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Los burakumin (部落民) son los actuales descendientes de los parias del Japón feudal, los eta (穢多) y los hinin (非人) de los que hablamos en una entrada anterior y en la actualidad son una minoría marginada en Japón muy interesante de estudiar porque, al contrario de lo que sucede en otros casos, la discriminación sobre los burakumin no tiene un origen étnico, sino ancestral.

Cuando hablamos de minorías étnicas o grupos marginados en Japón, siempre solemos pensar en los ainu de Hokkaido, los habitantes de las islas Ryukyu o hasta en los descendientes de chinos y coreanos. Como ya hablamos en su momento, los ainu y los ryukyuanos fueron sometidos durante la Restauración de Meiji a una fuerte política asimilacionista y a un poderoso proceso de aculturación, mientras que los descendientes de los chinos y coreanos sufren de las tensas relaciones actuales entre China y Corea con Japón. De hecho, incluso aunque hayan nacido en Japón, se les niega la nacionalidad japonesa de pleno derecho.

Está claro, pues, que todos estos grupos sufren o han sufrido actitudes discriminatorias por parte de lo que podríamos considerar “japoneses estándar” (ippan) por sus diferencias culturales y lingüísticas con el resto de japoneses.

Todos los ciudadanos son iguales ante la ley y no existirá discriminación política, económica o social por razón de raza, credo, sexo, condición social o linaje” Artículo 4 del capítulo III de la Constitución de Japón (1946).

Hay un grupo, sin embargo, mucho menos conocido y con una realidad quizá mucho más dramática: son los burakumin (部落民). Los burakumin no forman parte de una minoría étnica propiamente dicha, ya que étnicamente son iguales al resto de japoneses “estándar”, pero en cambio sufren un gran rechazo social y una fuerte discriminación que les lleva a tener menos oportunidades laborales o más dificultades a la hora de casarse, por poner dos ejemplos prácticos.

Hoy en día, los burakumin son una minoría ocupacional más que una minoría racial. Físicamente son indistinguibles al resto de japoneses y sólo se les discrimina porque son descendientes de gente que hacía trabajos considerados impuros (como ocurría con los eta). A diferencia de los prejuicios contra chinos y coreanos, o también contra ainu y ryukyuanos, los residentes de los buraku (como se llaman las zonas donde viven tradicionalmente) son de etnia japonesa y por lo tanto indistinguibles de los japoneses estándar. Así, mientras la discriminación contra los ainu o los ryukyuanos se basa en el hecho de que estos grupos sociales tienen una lengua y una cultura propias, la discriminación contra los burakumin es ancestral.

Un poco de historia

Aunque en la actualidad Japón ya no es una sociedad dividida en un sistema de castas, lo cierto es que para entender la problemática de los burakumin sí deberíamos hablar de ellas, ya que justamente lo que diferencia a este grupo del resto de japoneses son las características a través de las cuales definimos este concepto sociocultural: la endogamia obligatoria o forzada, la adscripción al grupo por nacimiento y de por vida y por lo tanto de forma hereditaria y la relación jerárquica con otros grupos.

Los burakumin son un recuerdo del antiguo sistema de castas impuesto durante el periodo Tokugawa (1604-1868) que  como vimos en la entrada de la semana pasada dividía los habitantes de Japón en cuatro clases (por debajo del emperador y de la nobleza): los samuráis (shi), los campesinos (no), los artesanos (ko) y los comerciantes (sho). Después, quedaban los descastados, un grupo de marginados formados por los eta, los impuros, y los hinin, los no-humanos.

Los hinin eran el nivel más bajo de la especie humana (o ni eso, si los entendemos como ‘no-humanos’) y era un grupo compuesto de criminales, convictos, basureros o vagabundos. Los eta, en cambio, tenían trabajos considerados impuros tanto por el sintoísmo como por el budismo, es decir, trabajos relacionados con la sangre y la muerte, conceptos impuros para el sintoísmo y que iban en contra de las prohibiciones budistas de matar o comer carne de animal. Eran verdugos, trabajadores de cementerios y funerarias, matarifes y trabajadores de mataderos, carniceros, curtidores… y vivían segregados en asentamientos separados, los actuales buraku. burakumin 1 Con la Restauración de Meiji (1868) se restauró el poder imperial y comenzó una fuerte modernización del país, aboliendo el sistema feudal de castas y supuestamente la fuerte discriminación hacia los antiguos eta y hinin, aunque en realidad el modelo jerárquico persistió.

