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Como sabéis si me seguís personalmente por las redes sociales, hace un tiempo terminé el Máster en Estudios de Asia Oriental de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Tanto mi trabajo de fin de posgrado como mi trabajo de fin de máster giraron alrededor al concepto de masculinidad, centrándome en diferentes aspectos de las masculinidades japonesas, y hoy quiero comenzar a compartir algunas partes de esos trabajos.

El trabajo final ocupó unas ciento cincuenta páginas, por lo que he decidido dividirlo en varios bloques, centrándome en los conceptos que puedan resultar más interesantes para los lectores de Japonismo. Es por ello que hoy comenzamos a hablar de masculinidades japonesas y lo hacemos echando un vistazo a las masculinidades previas al Japón actual, analizando cómo eran en el periodo de Edo y de Meiji y revisando qué sucedió en el Japón de comienzos del siglo XX para que surgiera con fuerza la figura del sarariiman.

Un poco de contexto

Sin embargo, antes de entrar en materia, necesitamos un poco de contexto e información sobre el trabajo en sí, para comprender esta entrada en su totalidad, ya que no deja de ser un fragmento de un escrito mucho más completo.

Para la realización del trabajo de fin de máster sobre masculinidades japonesas, barajé la hipótesis de si la masculinidad del sarariiman estaba amenazada ante la aparición de nuevas masculinidades no hegemónicas. Para verificar o refutar dicha hipótesis, analicé qué representación se ha hecho de la masculinidad en diferentes revistas masculinas a lo largo de dos décadas, ya que la aparición de nuevas masculinidades podría indicar un intento del hombre japonés, y de la sociedad en general, no sólo de redefinir los roles de género actuales, sino también de rechazar una masculinidad que podría haber sido impuesta por la modernización y el capitalismo en los que se sumergió Japón desde la era Meiji, y no producto de una evolución natural del hombre japonés.

men's non no arashi

Reportaje de Arashi para la revista masculina Men’s Non-no, 2010.

Para abordar el objeto de estudio y poder establecer la idea teórica de la investigación, identifiqué como principales conceptos de trabajo el concepto de masculinidad y masculinidad hegemónica, la masculinidad de Japón premoderno, los cambios que le dieron la hegemonía a la posterior masculinidad del sarariiman, la aparición de nuevas masculinidades alternativas y las relaciones que existen entre ellas, para finalmente abordar el análisis de los contenidos editoriales de revistas masculinas.

Asimismo, para hablar de la masculinidad en Japón actual y entender qué está sucediendo, tenemos que mirar atrás y analizar la masculinidad en el Japón premoderno para comprobar hasta qué punto hay similitudes o diferencias con las masculinidades posteriores. De ahí que haya que hablar de la masculinidad del periodo de Edo (1602-1868), cuya hegemonía recaía en el samurái, con una masculinidad basada en el honor, el valor, el deber, la lealtad y la fuerza física y mental, pero también en la confraternidad y las relaciones sexuales entre hombres (Dasgupta, 2011, p. 120).

Con la apertura de Japón a finales del siglo XIX, el país sufrió una fuerte occidentalización y modernización durante el periodo de Meiji (1868-1912) y las características de lo que significaba “ser hombre” cambiaron considerablemente, haciendo surgir la figura del sarariiman, una masculinidad basada en el poder y en la economía patriarcal. El sarariiman pasó a personificar la noción del hombre japonés arquetípico que es marido/padre y productor/proveedor (Dasgupta, 2003, p. 119) y que cuenta con prácticas de género básicas como la heterosexualidad a través del matrimonio, y la dedicación total y exclusiva al trabajo.

La aparición de masculinidades alternativas que parecen ser la antítesis del estereotipo dominante de masculinidad del sarariiman, puede demostrar que la nueva generación de jóvenes cuestiona los roles de género tradicionales (Darling-Wolf, 2003, p. 84), no tiene los mismos valores que las generaciones anteriores y que por lo tanto busca un nuevo ideal de masculinidad (Iida, 2005, p. 4), intentando rediseñar las fronteras de género fijadas y las normas heterosexuales del discurso dominante de los sarariiman (Glasspool, 2012, p. 114), entre las que están las masculinidades del hombre nuevo o la del hombre herbívoro, muy en boga en la actualidad.

