Para un espectro pequeño pero importante de aficionados al cine nipón existe un tipo de largometrajes englobados bajo la etiqueta de “cine cruel japonés”, cuyos inicios se remontan a los años sesenta cuando el Pinku Eiga (cine erótico japonés) también daba sus primeros pasos.

Sin que esta rama se haya oficializado alguna vez como género, o incluso como sub-género, sin embargo destila unas características privativas y únicas, fruto de la fusión del Pinku con el Chambara (películas de samuráis), y de la influencia externa de otras modalidades relacionadas con el S/M o sadomasoquismo. En este artículo, explicamos cómo surge un tipo de propuestas cinematográficas que asombraron por su salvajismo en Japón y que luego se popularizarían internacionalmente en los años 90 del siglo pasado con el gore producido en el país del sol naciente.

Japanese Torture Punishment History, película clave del "cine cruel"

Japanese Torture Punishment History, la película clave del fenómeno del “cine cruel” japonés.

En mi libro Cine de Samuráis. Bushido y Chambara en la Gran Pantalla que acaba de publicar  Editorial Líneas Paralelas, estudio en profundidad un título dirigido por Komori Kiyoshi que, además de ser un importante éxito de taquilla, dio mucho de qué hablar debido las secuencias de tortura que formaban la trama. Nippon gōmon keibatsu-shi (Japanese Torture Punishment History, 1964), tal como se llamaba esta película, a duras penas contaba con algo que pudiese ser llamado argumento, dado que el metraje no era más que una sucesión de imágenes que intentaba mostrar el sadismo utilizado por los samuráis para doblegar a la plebe en el periodo medieval japonés.

La crítica y los espectadores, aún sintiéndose horrorizados por las fotografías de desnudos, sangre y vilezas que aportaban los promotores, corrieron en masa a los cines, provocando que el triunfo monetario de la película hiciese florecer el nacimiento de imitaciones, varias de ellas firmadas también por el propio Komori. Hay que señalar que la estupefacción generalizada vino asimismo espoleada por el hecho de que Japanese Torture Punishment History no era una Pinku Eiga o un filme alternativo, sino un producto distribuido por la Shintoho, que aunque acaba de quebrar en 1961, todavía podía utilizar los canales de la todopoderosa Toho para estrenar productos. Además se puso el grito en el cielo cuando se supo que la actriz principal, Azusa Eiko, cuyo personaje era el que más sufría los atropellos de los torturadores, era menor de edad.

Japanese Torture Punishment History

La barbarie de Japanese Torture Punishment History reflejada en un artículo de la época.

Azusa Eiko y su secuencia más célebre

Azusa Eiko y su secuencia más célebre, antes de llegar a la TV.

Por si fuera poco, Komori era una de las figuras más importantes de la industria cinematográfica del país. Nacido el 27 de enero de 1920 en Tokio, nuestro hombre obtuvo su educación en China, para luego licenciarse en la Facultad de Economía; durante la guerra, entró en la Toho y al acabar el conflicto se convirtió en uno de los principales valedores de la Shintoho, trabajando como supervisor de las obras de directores tan importantes como Mizoguchi Kenji o Nakagawa Nobuo. Durante esta época, Komori se especializó en películas bélicas, las mismas que serán tomadas como referencia para que la Toho estrene luego Japón bajo el terror del monstruo (Gojira, 1954), y en comedias, dirigiendo él mismo algunas que calaron muy bien en el público.

Entonces, ¿por qué un artesano tan respetable decide impulsar una cinta vejatoria y que a todas luces podía provocar serios problemas con la censura? Como también indico en mi libro sobre Chambara, las nuevas generaciones de japoneses desconocían muchos de los elementos reales ligados al mundo samurái, debido a la desaparición, provocada por guerras, calamidades meteorológicas o censura americana, de gran parte de documentación histórica. Por poner un ejemplo, la idea de producir una película como Los Siete Samuráis (Shichinin no samurai, 1954) había surgido por el interés de un Kurosawa Akira en estudiar cómo era la vida verdadera de los guerreros, a despecho de la imagen de espadachín superhéroe distorsionada por el cine.

