Seguimos con nuestro especial sobre masculinidades japonesas y lo hacemos centrándonos en otra de las nuevas masculinidades que aparecieron a finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI: la masculinidad del otaku.

Después de hablar de las masculinidades previas al Japón actual y de definir la llamada ‘masculinidad del sarariiman‘, explicamos qué pasó en Japón para que la figura del sarariiman perdiera fuerza y comenzara un proceso de feminización de la masculinidad que se oponía totalmente a la figura dominante del sarariiman (o salaryman en inglés), el omnipresente oficinista asalariado de traje oscuro y camisa blanca que puebla las oficinas y calles de Japón y que ejemplifica un tipo de masculinidad hegémonica hasta hace unos años en Japón.

Pero masculinidades como la del hombre nuevo o el hombre herbívoro no son las únicas que han aparecido con fuerza en los últimos años. La figura del otaku, de la que hablaremos a continuación, es especialmente interesante por cómo surgió y especialmente por cómo ha evolucionado a lo largo de los años.

El mundo alternativo del otaku

Para la gente que ha crecido con el ‘sentido común’ que dice que el amor se encuentra en el mundo en 3D, probablemente sea imposible entender qué quiero decir. El amor en 3D es como el gobierno del bakufu del período de Edo. Durante aquella época, todo el mundo pensaba que el bakufu duraría para siempre. Era casi imposible imaginar otro tipo de gobierno cuando, de repente, aparecieron los barcos negros … Ahora, la revolución del amor (ren’ai Kakumei) que se está expandiendo por todo el Japón es más fácil de entender desde un punto de vista del período de Meiji. Durante bastante tiempo, todo el mundo pensaba que la creencia “amor = mundo 3D” seguiría para siempre, pero con la aparición del fenómeno moe esta creencia ha comenzado a desaparecer.
Toru Honda

Si la apertura de Japón a finales del siglo XIX supuso un proceso de cambios sociales y económicos importantísimos que culminó en el surgimiento de la masculinidad del sarariiman, para el crítico cultural Hiroki Azuma, “el trauma político y social y las invasiones culturales estadounidenses acaecidas tras la Segunda Guerra Mundial son una de las razones principales de la aparición de una nueva masculinidad más tecnologizada” (citado en Napier, 2011, p. 155).

Esta masculinidad más ‘tecnologizada’ de la que habla Azuma es la masculinidad de los otaku, una figura que representa el sentido de pérdida e incertidumbre que inundó Japón especialmente tras el estallido de la burbuja económica, un momento que como ya vimos en entradas anteriores tuvo un impacto clave en la reestructuración de las masculinidades del país.

La figura del otaku

otaku masculinidad japonesa

Imagen de Japan Today

El otaku es un hombre joven, soltero, fanático, conocedor, coleccionista y consumidor de la subcultura formada alrededor del manga y el anime y que siente una gran atracción emocional y/o erótica hacia los personajes femeninos de los manga y los anime (Moon, 2013, p. 148) (lo que se denomina moe). Es por eso que los otaku rara vez se relacionan con mujeres reales y prefieren chicas imaginarias que se parezcan a sus personajes de manga y anime favoritos.

Normalmente viven aislados de la vida “real”, sólo se comunican entre ellos y se sitúan en espacios imaginarios, ya sea en el ciberespacio o en los comerciales maid cafe, para así escapar de tener que establecer compromisos con la gente real o que no tenga los mismos intereses (Kumagai, 2013, p. 157). Los otaku, además, no dan importancia a su aspecto ni a su físico y, desde fuera, suelen parecer introvertidos, egoístas y sin compromiso (Kumagai, 2013, p. 162).

Así, la imagen del otaku como un geek, con gran conocimiento tecnológico, obsesivo y socialmente inepto es totalmente opuesta a la de la imagen del sarariiman. Si la masculinidad del sarariiman se mide por su productividad, la del otaku se mide por su consumo (Condry, 2011, p. 263) que, al igual que en el hombre nuevo y el hombre herbívoro, es una de sus características principales, pero de una manera bastante diferente. Así, el otaku consume desde videojuegos, manga, anime o coleccionables hasta tardes en el maid cafe para crear y disfrutar de su mundo virtual.