Por lo tanto, el cambio no fue radical, ya que no se destruyó toda la estructura social, sino que sólo se reordenó: los antiguos daimyo y la gente de la corte pasaron a ser el grupo de más influencia, seguidos de los antiguos samuráis y finalmente del “pueblo común”, que estaba formado por los agricultores, los artesanos, los comerciantes y legalmente también los antiguos eta y hinin, aunque en realidad poseían un rango menor.

Esto lo demuestra el hecho de que no fue hasta 1871, con la promulgación del Edicto de Emancipación (Eta Kaiho Rei) cuando se liberó legalmente a los eta y los hinin, se eliminaron todas las prohibiciones y regulaciones establecidas durante la época Tokugawa y se les declaró “nuevos ciudadanos” con los mismos derechos que el resto del ‘pueblo común’. Fue entonces cuando el término eta, muy peyorativo, se prohibió y se eliminó de los diccionarios y se comenzó a utilizar la expresión burakumin o habitantes de los buraku.

El término buraku significa literalmente villa o pueblecillo, pero en muchas partes de Japón (especialmente en la zona de Kansai y Hyogo) el término tiene una connotación negativa similar a la palabra ghetto. Así, el término burakumin acabó usándose peyorativamente para denigrar los residentes de estas villas buraku, descendientes de los eta y los hinin del Japón Tokugawa.

En 1922, varios líderes del Hisabetsu Buraku crearon uno de los primeros movimientos por los derechos de los burakumin, la asociación Suiheisha (水平社), pero no fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando se creó la Liga de Liberación de los burakumin (部落民解放同盟, Buraku Kaihō Dōmei), una organización que consiguió presionar al gobierno en varias decisiones políticas de la década de 1960 y 1970.

Las listas negras

A pesar del Edicto de Emancipación de 1871, a comienzos de esa década se publicaron guías o ‘listas negras’ (地名総鑑, chimei sokan) donde se especificaban los nombres y la localización de los buraku, organizados por distritos.

En esa época y años posteriores, fue muy común que grandes fortunas, grandes empresas y hasta escuelas y universidades de prestigio consultaran el registro familiar (戸籍, koseki), donde consta el lugar exacto de nacimiento de la persona en cuestión, para descubrir si esa persona tenía antecedentes en los buraku. Dado que en los estamentos oficiales existían archivos donde se especificaba claramente la localización de los barrios buraku, una vez descubierto el lugar de nacimiento a través del koseki, simplemente revisando los archivos de los buraku se podían conocer los antecedentes de la persona en cuestión y decidir si se le aceptaba como estudiante de la universidad, si se le contrataba en la empresa o si se le permitía matrimonio con alguien de la familia, por poner tres ejemplos muy comunes.

chimei soukan

Página de una de las listas negras (imagen de Hiroshima999).

El acceso a dichos archivos dejó de ser público, al menos de manera oficial, en 1976, gracias a las presiones de la Liga de Liberación de los burakumin, aunque lo cierto es que, a pesar de que pasó a ser información restringida, siguió usándose de modo clandestino especialmente entre las grandes familias, empresas y universidades para conocer los orígenes de la persona en cuestión y tomar decisiones al respecto. Y es que hasta 2008 cualquiera podía consultar el koseki de cualquier persona, lo que hacía que hubiera matrimonios que no llegaran a celebrarse al encontrar que uno de los novios era burakumin, de ascendencia eta o hinin. Y muchos trabajadores de este grupo se encontraron con que sus futuros empleadores esgrimían excusas de todo tipo para cancelar los contratos de trabajo al descubrir los orígenes de la persona.

La última piedra en el camino para complicar la investigación sobre los antecedentes de una persona y evitar así la discriminación ancestral sobre los burakumin se colocó, por tanto, en el año 2008, es decir, hace relativamente muy pocos años. Un fuerte indicador de la política del gobierno japonés al respecto de las minorías sociales y a la discriminación que sufrían (o, me atrevería a decir, todavía sufren).