Estas masculinidades suaves (o nanpa) o lo que a menudo se denomina la ‘feminización de la masculinidad’ no sorprenden tanto si se analiza la masculinidad previa al sarariiman. Su aparición puede ser, pues, un indicador del cambio de concepción del ideal de masculinidad en Japón, una consecuencia de los importantes cambios socioeconómicos que sufrió el país con el estallido de la burbuja económica a comienzos de la década de 1990 y, de rebote, una consecuencia de mirar hacia atrás, mirar más allá de la masculinidad impuesta por la modernización del país, buscando características que se abandonaron de pronto con la apertura de Japón al exterior y la imposición de la figura del sarariiman.

Del guerrero samurái al trajeado sarariiman

Para comprender las particularidades de la masculinidad del sarariiman y su hegemonía en el Japón actual, necesitamos hablar primero de las masculinidades previas y de la situación y cambios en Japón que llevaron a la aparición del sarariiman. Y es que no hay un patrón único de masculinidad, sino que la masculinidad puede entenderse como una “representación” que sucede dentro de un contexto de fuertes presiones sociales para cumplir con un cierto estándar de estilo de vida y de comportamiento (Dasgupta, 2000 , p. 191). Es por ello que diferentes culturas y diferentes periodos de la historia construyen la masculinidad de manera diferente (Connell, 2002, p. 50).

Además, el concepto de masculinidad está relacionado con la noción de identidad, que a menudo se define no tanto por lo que ‘es’ sino por lo que ‘no se es’. Es decir, a menudo necesitamos un ‘otro’ para dar sentido a lo ‘propio’ (Koetse, 2012). De ahí que sea importante analizar la masculinidad de la época de Edo (1602-1868), de la que según muchos evoluciona la masculinidad del sarariiman, con rasgos como el respeto por la jerarquía y el cumplimiento de las órdenes, pero que en cambio ve incompatible la androginia y las relaciones sexuales entre hombres con el concepto de ‘verdadera’ masculinidad.

samurai ukiyo-e

Ukiyo-e con dos samuráis

En esta línea, la androginia y la homosexualidad del período de Edo podrían entenderse como la otra cara de la masculinidad hegemónica de Japón, basada actualmente en el matrimonio y la heterosexualidad, pero también como una amenaza para la hegemonía del sarariiman. Así pues, es necesario analizar cómo era la masculinidad en Japón antes de la hegemonía del sarariiman para comprobar las relaciones de ésta con la masculinidad del sarariiman y analizar la existencia de trazas de la antigua naturalización de las relaciones entre hombres o la afición por la androginia o el travestismo en masculinidades posteriores.

La masculinidad en la era Tokugawa

El samurái fue, durante el periodo de Edo, la personificación de la masculinidad, cuando el ideal de hombre se encontraba en el código bushidō (Leiter, 1999, p. 497), el código de la élite militar de Japón premoderno (de todas formas, algún día os hablaremos de nuestra opinión sobre este código, porque hay mucho que decir sobre el tema y diferente de la imagen estereotipada que se da siempre).

Aunque el pueblo común se regía por los valores y actitudes de los mercaderes de la época y la construcción de la masculinidad se llevó a cabo en las organizaciones colectivas de los pueblos feudales, la gente del pueblo alababa las características asociadas a los samuráis, las historias de valor del samurái y los lazos de sus familias con samuráis (Früchstrück y Walthall, 2011, p. 10). Es por ello que la masculinidad del samurái puede considerarse la masculinidad hegemónica del Japón premoderno, en cuya construcción tuvieron que ver tres factores: por un lado la importancia del honor y la violencia (Walthall, 2002, p. 25) que formaban parte de las cinco virtudes masculinas que regían el hombre premoderno: la dignidad, el coraje, la lealtad, la obediencia y la valentía (Smethurst, 1974, p. xvii); y por otro, la homosexualidad, que jugó un papel importantísimo en la definición de la masculinidad en Japón.

