Cuando Tetsuo me contó la historia de la cucaracha, no quise creerle. O no supe creerle, no lo sé. Tetsuo siempre fue el más imaginativo de los dos, el más despierto y activo, el que más hablaba y soñaba en sus palabras. Unas palabras que conquistaban a cualquiera, que te atrapaban y te ataban a sus sueños. Nunca fue extremadamente guapo, pero sus conquistas se apilaban en la memoria de todos sus amigos, como espinas atrapadas en la garganta que se clavan cada vez que tragas saliva. Exactamente igual. Todas eran chicas guapas, atractivas y sensuales, todas caían en sus brazos, sin que él casi se diera cuenta, aunque lo sabía muy bien, porque era un mentiroso compulsivo, porque sus mentiras eran sueños que se retorcían en las mentes de sus presas. Y en las de sus amigos.

Tetsuo era soñador y se creía sus sueños. ‘Yo soy realista, creo en la realidad’ le decía a Tetsuo, que siempre me hacía la misma pregunta, ‘y, ¿qué es la realidad? ¿No es real acaso lo que sucede en tu cabeza?’ Sí, hablábamos en japonés, pero claramente hablábamos en idiomas distintos. Casi me atrevería a decir que ambos vivíamos en mundos distintos, él en su mundo de sueños y ficción, yo en mi supuesta realidad. Pero quizá era eso lo que le gustaba de mí y a mí de él: yo no entraba en sus sueños, era el único que conseguía mantenerse escéptico en su mundo, mientras él removía mi realidad y conseguía que me replanteara qué significaba todo. A carcajadas, producto de las Asahi que nos habíamos bebido para olvidar y recordar, bromeábamos con la idea de que éramos los nuevos filósofos del siglo XXI.

Cómo echo de menos esas risas ahora.

Tetsuo me contó la historia de la cucaracha hace exactamente veinticuatro años, cuando ambos empezábamos a pretender ser adultos responsables y trabajadores en nuestras multinacionales. Cuando se suponía que teníamos que casarnos, formar una familia y ser el ‘japonés típico’: un salaryman aburrido de su trabajo, asqueado con la vida, con una mujer a la que no ve y unos hijos a los que ni reconoce. No. En los sueños de Tetsuo no entraba esa pesadilla y en mi realidad tampoco. Preferíamos salir por uno de los barrios más fascinantes del mundo, Shinjuku, en la capital más bulliciosa del planeta, Tokio, beber y comer en una izakaya y reírnos de todo. De sus sueños y de mi realidad. Ahora me doy cuenta de que no se trataban ni de sus sueños ni de mi realidad, sino que se trataba de nuestro mundo. Un mundo aparte en el que sólo vivíamos nosotros dos; el resto eran meros espectadores que no podían cambiar ni siquiera una palabra del guión.

Después de unas cuantas Asahis y unos yakitori en un callejón sucio y oscuro paralelo a las vías de la línea Yamanote, Tetsuo me contó la historia de la cucaracha. La historia de una cucaracha que, según Tetsuo El Soñador, vivió y convivió con él en su pequeño apartamento de Ueno.

Lo sé. En Tokio habrá millones de cucarachas, sobre todo en los meses de verano, cuando el calor y la humedad consiguen que se reproduzcan con una facilidad pasmosa. Y sí, sé qué os estáis preguntando, ¿por qué una cucaracha, una simple cucaracha en un país lleno de ellas, tiene tanta importancia? No lo sé, pero al día siguiente de contarme la historia de la cucaracha, Tetsuo desapareció. Y desde entonces, durante veintiún años, he vivido solo en este mundo, que era nuestro, de los dos, convirtiéndome en un simple observador de una realidad lejana, parecida a un sueño.

Tetsuo estaba tumbado en el suelo de su oscuro y sucio apartamento de Ueno. Las paredes, que antaño habían sido blancas, eran hoy de un marrón amarillento. El tatami estaba completamente gastado y roído, haciendo visible la posición del futon por las noches, un tatami y un futon que habían visto y disfrutado de muchas conquistas soñadoras. El papel de arroz de la shoji que separaba su habitación de la entrada estaba roto por varias partes, sin que él nunca hubiese reparado en la posibilidad de arreglar las marcas de una noche de placer. Tetsuo estaba tumbado en el suelo leyendo “La Metamorfosis” de Kafka, una de sus novelas favoritas, porque le permitía vivir, soñar despierto. Estaba a punto de girar una nueva página de su libro preferido cuando, por el rabillo del ojo, vio cómo algo negro se movía rápidamente por la esquina de la habitación, esquivando un montón de libros viejos desperdigados por el suelo.

Cerró el libro. No le hacía falta utilizar un marcador, sabía exactamente en qué página se había quedado, ¡las había leído todas tantas veces! Medio arrodillado, se acercó hacia Algo Negro, que seguía buscando su ruta por entre los libros viejos desperdigados por el suelo. ¿Qué hacía ahí, justo ahí entre sus libros? Quizá Algo Negro también quería leer, pensó Tetsuo, claramente ofuscado en su mundo de sueños. Quizá Algo Negro necesite leer, como lo necesito yo, ¿por qué no? Su mente iba más rápido que las palabras que podían salir de su boca, por lo que nunca hablaba solo en voz alta. Pensaba en voz alta. Y su mente iba a mil por hora.

Algo Negro se detuvo de golpe, como anticipando un peligro al acecho. Sabía que no había escapatoria, sabía que su color negro azabache lo delataba entre tanto marrón amarillento de paredes y tatami, sabía que no servía de nada detenerse. Pero se detuvo. Aguantó la respiración y esperó. Sin saber muy bien qué esperar. Sin querer esperar lo que sabía.

Tetsuo se acercó hasta estar a pocos centímetros de Algo Negro. Hizo un gesto de cansancio, de rabia cansada, de estar harto. Cogió un libro. Lo levantó con la mano y en ese preciso momento, Algo Negro habló:

– Sé que he invadido tu intimidad… y lo siento. Pero no me mates como las matáis a todas.– Algo Negro parecía estar sollozando, si es que Algo Negro podía sollozar.

Tetsuo se quedó inmóvil, con su mano agarrando el libro, todavía en el aire. No sabía si estaba en una realidad de sueños o si en un sueño de la realidad. Estaba confundido. En un segundo, tuvo tiempo de preguntarse si había bebido, si se había colocado o si se había pasado demasiadas horas leyendo, olvidándose de comer. Automáticamente se respondió que no. Y volvió a la confusión.

– Sé qué estás pensando. Y no, ni has bebido ni te has colocado. Y sí, has comido y te has tomado un té verde. Hace rato que te observo.

Los ojos de Tetsuo se abrieron de par en par, como si de un dibujo de manga se tratase.

– ¿Qué quieres? –preguntó casi en un susurro, porque ya conocía la respuesta.

– Que no me mates… Y que vengas conmigo.

Cuento publicado originalmente el 27 de octubre de 2007