Los buraku, los prejuicios y la pobreza

En la actualidad existen todavía 5.600 ghettos en Japón. La mayoría de los buraku actuales (aunque no todos) están situados en antiguas villas eta y muchos residentes de los buraku son descendientes de esos eta. En aquellas zonas del país donde hay más concentración de población de origen burakumin, podemos estar seguros de que la gran mayoría de carniceros o trabajadores del cuero pertenecen a este grupo, además de aquellos que realizan tareas de menos prestigio social como trabajos de limpieza, en funerarias, mataderos, etc.

mapa buraku 1

Mapa con barrios buraku marcados.

Con la modernización de Japón y la liberación de eta y hinin, los trabajadores del cuero (la gran mayoría antiguos eta) perdieron el monopolio del mercado. Fue entonces cuando vieron cómo sus recursos económicos decrecían, llegando a situaciones económicamente muy complicadas y encima con una discriminación persistente por parte de la sociedad, que los seguía vinculando al concepto de impuros.

En los ghettos suelen haber peores condiciones de vida que en el resto de barrios de la ciudad y los habitantes siguen sufriendo discriminación, también por ello. La realidad de una marginalización continuada llena de prejuicios es que los habitantes de los buraku son estereotipados como criminales, drogadictos, violentos, sucios, moralmente débiles, poco inteligentes, ignorantes, poco educados, sexualmente promiscuos y ligados siempre a actividades de prostitución o de la mafia. En cambio, los que sí pudieron mantener sus fábricas e industria del cuero y su reputación a la hora de fabricar zapatos, tambores, chaquetas, cinturones y otros artículos de cuero, no cayeron en la pobreza, pero por desgracia, esa misma conexión con el cuero y la muerte de los animales siguió vinculándoles al concepto de contaminación espiritual que ya sufrieron sus antepasados eta durante el periodo de Edo.

El concepto de impureza social

Muchos textos sobre estudios sociales sólo ofrecen una pequeña mención al pasado, sin ahondar en la situación actual de los burakumin, aunque ser hoy burakumin siga siendo un estigma social, ya que la idea de impureza asociada a las antiguas tareas de los eta es todavía muy presente en la mente de la sociedad japonesa. Es el concepto de kegare (汚れ), de impureza o contaminación, sigue muy presente en el orden social establecido del Japón actual, donde quizá ya no hay castas, pero sin duda hay niveles.

trabajadores del cuero

Trabajadores del cuero (imagen de The Japan Times).

La discriminación contra los habitantes de los buraku es una consecuencia de las relaciones sociales, especialmente de las relaciones verticales (tate shakai) patentes en el estatus de la familia imperial con el emperador en la cima de la pirámide social en un contexto amplio, pero que también vemos en el día a día en las relaciones sempai-kōhai, por poner otro ejemplo, en los ambientes académicos o laborales.

La idea básica es que mientras haya una pirámide social con unos privilegiados en la cima, que ejemplifican la pureza, necesariamente habrá un grupo menos privilegiado en la parte más baja, que represente lo opuesto, la impureza. Así pues, para que la situación de la familia imperial no se vea afectada, es necesario que haya un grupo que absorba, por decirlo de alguna manera, la impureza del propio Emperador y del resto de la sociedad, para que así puedan mantenerse simbólicamente puros.

La importancia del grupo

Las relaciones verticales son una de las características de la sociedad japonesa que pueden explicar por qué, ya en el siglo XXI, todavía hay tanta discriminación en Japón sobre aquellos que no se consideran “japoneses de verdad”, pero hay más. Por ejemplo, la creencia histórica de la homogeneidad de la raza japonesa ha supuesto un fuerte sentimiento de distinción entre “nosotros” y “los otros”.

Aunque la internacionalización de Japón y la globalización actual hayan reducido de manera significativa la xenofobia, hoy en día todavía hay quien acusa, evita o discrimina a estos “otros” basandose en la dualidad nosotros/los otros, unos “otros” que pueden incluir coreanos y chinos, niños japoneses con sangre mezclada con un padre no japonés (harufu), los ainu, los ryukyuanos y especialmente aquellos que tienen algún tipo de conexión con los buraku, ya que el estigma de los burakumin, que engloban todo lo que la sociedad japonesa desprecia (la impureza), representa un peligro para sus valores sagrados.