De hecho, el otaku suele ser tachado de ‘patético’ porque no es un sarariiman o al menos no es un hombre corporativo y proveedor de una familia nuclear. Sin embargo, si bien en este aspecto rompen con los cánones de la masculinidad hegemónica, los otaku realmente no suponen un cambio radical hacia formaciones sociosexuales previas como la homosocialidad en el ámbito laboral (en el caso del otaku en el ámbito de la su afición/obsesión) o la heterosexualidad normativa, por ejemplo (Lamarre, 2004, p. 175).

Definitivamente, a los otaku les falta algo en cuanto a su comportamiento masculino. La gran mayoría miran lascivamente imágenes de Minky Morna [de Magical Princess Minky Momo, una serie de anime para chicas de 1982] y Nanako [de Nanako SOS, un manga de Azunu Hideo que fue adaptado al anime en 1983] que llevan pegadas a sus pases de tren – podríamos llamarlo un complejo 2D o algo así, pero es que no se atreven a hablar con una mujer de verdad… Y la foto de una mujer joven desnuda no les dice absolutamente nada.
Nakamori Akio (citado en Galbraith, 2015, p. 210).

El origen de la cultura otaku

Pero hablar de la cultura otaku supone reflexionar sobre la incapacidad japonesa de aceptar plenamente la derrota de la Segunda Guerra Mundial, la posterior invasión cultural norteamericana y las condiciones distorsionadas que llevaron la modernización y posmodernización en Japón (Azuma, 2009, p. 24).

Para muchos estudiosos, como Okada (1996) los otaku son “los verdaderos herederos de la cultura japonesa” (citado en Azuma, 2009, p. 9); es decir, ellos son supuestamente los portadores de la cultura japonesa tradicional. Esta línea de pensamiento se ejemplifica muy bien con algunas de las obras del artista contemporáneo Takashi Murakami, que es un gran aficionado a incluir personajes de manga en imágenes relacionadas con la tradición japonesa y a menudo mezcla elementos del ukiyo-e con elementos del manga, reflexionando sobre la posibilidad de que los otaku sean los sucesores de los artesanos del periodo de Edo.

takashi murakami y el manga

KaiKai KiKi News NO2 de Murakami

Para muchos teóricos como Okada o incluso para el artista Murakami, el posmodernismo japonés, momento en el que surge el otaku, es una época donde las sensibilidades reprimidas del periodo de Edo resurgen y dan forma al Japón actual (Steinberg , 2004, p. 456). Estos teóricos, sin embargo, no tienen en cuenta la influencia de la cultura estadounidense durante el período de posguerra en el surgimiento del otaku, ni la importación de subculturas estadounidenses durante la ocupación aliada, de las que hablaremos en próximas entradas.

Esto es, probablemente y según afirma Azuma (2009) por la “ilusión narcisista” surgida de la burbuja económica de la década de 1980 y muy ligada al intento de superar las heridas de la derrota en la Segunda Guerra Mundial (citado en Steinberg, 2004, p. 458). Estas cicatrices de la derrota, que Azuma (2009, p. 19) conecta con la cultura otaku, son una “reflexión grotesca de la fragilidad de la identidad japonesa“. Los términos grotesco y frágil conectan muy bien con la imagen del otaku, que a pesar de no ser un tipo de hombre concreto, sí puede definirse por su obsesión por el manga o el anime, con ciertas tendencias homosociales y una masculinidad no cualificada que lo hace parecer patético a ojos del resto de la sociedad (Lamarre, 2004, p. 166).

Buen otaku vs. mal otaku

dibujo otaku

Ilustración de Irasutoya

Volviendo al tema del consumo, para Condry (2011, p. 165), justamente dependiendo del producto que el otaku cree y consuma podrá considerarse un “buen otaku” o un “mal otaku“: los malos otaku producen violencia, agresividad y productos extremadamente sexuales y hasta perturbadores. El ejemplo perfecto del ‘mal otaku’ lo encontramos en la figura de Tsutomu Miyazaki, a quien la policía de Tokio arrestó en 1989 con 26 años de edad, por la violación y asesinato de cuatro niñas de entre 4 y 7 años.

