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Las Kasutori son las revistas obscenas que empezaron a editarse en Japón al finalizar la Segunda Guerra Mundial, publicaciones casi ilegales que acabaron siendo otro de los puntos de partida del posterior Pinku Eiga o cine erótico japonés.

Su etimología está relacionada con la elaboración del shochu, un brebaje originario de la isla de Kyushu que puede ser de alta calidad si se produce de forma fundida o pura, o que puede estar algo adulterado si sus principales componentes se mezclan con otros; en este último caso, hablaríamos del shochu kasutori, así que se deduce inmediatamente que estas revistas fueron llamadas de esa manera por su mediocre fabricación; asimismo, porque la bebida barata provoca un mayor embriagamiento y las Kasutori pretendían la rápida desinhibición sexual.

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La calidad de papel de las Kasutori es patética.

En anteriores artículos, habíamos visto que las Basukon Eiga y el resto de cintas de educación sexual, como por ejemplo las Junketsu Eiga o las Seikyiōiku Eiga, así como el género madre (y convencional) donde se parapetaban para no ser descubiertas por la censura, el Kisu Eiga, fomentó un candor sexual generalizado que también salpicó al mundo editorial. Por si fuera poco, en noviembre de 1947 se daba el visto bueno al primer striptease público en Japón, así que teatros célebres, algunos gestionados por la productora Toho, inundaron las tablas de performances más o menos picantes.

El fenómeno necesitaba ser promocionado, explicado e incluso criticado, y para ello, nada mejor que los interiores de unas revistas que despertaron un gran interés. Las Kasutori brotaron como las setas, fagocitando las publicaciones literarias y gráficas sobre eroguro que ya se comercializaban desde los primeros años de la época Showa. Aunque muchas desaparecían tras el tercer número, gran parte sobrevivía, y de hecho, alguna que otra aún se sigue vendiendo en nuestros días.

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Performances, baños turcos, prostitución… estos y otros fueron los temas de estas revistas.

Se suele comentar que Riberaru fue la primera revista en salir al mercado en enero de 1946, y aunque sus responsables decidieron ir eliminando su contenido sexual a medida que pasaban los números para introducirse en el circuito del manga, sus textos contaban de inicio con una gran carga erótica. Se llegaron a vender más de 20 millones de unidades en menos de 10 años.

Las revistas que aparecieron a continuación, Bizarre y Kitan Club, superan a Riberaru en importancia, hasta el punto de que, sobre todo la segunda, es una envidiable institución en el país. Bizarre se especializó en explotar la iconografía del Kisu Eiga en reseñas de todo tipo, al mismo tiempo que se completaba con narraciones bélicas y de espionaje. En cuanto a Kitan Club, dejaremos para otro artículo relacionado con el Kinbaku la descripción de sus características, porque, efectivamente, la revista se convertirá en la reina de las publicaciones sobre bondage japonés, compitiendo con otras Kasutori parecidas y no menos emblemáticas como Ura Mado, o las posteriores SM Fan o SM Kingu.

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Kitan Club y SM Serekuto, dos de las revistas más importantes sobre Kinbaku.

En septiembre de 1945 se redactó el código de prensa que regiría el contenido de estas revistas y de las demás. Todas sufrieron la censura en alguno de sus números, unas reprimendas que se intensificaban cuando los artículos hacían referencias a Estados Unidos o a los nazis. Ni tan siquiera las metáforas parecían superar la criba y así, varias historias sobre violaciones cometidas por los soldados estadounidenses que aparecieron en Kitan Klub fueron modificadas, aunque la identidad de los soldados americanos hubiera sido ocultada bajo la descripción “los hombres grandes”.

Con todo, como digo, en esa década y en la siguiente parecía que cada mes se fundaba una nueva gaceta sexual. Así veremos títulos como: Sei bunka, dedica a la cultura amatoria; Yōki, que ofrecía historias sobre romanticismo grotesco; Fūfu seikatsu, que fue maquetada como si fuese uno de los numerosos semanarios para mujeres tan frecuentes en la época, si bien en sus artículos se discutía temas sobre la organización familiar y el control de natalidad desde un prisma demasiado erotizado; Bunkabito no sei kagakushi o Amatoria (las dos del mismo editor), que ahondan más que nunca en temas sobre la reproducción, las diferencias de sensibilidad entre los genitales o los crímenes sexuales; Fūzoku soshi, que mezcla literatura de terror y misterio con enormes dosis de masoquismo, etc.

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Anuncios sexuales, control de natalidad, relaciones de pareja… la temática de cientos de revistas de las posguerra y años 60.

Algunos historiadores son de la opinión de que el boom de las Kasutori finaliza en 1949, y que los títulos difundidos a continuación no merecerían el apelativo porque, para escapar de las redadas emprendidas por los censores anti-obscenidad, tendieron a dulcificar sus textos. Esta opinión es respetable porque si buscamos el origen de clásicos como por ejemplo Jitsuwa zasshi, lo encontraremos en una revista más agresiva llamada Minoru hanashi, cuya materia se aleja de los posteriores artículos sobre los problemas actuales que trata la primera. Las Kasutori iniciales acabarían en los 60 siendo vendidas ya como material de segunda mano en los kioscos levantados en los templos en días de fiesta como el Ennichi.

Digamos que Minoru hanashi fue reformada en Jitsuwa zasshi porque en estos años 60, con la emancipación de la mujer japonesa, y el evidente progreso del país, surgen nuevas inquietudes, un nuevo modo de contemplar a la fémina, en solitario y dentro del contexto de la pareja. Además, se diversifican los hobbies, y el tiempo de ocio ya no sólo es monopolio de los jóvenes desarraigados, sino también de los oficinistas.