Debido al largo período de paz que aconteció durante el shogunato Tokugawa, los samuráis tuvieron que redefinir su rol en la sociedad. Ahora pasaban todo el día entrenando y preparándose para la batalla, más que combatiendo. En este contexto, las relaciones sexuales entre hombres o nanshoku estaban totalmente aceptadas socialmente, pero esto no es exclusivo de Japón. Existen muchas obras que muestran ejemplos de la naturalización de las relaciones entre hombres en la antigua Grecia, entre las tribus indígenas americanas o los pueblos asiáticos (Herdt, 1981, 1984; Jackson, 1989; Nanda, 1990; Hinsch, 1990; Williams, 1991, 1992b), y de hecho las costumbres de la antigua Grecia y el Japón Tokugawa muestran ambos una homosexualidad de base militar en la que la devoción absoluta al compañero y el compañerismo son los ideales principales bajo los que se aceptan y se legitiman las relaciones entre los hombres (Marks, 1990, pág.2).

homosexualidad samuráis

Parte de un rollo shunga de Miyagawa Isshō en el que podemos ver un samurái y su joven amante.

Las relaciones homoeróticas entre hombres, donde se diferenciaba entre el rol activo del hombre adulto y el rol pasivo del hombre joven (Saeki, 1997, p. 131), eran notorias entre la clase samurái, los monjes budistas de tradición chigo ya desde comienzos del siglo IX, y los actores de teatro kabuki. De hecho, estaban justificadas en el Japón premoderno dentro de una serie de contextos específicos, pero no fueron exclusivas del Japón del período de Edo. Lo demuestra la aparición de relaciones de amor entre hombres en la antología poética Manyoshu de 759, los cuentos del siglo XIII sobre relaciones entre monjes budistas y sus discípulos o la colección de historias homoeróticas entre samuráis y entre actores de kabuki El gran espejo del amor entre los hombres de Ihara Saikaku de 1687 (Jackson, 1989, p. 462).

nanshoku homosexualidad samuráis japon

Representación explícita del amor entre hombres

El nanshoku organizaba el deseo sexual según la jerarquía de edad e idealizaba los vínculos entre los adultos y los jóvenes (Mackintosh, 2010, p. 20). Aunque la habilidad militar de la clase samurái, que era lo que justificaba las relaciones homosexuales entre ellos, había casi desaparecido durante el periodo Kanei (1789-1800) (Saeki, 1997, p. 129), durante todo el periodo de Edo el arte se centró en celebrar la belleza masculina y el amor entre hombres terminó popularizándose entre las clases nobles, los mercaderes y el pueblo común. Es por eso que los siglos XVII y XVIII son considerados como la época “dorada” de la homosexualidad en Japón (Williams, 1992a, p. 72).

En palabras de Fitzpatrick (1966): “Las relaciones nanshoku han jugado un papel importantísimo en la historia japonesa al ser predominantes en profesiones tan importantes como las de militar, actor y monje. Sin lugar a dudas, en Japón este tipo de relaciones no se veían con miedo “(citado en Mackintosh, 2010, p. 38). De hecho, la homosexualidad era tolerada (y a veces incluso alentada) para que coexistiera con la heterosexualidad, la familia y la reproducción, ya que no interrumpía el linaje o la descendencia (Pinkerton y Abramson, 2002, p. 75).

De hecho, el concepto de sexualidad como tal no llegó a Japón hasta la apertura del país al exterior con la finalización del periodo de Edo. Previamente, el amor hombre-hombre y el amor hombre-mujer eran vistos como dos maneras igualmente aceptables de obtener placer sexual (Saeki, 1997, p. 131). Una persona no era necesariamente categorizada por sus preferencias sexuales. Tener amantes de sexo masculino no convertía a un hombre en homosexual, al igual que tener una esposa no lo hacía heterosexual; eran distinciones irrelevantes. Durante este periodo, se asumía que los hombres que encontraban atractivas a las mujeres también encontraban atractivos a los jóvenes aprendices wakashū y los onnagata (McLelland, 2000), los actores que representan personajes femeninos en el teatro kabuki, con una mezcla andrógina de rasgos masculinos y femeninos. Es decir, las fronteras de género estaban totalmente difuminadas, algo socialmente aceptado, y el erotismo ideal era el resultado de esta androginia, de esa mezcla entre masculino y femenino.

wakashu

Ukiyo-e de Toyonobu Ishikawa con actores de kabuki (un de ellos, wakashū)

En el sector de los samuráis, fueron justamente valores militares como la solidaridad para con el grupo, la lealtad bajo condiciones de estrés extremo y la obediencia y la sumisión hacia la autoridad lo que llevó a los militares a tener relaciones sexuales entre ellos (LEUPP , 1997, p. 48). En estas relaciones entre hombres, el nenja (hombre adulto) ejemplificaba un modelo de masculinidad para el wakashū (chico joven) y a cambio el wakashū debía aplicarse con todas sus fuerzas a aprender cuál era el ideal de virilidad del samurái adulto.

