Hemos enviado la contraseña a su correo electrónico.

El término ikigai (生き甲斐) hace referencia a nuestra razón de vivir, aquello que da significado a nuestra vida, algo por lo que merece la pena vivir y nos hace estar plenamente satisfechos y felices con la dirección que tomamos en nuestras vidas.

Visto así, parece un concepto suficientemente fácil de entender, aunque quizá no de responder, puesto que la búsqueda del ikigai es sin duda un análisis interior profundo y nada fácil para cualquier ser humano, japonés y no japonés, porque creo que ésta es una búsqueda global en el ser humano, no específica del ser japonés.Entonces, ¿por qué hay tantos artículos, libros y estudios sobre el tema publicados en Japón a lo largo de los años? ¿Qué tiene de especial, de diferente, la sociedad japonesa para que necesite tantos estudios para intentar comprender el ikigai? Voy a intentar reflexionar sobre ello en este artículo.

Japón es una sociedad compleja, especialmente en lo que se refiere al individuo como parte de la sociedad. Hemos explicado muchos conceptos complejos como la jerarquía de una sociedad vertical (tate shakai), la dependencia permisiva (amae), la grupalidad de la sociedad japonesa (uchi/soto) o la dicotomía entre el deseo interior y lo que uno puede expresar (honne/tatemae), por mencionar sólo algunos. Muchos de estos conceptos nos llevan a entender la lucha interna que en muchos casos sufre el individuo japonés a la hora de relacionarse con el resto de la sociedad.

De hecho, como en cualquier otra sociedad, el individuo moldea su ‘yo’ en diferentes niveles. En el caso específico de Japón, según Gordon Matthews, el japonés crea su propio ser a través de estas tácticas (que no son específicas de Japón, que quede claro, pero se explican aquí para comprender la naturaleza de la sociedad japonesa):

  1. Nivel ‘tomar por sentado’: es el nivel más profundo, ejemplificado por el lenguaje y las prácticas sociales incuestionables. Por ejemplo, el modo en que en Japón hablamos a nuestro superior en la oficina es algo que tenemos muy interiorizado, que es ‘natural‘ y que damos por sentado que debe ser así. Ni nos planteamos que pueda ser de otra manera, vamos.
  2. Nivel ‘qué le vamos a hacer’: es el nivel del shikata ga nai, del “qué le vamos a hacer”, de prácticas y normas culturales y expectativas de las que el individuo tiene constancia pero poco puede hacer para cambiar. Por ejemplo, el sarariiman o trabajador que debe trabajar largas jornadas se dedicará en cuerpo y alma a su trabajo (a pesar de que ello le pueda suponer hasta la muerte), porque es lo que se espera de él.
  3. Nivel cultural: es el nivel en el que a través de la cultura buscamos dar forma y justificar nuestro ‘yo’, el nivel más ‘libre’, en el que cada uno puede dar rienda suelta a sus deseos e impulsos.

Teniendo esto en cuenta, entenderemos por qué se pueden poner en entredicho los resultados de algunos estudios que afirman que el ikigai dominante entre los hombres es el trabajo y la empresa, mientras que el ikigai dominante entre las mujeres es la familia y los hijos. ¿Es realmente éste su ikigai o es una simple manipulación social? ¿Una expectativa social? ¿La aceptación de unos roles sociales impuestos? Es decir, la aceptación del shikata ga nai, la aceptación de lo que se supone que es natural, dejando de lado aquello que realmente queremos o deseamos.

“Los japoneses se amoldan para justificar su ikigai durante toda la vida, para así mantener viva la idea de que merece la pena vivir en un mundo social, sea éste real o imaginario” – Gordon Matthews

Japón está sumido en grandes cambios en sus estructuras sociales y cada vez más los japoneses sienten la necesidad de preguntarse realmente cuál es su razón de ser, su razón de vivir, su ikigai. Ya no vale el hacer las cosas “porque es lo que toca” (para sacar el país adelante después de la destrucción de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo); la nueva generación quiere hacer las cosas “porque quieren”, así que primero deben saber qué quieren, deben descubrir y comprender su ikigai y luchar para conseguirlo.

Por ejemplo, con el envejecimiento de la población, los hombres y mujeres japoneses saben que cada vez van a disfrutar de más años después de jubilarse. Además, con el deterioro de la economía japonesa, los trabajos de por vida y los beneficios de los que el sarariiman disfrutaba antes del estallido de la burbuja, han desaparecido. Todo esto hace que hombres y mujeres japoneses se replanteen si realmente su ikigai es la dedicación al trabajo (para ellos) o a la casa (para ellas) o si eso no es más bien una obligación social sin más, la aceptación de unos roles sociales (auto)impuestos por unas condiciones sociales y económicas específicas del Japón moderno.

Después del fuerte terremoto y posterior tsunami que azotó el país el 11 de marzo de 2011, muchos japoneses se replantearon seriamente su ikigai, porque según Ishida, la búsqueda del ikigai “da al ser humano la capacidad de integrar eventos psicologicamente estresantes en el pasado, presente y futuro con menos confusión o conflicto.” Este tipo de eventos (desastres naturales, catástrofes, accidentes…) nos dan la oportunidad de replantearnos cuestiones importantes en la vida, como puede ser el significado de nuestra vida hasta el momento, el concepto de felicidad o hasta cómo queremos vivir a partir de ese momento, entre otras. Así pues, el ikigai es también una técnica efectiva para afrontar situaciones de estrés postraumático en las que se nos ofrece la oportunidad de replantearnos nuestra vida y su significado.

Este término japonés se ha hecho bastante popular recientemente en Occidente gracias a una TED Talk de Dan Buettner.

Referencias:
Ishida, Riichiro (2011). “Enormous Earthquake in Japan: Coping with Stress Using Purpose-in-Life/Ikigai” en Pychology, vol. 2, nº 8, pp. 773-776.
Kamiya, Mieko (2004). Ikigai ni tsuite. Tokio: Misuzu-Shobo.
Lebra, Takie Sugiyama (1976). Japanese Patterns of Behavior. Honolulu: University of Hawaii Press.
Matthews, Gordon (1996). “The Stuff of Dreams, Fading: Ikigai and “The Japanese Self” en Ethos, vol. 24, nº. 4, pp. 718-747.