cine cruel japonés

Cualquier hecho alrededor del samurái, como digo, era algo ignoto incluso para los primeros arqueólogos surgidos tras el fin de la guerra y así, el tema relacionado con la tortura medieval tampoco era un contenido que se hubiera divulgado mucho. Es aquí cuando surge la figura de un hombre llamado Nawa Yumio, un especialista en artes marciales nacido el 3 de enero de 1912 en Fukuoka, que comienza una investigación científica sobre el uso de las herramientas y objetos utilizados para la tortura en la época Tokugawa y en otras del pasado japonés. Su trabajo empieza a ser reconocido por las mejores instituciones, a la par que plasma su erudición en libros de texto muy socorridos.

Cine cruel japonés

Una de estas obras se titula precisamente Nippon gōmon keibatsu-shi, que en realidad se podría considerar un recopilatorio de escritos publicado en 1963, después de que Nawa hubiera hecho públicos sus estudios un año antes en la revista para adultos y especializada en masoquismo llamada La ventana indiscreta/Uramado. Nawa murió el 1 de septiembre de 2006, convertido en un maestro de la materia y tan alabado como para que la Universidad de Meiji ofrezca en su museo dedicado a la criminología una exposición permanente sobre él y la tortura medieval. Si viajas a Japón, no dudes en visitar la muestra, o por lo menos, echa un vistazo a la Web de la Universidad.

Una de las entregas de Japanese Torture Punishment History escritas por Nawa

Una de las entregas de Japanese Torture Punishment History escritas por Nawa para la revista La ventana indiscreta.

Los servicios de Nawa fueron rápidamente solicitados por los cineastas y en concreto Komori y el anteriormente mencionado Nakagawa, estrenaban una especie de documental con ficción titulado Nihon zankoku monogatari (Cruel Tales of Japan, 1963) que, aún sin contar con el investigador en el elenco, evidenciaba ya que se intentaba llevar al cine las tesis sobre tortura samurái manifestadas en las páginas de Uramado.

Al fin, Komori adaptó la novela de Nawa, utilizando al escritor durante una semana como supervisor de las secuencias de martirio. El guion de Japanese Torture Punishment History fue escrito por Yoshida Yoshiaki, que curiosamente se haría luego célebre por ser uno de los impulsores de series infantiles como Heidi (Arupusu no shōjo Haiji, 1974) o Viki el vikingo (Chīsana baikingu Bikke, 1974). De momento, los tres hombres, valiéndose de cierta permisividad brotada a raíz de la aparición del Pinku Eiga, presentaban uno de los filmes más despiadados de la historia.

"Cine cruel" japonés

 

 Japanese Torture Punishment History recaudó en taquilla tres veces más de lo que había costado y la prensa la consideró un hito, hablando de ella durante meses. Sin embargo, acaso porque la producción había corrido a cargo del propio Komori sin el apoyo de ningún estudio, la cinta no pudo ser almacenada para su conservación y durante años se creyó que había desparecido.

Con posterioridad, se ha sabido que el NFC (National Film Center de Tokio) guarda en sus archivos una copia de 82′, si bien la calidad de la misma no permite exhibirla, siendo por otro lado el precio de una hipotética restauración demasiado alto para que el instituto se atreva a plantearse el proyecto.

"Cine cruel" japonés

Mientras Azusa Eiko se convertía en una conocida estrella de la televisión, Komori daba la tuerca final a la polémica, abandonando de forma definitiva el cine comercial para entrar de lleno en el Pinku Eiga, fundando la compañía Tōkyō Kiōtsu. Su idea era la de explotar al máximo la gloria de Japanese Torture Punishment History, estrenando una serie de clones, a cada cual más sanguinario. Así, varios de estos títulos fueron Bijo gōmon (1967), Rashoku sappō nukimi (68) o Gokuhi: onna gōmon (Absolutely Secret: Girl Torture Women, 1968), esta última con el protagonismo de una Tani Naomi que ya comenzaba a erigirse como la reina del sadomaso japonés; también en el 66 dirigió una continuación de su película de torturas más gloriosa.