Así, las relaciones nanshoku tenían una vertiente educativa importante y se consideraban muy efectivas a la hora de desarrollar hombres militares fuertes, porque las características que los hombres identificaban en la feminidad, como la debilidad física o el miedo, eran consideradas una amenaza a la fuerza masculina. Es por ello que, para conseguir fortaleza masculina y reforzar la unión entre hombres dentro del círculo militar, los jóvenes samuráis debían cortar cualquier relación con las mujeres de su entorno y tenían que entrar en un grupo exclusivamente masculino (Saeki, 1997, p. 129), un mundo diseñado para inculcar la obediencia incondicional para con la autoridad (Marks, 1990, pág.1). De esta manera, los samuráis utilizaban el matrimonio para preservar el linaje familiar, mientras disfrutaban con los jóvenes wakashū.

En el teatro kabuki, sin embargo, la situación fue un poco diferente. Si bien los onnagata se convirtieron en objetos de amor homosexual como ocurría entre los samuráis o los monjes budistas, en este caso los ideales que gobernaban las relaciones homosexuales en la clase religiosa y la clase militar fueron sustituidos por un puro intercambio comercial de dinero por servicios (Marks, 1990, pág.1). De hecho, la figura del onnagata es especialmente interesante, porque es un ejemplo de cómo las leyes pueden influir en el transcurso de la historia del arte. El onnagata surgió después de que las mujeres (1629) y los chicos jóvenes wakashū (1652) fueran prohibidos en el teatro (Episale, 2012, p. 90) por los frecuentes casos de prostitución y ganaron popularidad justamente porque hicieron cada vez más estrecha la distancia que separaba su género biológico del de los papeles que representaban (Stevens, 2001, p. 249).

Los onnagata no sólo representaban papeles femeninos sino que, como ocurría en la clase samurái, eran amantes de otros actores y se travestían de mujeres también fuera del escenario. Así, el travestismo entró a formar parte de la cultura popular japonesa a través del kabuki, que justamente pasó a representar la cultura tradicional japonesa en la era moderna (Williams, 1992a, p 72). Las prácticas de los onnagata han apoyado (más que ser subversivas) las concepciones hegemónicas de masculinidad (Jackson, 1989, p. 459), ya que el onnagata no imita las mujeres, imita los vestigios de los wakashū, de los jóvenes que se mostraban como andróginos y no como mujeres.

Según Mezur (2005, p. 241): “en sus actuaciones femeninas, los onnagata demuestran la posibilidad de deshacer la idea de una identidad de género fijo limitada a un binario masculino o femenino y opuesta al sistema de géneros” (citado en Episale, 2012, p. 102). En el sentido más práctico, podemos verlo cuando, en una de las características constantes de todos los papeles onnagata, el personaje muestra cualidades asociadas con la masculinidad y está en batalla constante para demostrar su feminidad (Leiter, 1999, p. 509).

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La famosísima Matsuko Deluxe, todo un personaje mediático en Japón.

La masculinidad a partir del período de Meiji

El final del periodo de Edo, toda la era Meiji (1868-1912), la era Taisō (1912-1926) y los comienzos de la era Shōwa (1926-1930) fueron momentos de gran agitación y transformación radical para la cultura japonesa (Mezur, 1995, p. 115). Ya a finales del siglo XIX, las distinciones de género eran cada vez más borrosas (Leiter, 1999, p. 511) y el concepto de deseo sexual como un continuo y no como oposición fue perdiendo fuerza con el declive de la clase samurái , el comienzo del periodo de Meiji (1868-1912) y la importación de teorías de género europeas (Stevens, 2001, p. 250).

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Samuráis del clan Satsuma durante la guerra Boshin, 1867. Fotografía coloreada a mano por Felice Beato. Wikipedia.

