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A pocos kilómetros de Kioto se encuentra el pueblo de Hashimoto, situado en Yawata. Este pueblo fue célebre en su día por albergar uno de los barrios rojos, Hachiman-chō, más trascendentales de la zona y aquí os invitamos a descubrirlo.

Hoy en día, la importancia de su presencia radica en que se conserva buena parte de las edificaciones construidas para formalizar el distrito del placer. Asimismo, el abandono de las mismas aporta al lugar un halo fantasmal que justifica el subtítulo con el que encabezamos la reseña.

Hashimoto

La parte trasera de los burdeles de Hashimoto es digna de ver

Es imperioso empezar diciendo que desde Japonismo reprochamos la existencia de la prostitución o de cualquier práctica que subyugue al individuo. El problema es que parte substancial del arraigo cultural del país del sol naciente se apoya en la mitología creada alrededor de las cortesanas, siendo las geishas, los hanamachi o los akasen como Yoshiwara o Shimabara, piezas abanderadas de la modalidad.

El diseño de los edificios que conformaban los antiguos distritos y que en su día se perfilaron de esa manera precisamente para convertir a las zonas en una especie de campos temáticos que fueran irresistibles para los clientes, emergen ahora como elemento que permite bautizar a las estructuras como monumentos arquitectónicos que merecen ser disfrutados por su belleza.

Hashimoto

Uno de los edificios tradicionales de Hashimoto, viejo burdel que aún pervive

Hay un aliciente más para los que llevamos años investigando sobre los yūkaku (otra palabra para designar a los barrios rojos). Cuando en 1958 se concretó la ley que prohibía la prostitución en el país (os hablamos más de esto aquí), las grandes áreas dedicadas al ejercicio fueron deshabitadas; si a esto le sumamos que sectores como Yoshiwara o Tamanoi sufrieron también calamidades que llevaron a su destrucción, se puede decir que técnicamente solo quedan ruinas o vestigios en unos lugares que brillaron antaño por su efervescencia. Para mí, descubrir una de las casas de citas desmanteladas o arrasadas por el fuego es un ejercicio de arqueología que compensa el costoso trabajo de investigación.

En relación a Hashimoto, hay que puntualizar que la villa no está ni mucho menos abandonada. Por eso, si uno la visita para examinar o realizar fotos de las residencias, hay que cerciorarse bien sobre si esos despojos o casas apuntaladas están realmente sin dueño. Muchas de las moradas tradicionales, que datan de las épocas Meiji, Taisho y Showa (es decir, que como mínimo tendrían que estar protegidas por el gobierno, o incluso, como en el caso de las que constituyen Hashimoto, nombradas bien de interés cultural), pueden estar habitadas/ocupadas por gente pudiente o también de pocos recursos.

A día de hoy, sigo sin entender por qué estas joyas de la arquitectura nacional sobrellevan esa incuria; tal vez concurra entre los japoneses una especie de tabú en relación a volver a alojarse en inmuebles que fueron burdeles, de la misma manera que muchos habitantes del país se niegan a pasear por shitamachi (barrios pobres, y despreciados aunque ahora guardan como ninguno la esencia del antiguo Japón).

Los principales “hanamachi de la prostitución” situados en Kioto fueron Shimabara y Gojo Paraíso y podríamos situar a Hashimoto en una tercera posición gracias a su celebridad entre samuráis que recorrían la ruta Osaka kaidō, la carretera que unía Kioto con Osaka. Hashimoto alardeaba de ser un punto estratégico entre las dos grandes capitales y su envidiable condición de shukuba (pueblo de postas, como los que encontramos en la ruta Nakasendo) se complementaba con el hecho de que allí mismo también confluía el curso de dos ríos importantes para el transporte de mercancías, el Yodogawa y el Uji. Además, la corriente permitía que la navegación solo fuera rápida desde el sur hacia el norte, siendo Hashimoto uno de los puertos destino desde Osaka. El camino mencionado entre Kioto y Osaka fue construido entre 1594 y 1596 por orden de Hideyoshi Toyotomi y esta obra fue aprovechada por dos posadas ubicadas en Hirakata y Yodo para ofrecer a los viajeros las comidas más baratas de la zona.