Cuando la policía encontró en su casa una gran colección de vídeos de anime y películas sangrientas, los medios de comunicación dejaron de utilizar el apodo de “el asesino de niñas pequeñas” para usar el de “el asesino otaku” (Moon, 2013, p. 150) y desde entonces el término otaku pasó a tener fuertes connotaciones negativas, aunque esta tendencia es cada vez menor. La figura del otaku pasó de relacionarse con la de un asesino en potencia, a la de nerd asocial, obsesivo e improductivo, marginado y alienado en una subcultura basada en un mundo imaginario.

Así pues, los malos otaku parecen estar perdiendo terreno en un contexto en el que los buenos otaku se han convertido en casi los líderes de la nueva sociedad de la información de una subcultura que, curiosamente, se ha convertido en uno de los símbolos más prominentes de Japón en Occidente y que el propio gobierno utiliza en su campaña de marketing Cool Japan.

El diamante en bruto

Después del gran debate mediático de la década de 1990 en el que se atribuía a los otaku crímenes horribles y un grave comportamiento antisocial (Kinsella, 2000, p. 126-129), el término se asoció a hombres con un interés ‘anormal’ en el manga, el anime y los juegos electrónicos. Recientemente, sin embargo, la problemática de la masculinidad del otaku ha ido desapareciendo por la naturalización y trivialización de las culturas fan alrededor del manga, anime y videojuegos en Japón (LaMarre, 2006, p. 387-390) y hasta se entiende que los hombres que deseaban a los personajes femeninos del manga y el anime de finales de los años 1970 y comienzo de la década de 1980 pusieron contra las cuerdas el sentido común de género y sociedad en Japón (Galbraith, 2015, p.205).

Así pues, aunque todavía hay cierto recelo y cierta creencia de que el otaku es la causa y el síntoma de la “posible destrucción de la sociedad japonesa”, asociando el otaku con la perversión sexual (Freedman, 2009), hay quien, cada vez más, lo ve como una reconversión de los otaku: a pesar de su particular forma de ser, el otaku es visto como un diamante en bruto que puede ser mucho más generoso y amable que el socialmente distante sarariiman.

Esta imagen de generosidad y amabilidad la vendió con mucho éxito Densha Otoko, una historia surgida en los foros de 2-channel (que luego se recogió en una novela, un manga, un dorama e incluso una película), que habla de un joven otaku que defiende una chica en un tren de un borracho y luego explica el caso y busca consejos en el foro, especialmente cuando la chica a la que ayuda le pide la dirección para enviarle un detalle de agradecimiento.

El Densha otoko de la historia se siente inferior y ve que para conseguir el amor de la chica debe entrar a formar parte de la sociedad, y para ello debe cambiar. Es decir, nos muestra como el otaku tiene el potencial de convertirse en un nuevo ideal de hombre, siempre que pueda adquirir la apariencia y las habilidades comunicadoras de la sociedad mainstream (Freedman, 2009), siempre que pueda adaptarse a las necesidades y obligaciones sociales del momento.

Película Densha Otoko

Cartel promocional de la película Densha Otoko

Pero la cultura otaku ha cruzado fronteras y ha llegado no sólo al resto de Asia, sino también a Europa o a Estados Unidos, donde la fascinación por la llamada cultura nerd también se ha puesto de moda; es la cultura de los geeks informáticos, aficionados a los videojuegos y los cómics y con intereses científicos. Lo demuestra el éxito mundial, por ejemplo, de series como The Big Bang Theory que muestran cómo, incluso un nerd aficionado a la ciencia ficción y los juegos de rol, con altos conocimientos científicos pero con gran dificultad para establecer conversaciones con el público femenino, puede conseguir a la chica guapa del vecindario.

De todas formas, la figura del otaku no fue la única representación de una masculinidad diferente surgida de la ocupación aliada posterior a la Segunda Guerra Mundial. Veremos qué otras masculinidades, o hiper-masculinidades en este caso, surgieron en esa época en otras entradas.

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NOTA: Podéis ver el trabajo original (en catalán) aquí.

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Por una cuestión práctica, se enumera la bibliografía de todo el trabajo de fin de máster y no exclusivamente de este capítulo en concreto:

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