Cuando Japón se abrió (forzadamente) al comercio y prácticas culturales extranjeras en 1868, el gobierno feudal, la estructura social y la cultura estética fueron catapultadas hacia la actual sociedad industrializada y global dominada por “poderes colonizadores” (Mezur, 1995, p. 116). La aceptación social de la homosexualidad cambió cuando, con la restauración de Meiji, el gobierno se embarcó en una fuerte occidentalización de la sociedad que supuso la adquisición de nuevos códigos de género.

Influido por los misioneros cristianos y los intelectuales japoneses impresionados por Occidente, el gobierno de Meiji comenzó una represión del budismo y prohibió la “sodomía”, rechazando la herencia sexualmente diversa de Japón en favor de políticas pronatalistas y antihomosexuales importadas de Occidente (Williams, 1992a, p. 73).

De este modo, la heterosexualidad dejó de ser una opción y se convirtió en algo obligatorio, ya fuera debido a las imposiciones de la moral cristiana, que veía las prácticas de amor entre hombres como algo incivilizado, atrasado, feudal y fuera de las fronteras de la moral civilizada, donde la identidad homosexual amenazaba la creación de una masculinidad hegemónica diferente ya que la igualdad entre homosexuales amenazaba la naturaleza jerárquica y opresiva de la heterosexualidad masculina (Donaldson, 1993, p . 647) o al propio capitalismo, ya que el país necesitaba un aumento de población en un momento de intensa expansión militar a comienzos del siglo XX, por lo que las formas de sexualidad no-reproductivas comenzó a ser reprimidas (Williams, 1992a, p . 73).

Si bien los samuráis del siglo XVI eran el paradigma de la masculinidad japonesa, como lo fueron en Europa los hombres guerreros de la Edad Media o los vaqueros del Oeste americano, la virilidad del hombre japonés moderno de comienzos del siglo XX no fue despreciada gracias a las victorias de las guerras sinojaponesas y ruso-japonesa. De hecho, para Inazo Nitobe, autor de Bushidō: The Soul of Japan (1905), justamente lo que diferenciaba al japonés moderno de sus homólogos anteriores era el hecho de que personalizaban un nivel de civilización superior sin olvidar su corazón de guerrero (citado a Mason, 2011, pág.73).

No todo el mundo estaba de acuerdo con esta idea de la masculinidad japonesa, sin embargo. Para el autor Yukio Mishima, por ejemplo: “cuando, desvinculándose de la masculinidad más dura y brusca de una nación en guerra, el bakufu Tokugawa logró establecer su hegemonía como un régimen pacífico, entonces comenzó la ‘feminización de los hombres japoneses'”(Mishima, 1978, p. 18). Sin embargo, lo que sí está claro es que las victorias militares japonesas, que podían representar los ideales de masculinidad más estereotípicos, culminaron en la estrepitosa derrota japonesa de 1945 y en un periodo de paz que se extiende hasta la actualidad y que obligó al hombre japonés a reconfigurarse.

El Japón Tokugawa se había distinguido por sus logros artísticos, en cuyo desarrollo la homosexualidad había tenido una fuerte implicación, como por ejemplo el teatro kabuki, el teatro y otras formas dramáticas, pinturas ukiyo-e y la literatura (Bowers , 1974). La élite cultural de la era Meiji tuvo que enfrentarse con un problema complicado: qué hacer con las relaciones entre hombres que se habían representado en la literatura, el teatro y el arte gráfico del periodo anterior.

Durante el periodo de Edo, las relaciones homosexuales tenían un cierto grado de prestigio cultural y eran incluso vistas como un signo de rectitud masculina o de sensibilidad, según McLelland (2007) “admirablemente refinada”. No obstante, con la apertura de Japón a la influencia occidental, los intelectuales de la época Meiji tuvieron que aceptar la noción extranjera que decía que “el deseo heterosexual es la única expresión natural de sexualidad masculina” (McLelland, 2007, p. 247) y el discurso del amor romántico comenzó a tener un gran impacto en los textos culturales (McLelland, 2012, p. 24-25).