El florecimiento del lugar salpicó asimismo a otros pequeños negocios que ya se habían erigido siglos antes, alrededor de un templo fundado en el año 724 en honor del emperador Shōmu Tennō; para visitar este santuario, el enviado del monarca en Nara tenía que dirigirse a Yamazaki, que estaba en la otra orilla del río Yodogawa. Para ello se mandó construir un puente justo donde algunas “casas de té” de mala reputación se habían levantado. Aunque es muy difícil establecer el año real de la fundación de Hashimoto (de hecho, la población ha visto como su nombre se ha cambiado varias veces a lo largo de la historia, para instituirse de forma oficial y definitiva en 1928), se puede intuir que esos caseríos unidos por un puente con Yamazaki son el inicio de la metrópoli (la palabra hashi significa “puente” en castellano). La gloria de Hashimoto fue seguida en otros lugares de Japón, hasta el punto de que se dice que sirvió como modelo de construcción para otros yūkaku o barrios de placer.

Hashimoto

El puente que cruza el riachuelo Daiya. Al otro lado está Yamazaki

Huelga decir que Ihara Saikaku, una de las figuras más representativas de la poesía y literatura creada en el periodo Edo (y que hemos reseñado en Japonismo en varias ocasiones), nombró a Hashimoto en su Kōshoku ichidai otoko (traducida por Fernando Rodríguez-Izquierdo para Alfaguara como Amores de un vividor). Saikaku fue uno de los impulsores del boom alrededor de los llamados “libros del mundo flotante”, narraciones de ficción o no, que funcionaban como guías turísticas sobre las “zonas alegres” que germinaban en el país. Para describir los distritos del placer, los autores viajaban hasta ellos, recorriendo las posadas y casas de té que ofrecían los caminos rurales.

En Amores de un vividor, Saikaku describe a Hashimoto como “una colección de dependientas y bikuni“; las bikuni son monjas que lucen su cabeza rasurada y que pasan la vida de una forma contemplativa, rezando en los templos que habitan; existe otra palabra añeja, uribikuni, para bautizar a las prostitutas que se hacían pasar por este tipo de prioras, que no eran sino meretrices que mostraban la misma iconografía para satisfacer una fantasía sexual, la de quebrantar el cuerpo de una sacerdotisa, que aún pervive entre cierto tipo de aficionados al erotismo asiático. A todas luces, Saikaku se refería a que Hashimoto estaba especializada en uribikuni. Hashimoto fue alabada también por Yosa Buson y otros maestros del haiku, así como por numerosas guías de la época y de los años venideros sobre yūkaku.

Poco antes de la Restauración de Meiji, en el inicio de los sucesos bautizados como bakumatsu, Hashimoto funcionaba como un agregado de la ruta de diversión elegida por los samuráis. Sus ageya y okiya (machiya y resto de restaurantes y mesones dirigidos por geishas y prostitutas) rivalizaban en reputación con los emplazados a pocos kilómetros en Fushimi-ku (aquí, por ejemplo, estará el parador Teradaya, testigo del incidente protagonizado por Ryōma Sakamoto), y en la zona que ahora es presidida por la estación de Chushojima (en nuestros días, esta población es curiosa por contar con el decrépito akasen justo a la salida de su estación). La historia de Hashimoto se enriquecerá en esos momentos con dramas sobre noches de pasión, peleas entre prostitutas y mujeres que deciden suicidarse lanzándose al río.

A finales de enero de 1868 se produjo la Batalla de Toba-Fushimi en los suburbios de Kioto y una de las zonas afectadas fue precisamente Hashimoto. Para resumir rápidamente el conflicto, digamos que las huestes del emperador habían construido unas fortificaciones en la unión de los afluentes, a la espera del ataque del ejército del shogun; durante seis días se produjeron los combates y Hashimoto fue cañoneada duramente, quemándose gran parte del distrito rojo de Hachiman-chō. Curiosamente, años después, en 1887, un mandato proveniente de Kioto ordenó que se rehabilitase el barrio rojo o yūkaku, algo insólito en la historia de los burdeles nipones.

