de la Paz, con la guía en una mano y un puñado de datos, historias y preguntas en la otra. Miro alucinada una ciudad que ha resurgido de las cenizas. Si no supiera nada, si todo hubiese caído en el olvido, no habría forma de adivinar la verdad de lo que pasó. Pero todo urge al recuerdo, aunque en silencio, con disimulo. Paso por delante de las escaleras del Banco Sumitomo y un escalofrío me agarra por la espalda, el mismo escalofrío que me acompaña desde que bajé del tren y pisé el suelo de la ciudad por primera vez. Un escalofrío que se acentúa, que se va clavando más profundamente en mi piel. Un escalofrío que sé que no me abandonará jamás. Un escalofrío nacido del miedo, la tristeza y el frío que siento, a pesar del sofocante y húmedo clima al que todavía no estoy acostumbrada. En mi país hace calor, aquí todo se pega, hasta el aire.

Dejo las escaleras del banco atrás, y sigo caminando hacía el Parque de la Paz, que ya se divisa ante mí. Me detengo un momento, para coger aire y fuerzas. Han pasado cincuenta-y-cinco años, pero al adentrarme en el parque, siento que el tiempo se ha detenido. El antiguo Centro de Promoción Industrial, ahora llamado la Cúpula de la Bomba Atómica, es uno de los pocos edificios que aunque reducidos a cenizas, aguanta imperioso el paso de los años, el dolor del recuerdo y la prohibición del olvido. Cruzo el puente y evito fijar mi mirada en el río, de agua ahora pura y cristalina. Cuántos cuerpos buscaron apaciguar el dolor, cuántos cuerpos corrieron a sofocar el ardor de sus pieles. Expiro profundamente, como queriendo liberarme de esos pensamientos, y trago saliva. Frente a mí, un sinfín de colores invade mis ojos, un sinfín de grullas de papel inundan el monumento a Sadako. Una japonesa de cara asustadiza y ojos cálidos me mira y me invita a acercarme. Sin mediar palabra, en un silencio casi brutal, imito el movimiento de sus manos, acariciando suavemente el papel de color. Nuestros dedos terminan de danzar y sonriendo tímidamente cuelga mi pequeña grulla gaijin en uno de los hilos que decoran el monumento. Esa mujer, de dedos bailarines, me invade de tranquilidad, de paz, como si ella misma fuera una grulla de papel.

Sigo caminando en dirección al Museo de la Paz. A medio camino, alineada con la cúpula de la bomba, quema la llama del recuerdo, la llama de la paz, que ilumina los miles de nombres inscritos en una piedra, que súbitamente transforma el parque en un cementerio de un único féretro. Un reducido grupo de japoneses cierra los ojos, junta las manos y bajando un poco la cabeza susurra algo a modo de plegaria que no consigo descifrar. Una mujer, como adivinando mis pensamientos, me señala la inscripción grabada bajo la llama y la pronuncia, como quien lee poesía. Me pregunto si será de la ciudad, me pregunto si perdió a alguno de sus familiares aquí.

Con la espalda tensa, entro en el Museo de la Paz. Recorro cada una de sus salas, leo cada uno de los panfletos, me detengo, recopilo información y lucho por contener unas lágrimas que avivadas por el dolor se hacen fuertes en mi propia batalla interior. Otro gaijin, que también parece viajar solo, libra la misma batalla. Y yo me siento tan sola. Nuestros dos pares de ojos redondeados y enrojecidos por la lucha, miran sin parpadear a un mismo punto: una sombra dibujada sobre las antiguas escaleras del banco Sumitomo, la sombra de alguien que murió ahí sentado, esperando el destino. Llena de preguntas, abandono la realidad y me adentro en el mundo de mis pensamientos. Me pregunto quién sería, ¿hombre o mujer? Me pregunto por qué estaría ahí sentado,¿estaría esperando a alguien? ¿A quién?

Despierto del sueño de mis pensamientos y sin saber cómo, me encuentro sentada en las nuevas escaleras del banco Sumitomo. Miro al cielo, que no ruge ni grita ni llora como imagino hizo hace tantos años y al bajar la mirada, como presintiendo la presión enfermiza de un par de ojos clavados en mí, giro la cabeza y diviso, a lo lejos, el cuerpo del gaijin del museo. Se le escapa una sonrisa, una sonrisa cálida y arrolladora. Me resulta familiar. Se acerca y a cada paso, noto el estremecer de mi piel, la suave caricia de la excitación y el cosquilleo del nerviosismo. Cuanto más cerca está más paz me infunda, como si ya lo conociera. Se sienta a mi lado, con esa misma dulce sonrisa dibujada en sus labios. En silencio, le observo detenidamente y me doy cuenta de que sus facciones tienen cierto aire japonés. Me pregunto si sus abuelos fueron japoneses. Respira profundamente, y sin dejar de mirarme directamente a los ojos, me sonríe y me ofrece su mano.

Me llamo Yori. ¿Hace mucho que esperas?

Cuento publicado originalmente el 20 de febrero de 2003