Hablemos de la geisha. En artículos anteriores hemos hablado de cómo una chica se convierte en maiko y del paso de maiko a geisha, con lo que hoy nos toca hablar de la geisha en sí: una mujer que ha estudiado mucho el baile, música y artes tradicionales de Japón y que es capaz de mantener activa una reunión, dando conversación, inventándose juegos, etc. Un resumen muy resumido, pero para que nos hagamos una idea.

Apariencia de una geisha

Para demostrar que es mucho más madura que la maiko, a la que todavía le queda mucho por aprender, la geisha lleva kimonos y obis menos llamativos y pocos adornos en sus pelucas, además de un calzado más acorde a su experiencia y maquillaje algo diferente. Pero como las diferencias entre maikos y geishas son muchas, dedicaremos una entrada específica a ellas para que podamos aprender a diferenciarlas (ya que realmente son completamente distintas). Si bien la maiko es joven e inexperta y busca ‘sorprender’ con su atuendo, la geisha es ya una mujer experimentada que ha estudiado mucho para estar donde está, con lo cual demuestra su valía no tanto en su aspecto físico sino en sus dotes, que es lo que la hace especial, lo que sorprende y engancha al cliente.

Geisha en Miyagawacho

Geisha en Miyagawacho

El día a día

Las geishas son criaturas de la noche, que llegan a acostarse a las 3 o las 4 de la madrugada todos los días. Así pues, es normal que su día no empiece hasta bien entrada la mañana, aunque dentro del hanamachi tampoco se permita mucha holgazanería y descanso. Es curioso, sin embargo, caminar por las calles del hanamachi a primera hora de la mañana: el silencio y la tranquilidad reinan por todas partes. Al mediodía, sin embargo, los ojos del visitante pueden empezar a ver aparecer maikos y geishas, en kimonos simples y sin maquillaje ni pelucas, de compras, de restaurantes o simplemente de relax.

Geisha en Pontocho, por la mañana

Geisha en Pontocho, por la mañana

Pero existe una gran diferencia entre maikos y geishas. Al situarse un poco más arriba en la escalera jerárquica del hanamachi, la geisha puede permitirse el lujo de levantarse un poco más tarde que la maiko, sobre las 9 o las 10 de la mañana, e ir tranquilamente al kaburenjo a las clases a las que asista, ya que la geisha, por más experimentada que sea, nunca deja de ir a clase. Debe repasar los movimientos de danza, las notas del shamisen, los movimientos de la ceremonia del té, tocar el taiko o hasta cantar. Después, como la maiko, puede dedicarse a pasear o a comprar, aunque son muchas las veces en las que la geisha tiene que ir a comprar un kimono nuevo (o cualquier otro elemento de vestuario y accesorios) o tiene que llevar la peluca al cuidado del peluquero. Muchas veces, además, la geisha se detiene en el kenban, la oficina oficial de registro encargada de las reservas que hacen las ochaya para las maiko y geisha, y comprueba su agenda u otros quehaceres. Pero, por encima de todo, la geisha pasea, saluda, sonríe y habla un poquito con toda la gente que trabaja con y para ella en el hanamachi. El respeto mutuo y la lealtad se esconden detrás de estos paseos: si una geisha es maleducada, quizá el peluquero tardará más en arreglarle la peluca. Es por el bien de toda la comunidad del hanamachi que la geisha quede bien con todos y cada uno de sus miembros.

Kenban del distrito de Gion

Kenban del distrito de Gion

Al mediodía, de vuelta a la okiya, las geishas y las maikos comen y finalmente se preparan para la noche: con el kimono interior puesto, primero se maquillan, luego se visten y finalmente se colocan la peluca y los pocos adornos que suelen llevar. Entre las cinco y las seis de la tarde las geishas salen de la okiya y, siguiendo las instrucciones del kenban, acuden a una ochaya, donde normalmente habrá otras geishas o maikos. La noche transcurre de banquete en banquete, a veces a pie (si las ochaya están realmente cerca), aunque la mayoría de las veces las chicas se trasladan en taxi (para evitar los borrachos salaryman que, después de la cena y las copas con los compañeros de oficina, vuelven a casa).

Al llegar a casa, se desvisten, se quitan la peluca, se desmaquillan y se toman un ofuro, un baño típico japonés, todo con la ayuda, muchas veces, de la pobre shikomi-san, la joven situada en el escalón más bajo de la jerarquía de los hanamachi y la que menos (o peor, en todo caso) duerme.

Ser geisha: la esencia del iki

En Japón las geishas siguen siendo la personificación del iki, un cierto tipo de elegancia y un estilo descarado pero elegante que tiene relación con una manera especial de ver la vida. En el iki, tanto las emociones humanas como los ideales estéticos están entretejidos: cuando una mujer hoy en día decide convertirse en geisha, eso es ya una muestra de iki. Tener iki no es realmente un arte que la geisha pueda aprender, sino que es algo que debe existir dentro de ella y que se perfecciona mediante el minarai, o el aprendizaje por observación.