La recuperación no fue del todo exitosa, pero ya en 1910, con la llegada de la línea ferroviaria Keihan, Hashimoto pudo disfrutar de una segunda vida. El montaje de la estación y la construcción de una fábrica propiedad de Keihan trajo al pueblo a más de cien trabajadores; de este modo se inició en el lado este de las vías del tren una zona residencial que todavía existe y, en el lado oeste, se apuró el levantamiento de más burdeles. El punto álgido del barrio rojo en esta nueva etapa se sitúa en 1937, cuando se contabilizan en Hashimoto 86 prostíbulos, 16 restaurantes, 675 mujeres dedicadas al meretricio y 3 geishas; también, una oficina de información y reclutamiento de trabajadoras del sexo, una licorería y una tienda de venta de arroz, un ultramarinos, una clínica dental, una zapatería, una oficina de correos, una barbería y varios locales de belleza. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, debido a la eclosión de los akasen, la notoriedad del lugar permitió que el número de establecimientos con farolillo rojo se disparara a los 150.

Con este potencial, Hashimoto no era un sitio seguro. Algunas mujeres declararon que no podían caminar por la calle principal de Hachiman-chō, sobre todo por la noche, porque el número tan alto de prostitutas provocaba que los hombres que estaban al acecho no supiesen diferenciar a las meretrices de las que no lo eran. Para hacer la compra, no les quedaba más remedio que ir acompañadas y solo durante las mañanas; y por supuesto, no se acercaban a los baños públicos, dado que estos abrían muy por la tarde.

La ley anti-prostitución de 1958 golpeó con saña a Hachiman-chō y además lo hizo el 15 de marzo, un par de semanas antes de la fecha establecida para su plena instauración. Los dueños de los burdeles abandonaron en masa los negocios y casi todas las trabajadoras subieron al tren para dejar el lugar. El éxodo fue de tal magnitud que se asegura que el primer retraso en la línea ferroviaria de Keihan se produjo en esos instantes, al estar los convoyes completamente abarrotados. Solo unos pocos permanecieron en el lugar, transformando los prostíbulos en hoteles de aguas termales; asimismo se intentó atraer a los visitantes abriendo salas de baile.

Por si fuera poco, en 1962 se paralizaban los servicios del ferry que unía el pueblo con Yamazaki (el puente que había dado nacimiento a la urbe estuvo en pie solo en el período Heian, siendo engullido por una inundación). Este ferry transportaba a los feligreses que se dirigían hasta el Iwashimizu Hachiman-gū, un santuario sintoísta de Otokoyama, que algunas fuentes aseguran que fue el que provocó la creación de Hashimoto. Los salones de danza y las termas aguantaron hasta mediados de la década de 1970 y ya a partir de aquí comenzó la muerte y soledad de la zona, subrayada por las obras de asentamiento de una autopista en las inmediaciones de los ríos y del levantamiento de una medianera que tapó la visión de Yamazaki.

Hashimoto

La calle principal del barrio rojo es un trozo de la antigua Osaka kaidō

Visitar Hashimoto es como introducirse en una máquina del tiempo y caminar por la serpenteante calle principal del yūkaku (parte de la ancestral y gloriosa ruta Osaka kaidō) da la sensación de estar avanzando por una de esas ciudades fantasma del Oeste americano, pero en Japón y sin polvo; no se escucha ni un alma y el barroquismo de los edificios que tienes cerca, a ambos lados, produce un efecto claustrofóbico nada desdeñable. La salida de la estación nos lleva hacia la parte este, donde se sitúa una zona residencial que forma parte de un plan del gobierno para revitalizar Hashimoto, plan que ha quedado a medias y que parece que no se va a retomar; allí está el templo Saiyuji, no muy célebre aunque se fundara en 1570 y aunque su sala principal, reconstruida en 1830, guarde figuras de Buda de más de novecientos años de antigüedad; durante la Guerra Boshin, los shinsengumi lo utilizaron como almacén de munición.