La revista Jitsuwa zasshi tiene, de hecho, en los oficinistas a su nicho principal y de este modo, sus artículos sobre el underground sexual del país, desde donde se recomiendan los mejores prostíbulos, o sus páginas de citas, se intercalan entre reportajes que descubren cómo tiene que ser la mejor secretaria, la aparición de nuevos tipos de esposas o acompañantes, o la polémica de los trabajos a tiempo parcial aceptados por las estudiantes de menor edad.

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Jitsuwa Zasshi y Hyakumannin no Kamera, dos clásicos de la prensa para adultos japonesa.

Jitsuwa no izumi, Gahō Jitsuwa Zasshi, Jiken Jitsuwa, etc., representan el amarillismo más feroz. Ahora, las fotografías artísticas de desnudos y los artículos con estilo parecido a los anteriores conviven con informaciones sobre affaires protagonizados por jugadores de béisbol u otras celebridades. Algunas revistas incluso se atreverán a plasmar a la yakuza o mafia japonesa en sus páginas, o a vilipendiar a una ídolo nacional como Misora Hibari.

Lo mejor de todo es que aún estaba por despegar el cine erótico. Hasta entonces, los columnistas tenían que insistir en sus temáticas patrón porque la Gran Pantalla japonesa no era muy profusa a la hora de mostrar “carne”. Hyakumannin no yoru, que había comenzado con un especial sobre sexología en 1956, explotará en sus portadas a las principales flesh actresses de la Shochiku, Shintoho y Nikkatsu, pero en su interior se mantendrá la línea de Jitsuwa zasshi, introduciendo sólo de vez en cuando alguna reseña sobre Seikyiōiku Eiga o Shō Eiga (“filmaciones de actuaciones del teatro burlesque“); y publicaciones hermanas como Hyakumannin no Kamera y similares centradas en el arte tocarán más el cine, aunque exponiendo las secuencias de cama de los melodramas recargados de la Daiei, o el erotismo del legado centroeuropeo.

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En estas revistas comenzarán artistas de la fotografía de desnudos y del manga e ilustración eróticos que serán muy conocidos a posteriori.

El comienzo del Pinku Eiga ofrecerá al fin a estas revistas suficiente material erótico como para no redundar ya tanto en esos artículos de recomendaciones sexuales a parejas o a recién casados. Hyakumannin no yoru, Hyakumannin no Kamera y hasta Jitsuwa zasshi, sin dejar de lado las noticias sobre fūzoku (“industria del sexo”), sobre escándalos de famosos y sobre crímenes varios, mejorará ahora su sección cinematográfica, con crónicas donde se informa de los estrenos de las  nudies americanas, aquellas que sirven de modelos para muchas Pinku Eiga, a la par que se reseñan los argumentos de las propias producciones sicalípticas niponas.

A todo esto, es necesario comentar que a muchos columnistas no les interesará concretar un trabajo perfecto como crítico cinematográfico, y ya no digamos como publicistas del producto; una lectura rápida de las reseñas nos deparará que muchas veces los textos no concuerdan con las temáticas de las películas, o que no tienen sentido; da la sensación de que lo importante era la muestra de las fotografías con secuencias de cama, y que los párrafos se incrustaban sólo como complemento, a imagen y semejanza de los acompañamientos vacuos de las revistas pornográficas actuales. Hay muchas posibilidades de que los errores garrafales de documentación que pueblan The Sex Films: Japanese Cinema Encyclopedia, la primera biblia occidental escrita sobre cine erótico japonés, tengan su origen en el hecho de que su autor Thomas Weisser decidiera utilizar estas crónicas sin corroborarlas con el visionado de unas películas que, por otro lado, son de difícil o imposible acceso; los deslices, por cierto, serán mantenidos por otras obras magnas sobre Pinku Eiga que vendrán después, y ya no digamos por Wikipedia o demás plataformas de Internet.

Seijin Eiga, dirigida por una mujer, se convierte en el panfleto principal del Pinku Eiga, una revista completamente especializada que aún así, y del mismo modo que Hyakumannin no Kamera y otras, brindará especiales donde el cine de Serie A también es repasado.

Es bueno pararse en este punto; desde el mismo 1962, las majors intentarán combatir la sexploitation de las Pinku con su propia andanada de desnudos, logrando a veces que las diferencias entre la Serie A y la B se minimicen. Seijin Eiga y compañía acabarán por no hacer una distinción clara de lo que es Pinku, menos aún con la entrada en escena del cine de Arte y Ensayo promovida por la asociación teatral y distribuidora ATG, y aquí puede que esté el origen de muchos fallos generalizados promulgados por parte de la crítica occidental a la hora de etiquetar a varios clásicos japoneses del Séptimo Arte; véase esa falta de rigor al tachar a La puerta de la carne (Nikutai no mon, 1964), la acreditada pieza de la Nikkatsu firmada por Seijun Suzuki, como una Pinku, únicamente por ser el primer film con desnudos en el circuito de una productora grande.

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Pinku Eiga desaparecidas como House of the Blind Lust de Seki Koji serán reseñadas en Pinky y en otras revistas especializadas.

A partir de aquí, Seijin Eiga será seguida por una ristra más de revistas concentradas en el Pinku Eiga, en el Pinky Violence, en el Nikkatsu Roman Porno, y en el resto de manifestaciones cinematográficas sobre erotismo japonés. Algunas serían Zoom Up, Cinetopia, Love, Look, Soft Magazine o la genial Pinky, publicaciones baratas para adultos que, a excepción de aquellas en las que sus críticos se inventaban los argumentos, representan la única fuente fiable de un género cinematográfico cuyo gran grueso está desaparecido.