Huelga decir que en el Pinku Eiga Komori fue seguido por multitud de realizadores, fermentando entre todos esa rama no oficial del género erótico caracterizada por las tramas medievales con suplicios. Así, por nombrar unas pocas solamente: Akai shigoki (1965) era firmada por Kazama Saburo; Shojo zankoku (67) era presentada por uno de los maestros del Pinku, Watanabe Mamoru, o Jiro Matsubaru hacía lo propio con Niku no hyoen (1968).

Pinku Eiga de tortura firmadas por Komori Kiyoshi

Varias de las Pinku Eiga de tortura firmadas por Komori Kiyoshi.

La aceptación comercial de estas piezas vino alimentada también por la propia singladura que el S/M (el kinbaku/shibari o sadomasoquismo japonés utilizando cuerdas) estaba manifestando en unas kasutori (revistas para adultos) que se vendían como churros. En concreto, Urado Hiroshi, el editor de Uramado, alentaba la carrera del escritor especializado en la modalidad, Oniroku Dan, que a su vez ayudaba a que Tani Naomi se convirtiese en esa estrella del cine de esclavitud. La trascendental historia de estos personajes la veremos en futuros artículos de Japonismo, dada la enorme cantidad de anécdotas que se desprenden de su obra tanto en las revistas de fotografías como en la pantalla.

Joshoku no entsuraku

Joshoku no entsuraku.

Una vez más, el cine de Serie A asimiló los fundamentos de la tortura cinematográfica propuesta por el Pinku Eiga y, de este modo, un director como Ishii Teruo, hasta entonces acertadamente acreditado por sus excelentes thrillers, parecía que tomaba el relevo a Komori para volver a asombrar al respetable con una ristra de largometrajes que no podían disimular su dependencia de Japanese Torture Punishment History. Para un gran Estudio como la Toei, el director firmó las famosas El placer de la tortura (Tokugawa onna keibatsu-shi, 1968), Zankoku ijō gyakutai monogatari: genroku onna keizu (Orgies of Edo, 1968), y Tokugawa irezumi-shi: seme jigoku (Inferno of Torture, 1969), catalogadas alguna vez como una trilogía; y ya luego, seguiría con el cocktail de erotismo y sadismo, estrenando otros largos con argumentos protagonizados por la yakuza o ubicados en tiempos modernos. A la pregunta de por qué Ishii había abandonado su estilo periodístico y clasista para abrazar un estilo empapado por la misoginia y la bestialidad, el director contestó que la idea era comprobar hasta que punto podía aguantar él mismo la fabricación y visión de imágenes espeluznantes.

Al que no le tembló la mano a la hora de diseñar momentos de desabrimiento sexual y sanguinolento fue, por supuesto, a Wakamatsu Kōji, el rey del Pinku Eiga. Con su inseparable colaborador y guionista, Adachi Masao, el director estrenaba un largo que también a su modo se convirtió en un clásico de la modalidad. Este Gōmon hyakunen-shi (100 Years of Torture: the History, 1975), aunque no era el primero en hacerlo, destacaba por estar formado por una serie de sketches que estudiaban los métodos de tortura utilizados por los gobernantes a lo largo de la historia de Japón.

Como había ocurrido con el éxito de Komori y Japanese Torture Punishment History, Wakamatsu también prolongó la buena acogida de su película con la presentación de imitaciones y otros realizadores importantes del Pinku Eiga, véase sobre todo Yamamoto Shinya, dilataban por su parte el fenómeno con títulos como Zankoku baku e kiden (Cruel Tie Legendary Picture, 1976).