Para llegar al extinto Hachiman-chō, hay que girar y dirigirnos al oeste hacia el riachuelo Daiya. Lo primero que veremos será un gigantesco edificio devorado por la vegetación, que fue construido como sala de baile en 1921 con cien mil yenes de la época y para cuya dirección se contrataron a muchas geishas de Kioto; sus dinteles aún hablan de un esplendoroso pasado y rememoran esa iconografía tan típica que marcó las épocas Meiji y Taisho, siendo imposible acceder al auditorio y a los cuatro salones que formaban su interior. Hablando del período Taisho, cerca subsiste un edificio de esos años, con su típica estructura vanguardista y que ahora es la única de las treinta cafeterías del estilo que existían en la época de mayor apogeo de Hashimoto; su nombre es Yaoriki.

A unos trescientos metros aparece la calle principal del distrito. Hay postes de cemento que cuentan la historia del ferry e incluso los que posiblemente mantenían el letrero de neón que anunciaba la entrada a la “zona alegre”; además, en una pared, entre la podredumbre y el óxido cuelga aún un antiguo cartel de la zona publicado por la asociación de vecinos y que indica el nombre de los establecimientos.

Sin ánimos de repetirnos, la treintena de antiguos burdeles que quedan se yerguen solicitando que el sitio sea considerado patrimonio nacional; los edificios de dos plantas son únicos en su especie y las celosías y los acabados de azulejos tan típicos de las casas de citas japonesas aportan el toque final a esa decadente belleza. Por desgracia, cada vez que vuelvo a Hashimoto descubro más explanadas donde antes había una de estas casas y algunos de los viejos burdeles han sido modificados con la inclusión de ventanas de aluminio o hasta con garajes colocados en su parte inferior.

Hashimoto

En la época moderna, Hashimoto contaba con tres puentes para entrar en el pueblo.

Hashimoto

Hay dos estructuras que se presentan como las preferidas por los visitantes del lugar. La primera es el ryokan Tatsumi, uno de los burdeles más célebres, que también fue convertido en sala de baile para sobrevivir a partir de 1958; hoy en día funciona como un hotel, rondando su tarifa los 3.000 yenes la noche; por desgracia, nunca he podido acceder a su interior al encontrármelo cerrado a cal y canto, pero en esta web お散歩日記 podéis apreciar que se mantienen las vidrieras que hicieron popular al local, así como una de sus “puertas de oro”; según el propietario del blog, se le aseguró que estos soberbios vestigios son lo único que queda de la estructura original, dado que el resto ha sido reformado y adaptado con servicios modernos (por ejemplo, con Internet).

La otra estructura alabada del pueblo es una de las añejas termas, un onsen bautizado como Aguas Termales Hashimoto, cuyo propietario os enseñará gustosamente las instalaciones, al mismo tiempo que os pedirá que deis la mayor publicidad posible al negocio.

Ryokan Tatsumi en Hashimoto

Una de las vidrieras del célebre ryokan Tatsumi

Hashimoto

Un salón de belleza, negocio moderno situado en una de las viejas casas.

Finalizo comentando algo que puede ser interesante para los más cinéfilos. Hideo Gosha decidió rodar en Hashimoto la mayestática Onimasa/Kiryūin Hanako no shogai (1982); por desgracia, para contar este melodrama sobre la relación entre un yakuza y sus hijas, los productores habían levantado en los estudios de la Toei unos decorados muy costosos, por lo que se negaron a que todo el metraje fuera formalizado en el distrito rojo; el maestro solo pudo filmar allí la secuencia inicial.

Hashimoto, 1940, en la genial Onimasa de Hideo Gosha

Hay quien señala que Gosha volvió a la carga tres años después, utilizando Hashimoto como fondo para varias secuencias de Usugeshō (1985), pero esto es difícil de contrastar. Sea como fuere, Gosha fue también uno de los tantos que vieron en Hachiman-chō, el barrio rojo de Hashimoto, una maravilla de la arquitectura cuyo peso histórico puede ser finiquitado por el olvido gubernamental. Por cierto, Robin Gatto, en su maravilloso estudio sobre Hideo Gosha publicado en francés y en dos tomos, afirma que en Hashimoto se encuentra el origen de las geishas, a despecho de la creencia general que lo sitúa en el centro de Kioto.