A pesar de la industrialización y modernización sufrida desde el comienzo del periodo de Meiji, la vida japonesa sigue estando íntimamente ligada a las cuatro estaciones del año (季節, kisetsu), como demuestran multitud de festivales, celebraciones anuales, productos y artículos varios y hasta comidas y alimentos que giran alrededor de las cuatro estaciones japonesas, que realmente organizan la vida de los japoneses.

Japón es un país agrícola y tradicionalmente las cuatro estaciones del año han tenido, y siguen teniendo, una gran influencia en el estilo de vida de los japoneses. En la actualidad muchos japoneses ya no viven del campo y por lo tanto no necesitan comprender los cambios estacionales ni los calendarios agrícolas. Ahora viven en casas con calefacción o aire acondicionado durante todo el año o comen frutas y verduras específicas de una estación en otras estaciones, igual que pasa en el resto de Occidente. Pero lo cierto es que las cuatro estaciones del año siguen muy presentes en la vida diaria del japonés contemporáneo probablemente porque le permiten mantener esa conexión con su historia, con su pasado, con su cultura.

Veamos algunos ejemplos para comprender la tradicional importancia de las cuatro estaciones en la cultura japonesa. Observemos los poemas cortos haiku (俳句), por ejemplo. El haiku describe, por regla general, fenómenos naturales, el paso del tiempo y la vida de la gente de un modo sutil, sencillo y austero. A través del haiku, el autor muestra su sensibilidad o capacidad de sorprenderse y conmoverse, de sentir cierta melancolía o cierta tristeza, ese aware del que ya os hemos hablado en alguna ocasión, al ver cómo pasan las estaciones del año y se sucede el tiempo.

Así pues, un buen haiku suele tener una palabra, llamada kigo (季語), que hace referencia implícita o explícita a una de las cuatro estaciones del año. Por ejemplo, el uso del término ruiseñor, uguisu (鶯) nos traslada a la primavera, mientras que hacer referencia a las campanillas asagao (朝顔) es hacer referencia al verano o mencionar la luna llena es mencionar la luna de septiembre y el otoño en general.

朝顔は下手の書くさへあはれなり
[asagao wa heta no kakusae aware nari]
Las campanillas, hasta cuando están mal dibujadas, nos conmueven.
Matsuo Bashō

Otro ejemplo de la tradicional importancia de las cuatro estaciones en la cultura japonesa es la disposición y decoración de las casas tradicionales japonesas. Por ejemplo, en las casas tradicionales no hay muros sino puertas correderas de papel japonés para poder abrir el espacio y dejar que corra el aire durante los meses de más calor.

Además, a los japoneses les encanta colgar las campanillas de viento fūrin en verano, especialmente cuando el calor y la humedad aprietan con fuerza. ¿La razón? Pues porque cuando sopla un poco de brisa y la campanilla suena, sienten que pueden disfrutar de ese momento, del momento en que baja un poquito la temperatura.

campanilla furin

Campanilla de viento fūrin (imagen de bluer)

Por otro lado, la casa tradicional japonesa tiene un rincón llamado tokonoma en el salón principal, donde se cuelga algún cuadro relacionado con la naturaleza y que se suele decorar con algunas flores de temporada en un arreglo floral de tipo ikebana. Esta decoración va cambiando y siempre tiene relación con la estación del año: así, el cuadro de sumi-e, por ejemplo, estará relacionado con la estación del año y la composición de ikebana que lo acompaña en el tokonoma, también.

De la misma manera, los dulces tradicionales o wagashi (和菓子) de la ceremonia del té también son otro buen ejemplo de la importancia de las cuatro estaciones del año. Con tan sólo mirarlos, uno puede ver la relación con la naturaleza y, por lo tanto, con la estación del año. Por ejemplo, con el fin del verano se popularizan los wagashi de castaña, fruto típico del otoño y que apenas se sirve fuera de temporada. Así, un wagashi de castaña refuerza la idea de que es otoño, así como un wagashi con forma de flor de cerezo grita ‘primavera’ por los cuatro costados.

wagashi para la tsuyu

Wagashi específicos de la temporada de lluvias (imagen de Kyoto Saryo)

Sin embargo, es en los eventos y ceremonias anuales donde más vemos la relación actual que siguen teniendo los japoneses con las cuatro estaciones y en general con el paso cíclico del tiempo. Por ejemplo, el invierno va dejando paso a la primavera con el florecimiento de los ciruelos en febrero y la primavera luce en todo su esplendor en marzo y abril con el florecimiento de los cerezos o sakura.

Y la primavera se celebra con una de las actividades más típicamente japonesas, la festividad del hanami (花見) o la contemplación de la efímera belleza de los cerezos en flor, muy ligada, de nuevo, a ese sentimiento de aware. Todo se vuelve sakura y hay helados de sakura, latas de cerveza decorada con sakura, flores de cerezo por todas partes…

sakura en productos asahi

Flores de cerezo en productos Asahi (imagen de Asahi Beer)

La primavera da paso a la temporada de lluvias o tsuyu (梅雨), justo después de la cual llega el verano y sus múltiples festivales o matsuri (祭り). Los fuegos artificiales o hanabi (花火) son una de las maneras preferidas de los japoneses de disfrutar del verano y de hecho la simple imagen de unos fuegos artificiales significa literalmente ‘verano’.

Y el verano finaliza para los japoneses con la luna de septiembre, la luna más bonita del año, momento en que disfrutan de la festividad del tsukimi (月見), es decir, de observar esa preciosa luna llena. Además del tsukimi, otra de las actividades típicas del otoño son los distintos festivales relacionados con la cosecha, aunque lo cierto es que la imagen más típica del otoño es el cambio de color de las hojas, especialmente del momiji (もみじ). La silueta de una hoja de arce roja es, sin duda alguna, sinónima de otoño.

cerveza momiji

Cerveza que celebra el kōyoō o momiji (imagen de HumbleBunny)

El invierno llega con las fiestas de despedida del año o bonenkai (暮年会) y con el ōmisoka (大晦日) o las celebraciones de fin de año, auténtica festividad anual japonesa que viste Japón de decoraciones tradicionales japonesas. Los nabe o estofados son platos típicamente invernales, así como el oden (¡aunque éste ya se encuentra en los konbini hasta en agosto!), pero si hay una imagen típica del invierno en Japón es la de comer mandarinas bajo la kotatsu o manta eléctrica, ¡todo un clásico!

Y con el fin del invierno llega la primavera y… vuelta a empezar.