100 Years of Torture de Wakamatsu

100 Years of Torture de Wakamatsu Koji, adelantándose a Saló de Pasolini.

Hay que señalar que en la década de los 70 del siglo pasado se produjo la gran parte de estas piezas que incitaron a los críticos cinematográficos a preguntarse el por qué estaban enclavadas en un género erótico donde se supone que las obras pretenden levantar la libido del espectador y no derrumbarlo con la exposición de imágenes funestas. La explicación a la duda se encuentra en la característica del Pinku Eiga como género político y combativo, dado que Wakamatsu y Yamamoto intentaban cotejar el absolutismo de los shōgun o el de los dirigentes militaristas que llevaron a Japón a la Segunda Guerra Mundial con la actitud del gobierno nipón de los años 1960 y 1970. Al finalizar esos años convulsos de revoluciones estudiantiles tintadas de socialismo, el cine cruel de torturas politizado se esfumó y muchas de las cintas desaparecieron para siempre hasta el punto de que si no hubiese sido porque una de ellas apareció de repente en catálogos porno propuestos por las distribuidoras especializadas en erotismo Shintoho y DMM, habría sido difícil para los historiadores el conocer la existencia de este capítulo relacionado con el “cine cruel japonés”.

En efecto, Zangyaku jokei-shi (Brutal Female Punishment Chronicle, 1976) de Yamamoto Shinya era esa cinta que exponía violaciones en la época medieval para luego viajar a la era Shōwa donde miembros de las milicias aprovechaban su condición para mortificar a pobres mujeres. En su día no debió ser otra cosa que una muestra más de la temática, pero hoy en día guarda cierto renombre entre los aficionados al Pinku Eiga. Es imperioso apuntar que varias de estas propuestas no cuentan con sus títulos de crédito originales y sí unos rótulos digitales añadidos por los catálogos que las comercializan; este detalle, más el hecho de que son tratadas ahora como productos de consumo rápido por parte de los sellos que las manejan, ha provocado que sus títulos se mezclen y que se genere entonces una confusión sobre la existencia de varias de ellas que ni la documentación sobre Pinku Eiga más precisa ha podido desentrañar.

brutalidad en algunos filmes de Wakamatsu

La brutalidad de algunos filmes de Wakamatsu Koji desdicen su característica de cine erótico.

Zangyaku shojo gomon

Nishihara Giichi rodando Zangyaku shojo gomon.

Sea como fuere, todos los proyectos que acabamos de ver caldearon un estilo que acabó tachando a los japoneses de especialistas en gore depravado. La afamada trilogía sobre tortura de Ishii Teruo desembocó en la aparición de cintas de humor chusco como Tokugawa onna keibatsu-emaki. Ushi-zaki no kei (Shogun’s Sadism, 1976) de Makiguchi Yūji y de más películas estrenadas por una Toei que, para algo, sigue exponiendo en su Toei Movie Land/Eiga Mura las cabezas de látex cercenadas que se utilizaron para sus producciones más macabras.

Otro gran estudio como la Nikkatsu, también se apuntó al sub-género, al retomar en varios de los filmes que conforman su etapa de Roman Porno las narraciones sobre inmolaciones avivadas por desalmados militares. Y ya en nuestros días, la irrupción del splatter internacional y la relativa fama del cómic extremo animaron a los nipones a fabricar desde películas supuestamente snuff, con torturas y muertes reales (véase la saga Guinea Pig) hasta repescar los sucesos verdaderos más repulsivos sobre violaciones múltiples y crímenes cometidos en colegiales para llevarlos a la pantalla. El gore japonés de los años 1980 y 1990 merecería otro capítulo aparte, debido precisamente a su influencia y al interés que despertó en un número no despreciable de aficionados en todo el mundo.

decorados de las películas de tortura

No dudes en visitar los decorados de las películas de tortura de Ishii Teruo en Toei Land.

Hasta aquí, los hechos narrados corresponden más o menos al estudio propuesto por los nuevos críticos anglosajones sobre Pinku Eiga. Aunque es cierto, como decía, que Japanese Torture Punishment History hizo correr ríos de tinta en la prensa especializada, también es verdad que toda la conmoción alrededor de la temática hay que encerrarla en una burbuja dedica a una iconografía y a un estilo muy concreto.

