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Aunque Marco Polo (1254-1354) ya lo menciona en sus crónicas, los primeros europeos que llegaron a Japón fueron los portugueses y españoles a mediados del siglo XVI. Durante el siglo ibérico, un periodo comprendido entre 1543 y 1641, se establecieron relaciones entre Japón y los dos países de la Península Ibérica (unidos en un mismo reino entre los años 1580 y 1640), gracias al desarrollo del comercio y a la actividad misionera que intentó, sin demasiado éxito, la evangelización del archipiélago.

De este primer encuentro entre Japón y Occidente dieron buena cuenta los comerciantes, viajeros, diplomáticos y misioneros españoles y portugueses en numerosos escritos, algunos de los cuales describen con gran detalle la cultura y sociedad de aquella época. Aunque la influencia de Occidente en este periodo fue breve y pasajera, quedó reflejada en la gastronomía, la arquitectura de los castillos, las armaduras japonesas y la escuela de arte Nanban.

En 1641, Japón cerro sus fronteras a todo contacto exterior como medida de autoprotección. Sin embargo, este aislamiento internacional impuesto por los shogunes de la dinastía Tokugawa durante el periodo Edo (1600-1868) no fue del todo completo ya que se permitió a los holandeses tener una delegación comercial en la isla de Deshima, en Nagasaki, así como a los chinos en barrios de comerciantes en la misma ciudad.

Japón y Occidente

© Everett – Art / Shutterstock.com

A partir de 1715 esta vigilancia se atenuó cuando los japoneses vieron que podían aprender mucho de la ciencia occidental. Se levantó la prohibición de importar libros extranjeros y traducciones chinas (siempre y cuando no hicieran referencias al cristianismo) y se estimuló el estudio del idioma holandés, comenzando la escuela de estudios holandeses (rangaku), a través de la que se adquiriría el conocimiento de la ciencia y la tecnología occidental.

A mediados del siglo XIX Japón inició un proceso de modernización en el que tuvo a Occidente como modelo. Países como Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Alemania o Italia establecieron importantes vínculos políticos, diplomáticos, científico-tecnológicos, económicos y comerciales con Japón durante las eras Meiji (1868-1912), Taishō (1912-1926) y la primera parte de la era Shōwa (1926-1989) que fructificaron también en un importante flujo de intercambios culturales.

Mientras que Japón trataba de ponerse a la altura de las potencias occidentales a pasos acelerados y asimilaba de manera entusiasta los usos y costumbres occidentales, Occidente descubrió todo un nuevo universo de formas y colores en el archipiélago japonés. Como resultado de la fascinación que ejercieron los grabados de ukiyo-e, las “pinturas del mundo flotante”, y otras manifestaciones artísticas y las crónicas de periodistas, escritores y viajeros, surgió el japonismo.

Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, y por influencia de la ocupación que sufrió el país por parte de Estados Unidos hasta el año 1952, Japón comenzó a absorber elementos de la cultura occidental. Después de todos esos años de importar cultura y darle su “toque” particular, actualmente es de nuevo Occidente quien mira a Japón.

Esta entrada se publicó originalmente el 1 de enero de 2006.

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