Geiko Takamaru, acudiendo como onêsan al omisedashi

Geiko Takamaru, acudiendo como onēsan al omisedashi

A comienzos del siglo XIX el mayor logro al que podía aspirar una geisha era que dijeran de ella que tenía iki. En esos momentos las geishas eran la combinación perfecta de los estilos de dos tipos de mujeres totalmente diferentes: las yūjo y las shiroto. Las primeras eran las cortesanas, o prostitutas, todo lo contrario del iki: sus extravagantes y desmañados kimonos, su excesivo maquillaje y su rimbombante uso del lenguaje a menudo eran objeto de burla. Las shiroto, por otra parte, eran mujeres que trabajan en la casa, como amas de casa o sirvientas, y vestían de una forma mucho más humilde pero, por supuesto, no tenían mucho interés. El iki de una geisha era un delicado equilibrio entre estas dos categorías estéticas tan antagónicas y a menudo les llevaba horas y horas perfeccionar sus maneras de vestir, su forma de comportarse y sus habilidades artísticas para mantener este equilibrio.

Aunque el tiempo y los esfuerzos que las geishas ponían en conseguir el iki pueden sugerir lo contrario, el objetivo principal era y sigue siendo conseguir una elegancia sobria. Las geishas que tenían iki usaban maquillaje ligero pero refinado (mientras que las shiroto no usaban nada y las yūjo demasiado). El kimono de una geisha también tenía un patrón exquisito, con el obi atado en un lazo poco ceñido o doblado en cuadrado. La forma de vestir de una geisha sugería erotismo, no lo mostraba descaradamente como en el caso de las yūjo. El erotismo, de hecho, tiene un papel importante en el iki. Las geishas saben perfectamente cómo ser seductoras: un mechón de pelo suelto en un peinado por lo demás perfecto, o un vistazo fugaz de color rojo debajo del cuello de un kimono negro, son las armas que utilizan para ser eróticas, pero sin llegar a ser descaradas.

El iki no es un ideal abstracto al que tienen que ceñirse las geishas a lo largo de su vida, sino que por el contrario, ellas mismas son muy importantes a la hora de crear moda, y en definitiva a la hora de establecer cómo se consigue ese estado de iki. El iki, también, es refinado e inocente, pero desde luego no es naif. Dentro del hanamachi se dice que para tener iki una mujer tiene que haber probado, por ejemplo, los frutos del amor, tanto los amargos como los dulces, y por eso las muchachas jóvenes rara vez tienen iki. El iki, pues, se consigue con los años y la experiencia.

Geisha saliendo del kaomise, Gion

Geisha saliendo del kaomise, Gion

El patrono: el danna

En anteriores entradas hemos comentado que cuando una geisha celebraba su erikae (el paso de maiko a geisha) si tenía danna, éste se encargaba de todos los gastos de vestuario y peluquería. Sin embargo, aunque en el pasado casi todas las geishas tenían su patrono o danna, en la actualidad ya muy pocas gozan de esta ventaja. El danna normalmente era (o es, en los casos actuales) un hombre rico, conocido en el hanamachi y cliente regular de alguna casa de té del hanamachi.

Pero convertirse en danna no es tan fácil, como nada dentro del hanamachi. Hay ciertos pasos que hay que seguir ineludiblemente. Primero tiene que consultarlo con la okāsan de la ochaya en la que trabaja la geisha y que frecuenta el futuro danna, que le informará de si la chica está dispuesta o no a emparejarse. Si así fuere, la okāsan de la casa de té hablará directamente con la okāsan de la okiya donde vive la joven, para cerciorarse de los deseos de la chica. Seguidamente, las dos okāsan discuten los detalles del patronazgo con el futuro danna, es decir, hablan de forma clara y detallada sobre la cantidad de dinero que él se propone a otorgar y gastar con la geisha y la chica decide si aceptar o no este patronazgo. En caso negativo, ésta pedirá a su onēsan que haga de intermediaria y hable con las dos okāsan en su favor.

Si decide aceptar el patronazgo, la geisha y su danna no pasan por ninguna ceremonia de celebración y no existe ningún papel que certifique dicho patronazgo, ya que lo más importante en los hanamachi es la confianza (según un dicho de los distritos de geishas, “si no se puede confiar en alguien sin firmar ningún papel, entonces no hay razón para firmarlo”). Así pues, una vez aceptado el acuerdo, el danna paga un “salario” mensual a la geisha que normalmente cubre los gastos de manutención y alquiler del piso al que la geisha se traslada. A veces, también le compra kimonos y obi o la invita a representaciones teatrales. Además, el danna reparte entre sus amigos y conocidos entradas para las actuaciones artísticas de la geisha. Sin embargo, si el danna la convoca para un banquete, este tendrá que pagar como cualquier cliente más, a pesar de la estrecha relación que los une.