Si bien hoy se entiende la homosexualidad como un rasgo contra-hegemónico, porque la hostilidad hacia la homosexualidad es fundamental para la heterosexualidad masculina y la homosexualidad se ve como algo subversivo pero especialmente como algo femenino (Donaldson, 1993, p. 646), el ideal de masculinidad como fortaleza física y mental a través de las relaciones entre hombres aún sobrevivía, a pesar de la represión, entre los escolares de la época (Saeki, 1997, p. 129). Era una época en la que aún había muchos lectores apasionados de las tradiciones literarias que defendían diferentes construcciones de nanshoku (McLelland, 2007, p. 247) como demuestra la popularidad durante los primeros años del periodo de Meiji, especialmente entre exsamuráis (hostiles hacia las nuevas e importadas ideas culturales que entendían la sensibilidad samurái como feudal y anacrónica) de la novela Shizu no odamaki (1908), una narrativa anónima de finales del periodo de Edo sobre el amor entre samuráis.

Así pues, las relaciones nanshoku se convirtieron en el punto de reunión de una masculinidad más ‘dura’ (koha, en japonés) opuesta a ciertas políticas sociales que muchos consideraban que habían “castrado la población masculina de Japón” (McLelland, 2007, p. 249). Los hombres de masculinidad más dura se caracterizaban por su estoicismo, demostrando su masculinidad suprimiendo la razón y los sentimientos, mostrando destreza física en peleas, teniendo una personalidad agresiva, una capacidad infinita para con la adversidad y el dolor y cierta misoginia (Hidaka, 2010, p. 76).

La mafia japonesa yakuza se alzó como el estandarte de esta masculinidad dura, muy ligada a la masculinidad de los samuráis del periodo de Edo. La conexión entre la antigua clase samurái y la yakuza no sólo la encontramos en la aceptación de ciertos códigos del bushidō (como el honor, por ejemplo), sino también en el hecho de que fueron muchos exsamuráis los que pasaron a formar parte de la yakuza a principios del siglo XX. En un Japón sometido a grandes cambios en aras de la modernización y la occidentalización, la yakuza personalizaba los antiguos samuráis, que se convirtieron con el tiempo en el símbolo de la masculinidad y la identidad japonesas.

Del mismo modo, la yakuza pasó a representar la identidad nacional, personalizando los códigos y valores del hombre japonés con cierto aire de nostalgia por un pasado que ya no volvería nunca más. Y si bien es cierto que la yakuza ha sido y sigue siendo responsable de actos violentos y de corrupción económica, la sociedad todavía ve a sus integrantes con cierto aire de nostalgia de una tradición perdida, algo que influirá en una de las masculinidades emergentes a comienzos del siglo XXI de la que os hablaremos en otra entrada.

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Obra de Go Mishima

A través de las obras del artista Go Mishima, amigo del escritor Yukio Mishima con quien compartiría interés por la musculación o el karate y la admiración por el cuerpo masculino y los atributos de masculinidad, también podemos ver los estrechos vínculos entre la masculinidad dura de los primeros exsamuráis y la yakuza posterior. Si bien las obras de Go Mishima no tenían nada que ver con las representaciones de belleza erótica feminizada de los wakashū del periodo de Edo, sí compartían el alto contenido erótico y la temática homosexual. Mishima, sin embargo, hizo una representación más dura y sexualizada de la masculinidad, aunque basándose en la camaradería y lealtad entre samuráis (McLelland, 2005, p. 135).

La exclusión del nanshoku de la literatura japonesa moderna y, por extensión, de la sociedad en general, no fue ni natural ni inevitable, sino que fue el resultado de un esfuerzo coordinado y motivado ideológicamente (McLelland, 2007, p. 247). A pesar de ser una tradición literaria de gran recorrido, el nanshoku se redujo a simple “sodomía” (keikan) y la homosexualidad masculina a algo vulgar y carnal, ya que sólo a través del amor romántico (ren’ai), el deseo podía convertirse en una comunión espiritual (McLelland, 2012, p. 24-25). El desarrollo de la hegemonía del amor romántico redujo la práctica e identificación sexual debido al apoyo del estado Meiji a la “familia moderna” que se veía como la unidad central del progreso y estabilidad social y el campo de entrenamiento para toda la educación moral del individuo (McLelland, 2007, p. 250).

Del concepto de familia moderna surgiría la figura del sarariiman, que dominaría la masculinidad de los años siguientes y que se basaría en la heterosexualidad y absoluta dedicación al trabajo, una figura de la que os hablaremos la semana que viene :)

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NOTA: Podéis ver el trabajo original (en catalán) aquí.

Bibliografía completa

Por una cuestión práctica, se enumera la bibliografía de todo el trabajo de fin de máster y no exclusivamente de este capítulo en concreto:

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