En puridad, y como señalo a lo largo de todo mi libro sobre Pinku Eiga, Cine erótico a la japonesa (T&B, 2012) y a despecho de las ansias de mitificación supuradas por esta clase de expertos nacidos al socaire de la cultura de Internet, habría que averiguar de una forma más profunda si alguna cinta relacionada con el Pinku Eiga fue capaz de influir en el devenir de los géneros cinematográficos japoneses, incluso aunque como en el caso de Japanese Torture Punishment History hubieran logrado una nada desdeñable taquilla. En mi obra, me hago la pregunta de si fue el cine de Serie A el que obligó a los directores de Pinku Eiga a moldear sus narraciones, o por el contrario, fue al revés.

En referencia a este “cine cruel japonés”, pocos críticos y aficionados extranjeros aluden a que las escenas de tortura salvaje comenzaron en las películas del circuito comercial, antes de la irrupción de Komori y de Japanese Torture Punishment History. Del mismo modo que la Shintoho se adelantaba en los años 1950 con muestras de cine obsceno, muchas de las majors ofrecían películas en las que era difícil que no se sucediera una escena de S/M o de tortura femenina. La película de la Shintoho que encabezó todo este fenómeno fue la celebérrima Kyūjūkyū-honme no kimusume (Blood Sword of the 99th Virgin, 1959) de Morihei Magatani, que corroboró el estrellato de una Mihara Yoko que da vida a esa virgen que es sacrificada cada diez años en una población rural de Japón.

Una vez más en Cine de Samuráis. Bushido y Chambara en la Gran Pantalla, me hago eco de que los prestigiosos directores asociados a la Nueva Ola japonesa estrenaron antes de 1964 películas de guerreros medievales donde la barbarie es muy patente. Así, un maestro como Oshima Nagisa colaboraba con la Toei estrenando Amakusa shirō tokisada (1962), en la que valiéndose de la figura real de un samurái que era eliminado por su condición de cristiano, volvía a criticar de forma metafórica la colaboración militar entre Japón y Estados Unidos. Oshima acababa de salir de la Shochiku debido a que este estudio había boicoteado su Nihon no yoru to kiri (Night and Fog in Japan, 1960) por miedo a represalias provenientes de la facción más derechista del país y, fruto de ello, estaba tan enrabietado que no dudó en incluir en su nueva película secuencias atroces de tortura, que si bien estaban filmadas en la lejanía, acongojaban por su ambientación sonora; en la trama, por ejemplo, un pintor es obligado a retratar el “baile de la paja”, el martirio de unos pueblerinos a los que los enviados por el shōgun han colocado manojos de broza ardiente en su cintura.

Bushido zankoku monogatari

Bushido zankoku monogatari, el comunismo de Imai camuflado bajo el género de samuráis.

Un comunista acérrimo como Imai Tadashi, lograba un año después uno de los grandes triunfos de la cinematografía patria con Bushidō zankoku monogatari (Cruel Tales of Bushido, 1963), que ganaba el Oso de Oro del Festival de Berlín. De ella digo en mi libro: “el acto más terrible filmado por Tadashi es aquel en el que varios campesinos son enterrados de cuello para abajo, esperando que los verdugos los decapiten con una gran sierra”. En el mismo texto, comparo su técnica de filmación pasiva con la de Amakusa shirō tokisada y la etiqueto de trascendental precisamente por dar nacimiento al subgénero de depravaciones medievales.

Imai conservaría su acrimonia visual en otros clásicos como Adauchi (Revenge, 1964), o fuera del género de samuráis, con Echigo tsutsuichi oyashirazu (1964). Su impronta será recogida por revistas de la época que, como por ejemplo Hyakumannin no yoru, recopilan películas similares de la Serie A en artículos dedicados a la “crueldad cinematográfica”. Varios de los filmes reseñados serán Rikugun zangyaku monogatari (1963) de Satō Junya; Ansatsu (The Assassin, 1964) de Shinoda Masahiro; Same (1964) de Tasaka Tomotaka; Korera no shiro (The Treasure of Death Castle, 1964) de Kikuchi Yasushi y Tanba Tetsurō; o sobre todo La puerta de la carne (Nikutai no mon, 1964), con la que el alabado Suzuki Seijun escribe otro capítulo de la historia gracias a trivializar varias secuencias de tortura entre prostitutas de la posguerra con sus típicos filtros de colores.