Geisha y su danna

Geisha y su danna

El danna, que suele ser mucho mayor que la geisha, goza del privilegio de ser la prioridad número uno en el tiempo libre de la chica. Ella no podrá quedar con otro hombre fuera de las horas de trabajo y si alguien la invitara, tendría que consultarlo primero con su danna. Además, el danna es el hombre que escucha todas y cada una de las vivencias de una geisha, ya que si descubriera algún secreto, podría romper el patronazgo, que, recordemos, no consta de base legal. En ese caso, el danna tendría que pagar una cantidad llamada mazu, además del salario de los tres meses posteriores. En el caso de que sea la geisha la que quiera romper el patronazgo (hima wo morau, literalmente “recibir el tiempo libre”), el patrono no tendrá que pagar el mazu.

Actualmente, en una sociedad tan estresante y activa como la japonesa, muchos hombres no pueden permitirse el lujo de perder el tiempo hablando con las okāsan para convertirse en danna. Asimismo, los grandes cambios económicos y sociales han contribuido a que en la actualidad haya menos hombres lo bastante ricos como para convertirse en patronos de una geisha. Sí existen, sin embargo, lo que podríamos llamar “clubes de fans” de ciertas geishas, un grupo de clientes frecuentes que no pueden permitirse ser danna (por la regularidad del esfuerzo económico), pero sí pueden regalar a la chica caros adornos, obi nuevos, kimonos fantásticos, etc., no de forma regular, como haría un danna, sino cuando ellos quieren y pueden. Gracias a estos regalos esporádicos (que pueden ser menos esporádicos cuanto más famosa y conocida sea la geisha), la chica puede subsistir y vivir bien sin gastar gran parte de sus ahorros en vestuario y accesorios, objetos tan caros y exclusivos que podrían llevarla a la bancarrota.

Geisha y maiko en un taxi, en Gion

Geisha y maiko en un taxi, en Gion

La despedida: el hiki-iwai

El tiempo de servicio en una okiya suele ser de 5 o 6 años. Este tiempo, llamado nenki en japonés, incluye las etapas de shikomiy maiko. Durante este tiempo, la geisha vive y trabaja en y para la okiya. Una vez devuelto todo el dinero invertido por la okiya, la geisha puede abandonarla y convertirse en jimae, en una geisha independiente. Como jimae, la geisha trabajará como cualquier profesional más y disfrutará, quizás, de una vida un poco más relajada, lejos de la constante supervisión de la okāsan…. hasta que decida dejar completamente la profesión. La ceremonia que marca el retiro de la geisha de la vida profesional se llama hiki-iwai. En el pasado, el hiki-iwai marcaba o bien la terminación, por parte de la geisha, del nenki o “tiempo de servicio” o bien el haber pagado todas las deudas (gracias a un patrono). Actualmente, es el día en que la geisha da las gracias a toda la comunidad del hanamachi por haberla ayudado durante sus años de trabajo y marca su abandono de la profesión, aunque como en cualquier otro lugar, los tiempos y las cosas están cambiando en los hanamachi y muchas geishas no sienten esa obligación o ese sentido de deuda hacia la comunidad, de manera que abandonan la profesión sin celebrar el hiki-iwai (algo muy mal visto por las ochaya y las okiya, todo sea dicho).

La ceremonia del hiki-iwai es bastante informal (sobre todo si la comparamos con otras ceremonias de este peculiar mundo). La geisha, normalmente vestida de día (es decir, con kimono sencillo, sin peluca ni maquillaje) regala unas cajas llenas de arroz a sus profesores, a las okāsan, a sus onēsan y a otros colegas del hanamachi, expresando su más sincero agradecimiento. Como detalle cabe destacar que si el arroz es blanco y está cocido, significa que la geisha nunca más volverá a ejercer la profesión, pero si el arroz está teñido de rojo por la adición de judías rojas sasage, la geisha deja abierta la posibilidad de volver al hanamachi.

¿Cuándo se celebra el hiki-iwai? En la vida de la geisha no hay fecha de jubilación, así que mientras una geisha sea popular y tenga clientes regulares, puede seguir en activo, sin tener en cuenta su edad. Sin embargo, cualquier geisha puede abandonar la profesión en cualquier momento y por cualquier motivo: porque quiere abrir un establecimiento dentro o fuera del hanamachi, porque se quiere casar, porque siente que ya es mayor para ser geisha, etc.

Algunas abandonan la profesión a una edad temprana (25 o 26 años) para casarse y adoptar una nueva vida. Otras, por el contrario, dedican toda su vida al hanamachi, primero como geishas y después como okāsan. Sea como fuere, con cada celebración de hiki-iwai, el hanamachi pierde una geisha y se pregunta, con el paso de los años, si lograrán no desaparecer.