Pero el futuro quizá no es tan negro. Con la llegada de extranjeros en Japón y la globalización, la filosofía de la “raza japonesa” y el control férreo que hace el gobierno de la nacionalidad “por sangre” y no “por nacimiento” comienza a estar entre las cuerdas.

niños burakumin

Niños burakumin jugando en su ghetto en 1974 (imagen de Okinawa Stripes).

Así pues, el concepto de grupo y la dualidad uchisoto es otra de las características psicológicas de los japoneses que hacen que la sociedad japonesa siga fuertemente estratificada y poco integrada. La falta de individualidad y la presión por sentirse parte de un grupo, les lleva a comportarse de formas preestablecidas en vez de aplicar criterios objetivos para juzgar a cada persona de manera individual, hecho que hace que el prejuicio sea difícilmente controlable.

El sentido del orden y del grupo constituyen uno de los valores fundamentales del funcionamiento de la sociedad japonesa, porque salvaguardar el grupo y mantener el orden y la armonía social es el mecanismo para conservar la tradicional “pureza sagrada” de la sociedad japonesa.

Conclusión

Probablemente, el principal problema de los burakumin es que no quieren el derecho a ser diferentes, como suele ser habitual en las minorías étnicas (como sucede en el caso de los ainu o los ryukyuanos), porque realmente son un grupo creado de manera externa y no de manera interna y eso les supone más complicaciones que ayudas.

Pero en la actualidad, los burakumin han desarrollado una nueva autoestima, son más positivos, ya no se definen como seres inferiores (aunque la mayoría de la sociedad japonesa sí les vea como tal) y luchan para ser aceptados como simples japoneses más. No quieren diferenciarse, quieren igualarse.

trabajador del cuerpo movida

La impureza del cuero (imagen de Dissertation Reviews).

A pesar de todo, hay que reconocer que la problemática de los burakumin ha mejorado sensiblemente en estos últimos años, gracias especialmente a las ayudas económicas del gobierno que han ayudado a liquidar una parte importante del problema: las diferencias económicas. Si bien ser burakumin hoy todavía es una carga psicológica y emocional muy fuerte, ya que condiciona amistades, matrimonios y posibilidades laborales (una auténtica violación de los derechos humanos), lo cierto es que hoy en día, dos tercios de los burakumin afirman en las encuestas que nunca han sentido discriminación, un 73% se ha casado con personas no-burakumin y casi nadie piensa que la policía pudiera maltratarles sólo por ser burakumin (según datos de The New York Times).

Así pues, actualmente quizá la discriminación no es tan abierta, porque las condiciones de vida en los buraku han mejorado mucho, pero lo cierto es que sigue existiendo aunque de manera menos obvia (en este proyecto de fotografía hay preciosas imágenes y relatos personales de habitantes de los buraku que merece la pena ver). Los tres miliones de burakumin que se estima que hay en la actualidad, un 2% de la población japonesa (¡ahí es nada!) y el grupo minoritario más grande de Japón, deben enfrentarse no tanto a la discriminación, sino a las características típicas de muchos grupos minoritarios como a una situación desigual de pobreza, altas tasas de criminalidad, bajo nivel educativo, dependencia de ayudas sociales y el resentimiento de otros grupos que creen que los burakumin se están quedando con todas las ayudas disponibles.

trabajador de taiko

Trabajador del cuero y tambores taiko (imagen de Peter Larson).

Pero la discriminación contra los burakumin es un problema social que no desaparecerá por sí sólo, pretendiendo no “despertar el monstruo”; es decir, no desaparecerá simplemente ignorándolo. La discriminación sólo desaparecerá cuando la mayoría de los japoneses reconozcan que existe un problema. En este sentido, la educación tanto en un lado como en el otro es básica, como también lo es el papel de los medios de comunicación, que deberían hacer más caso a las recomendaciones de las Naciones Unidas y dar más espacio a las minorías de Japón para así mostrar el pluralismo de la sociedad japonesa.

Una sociedad que no es una “raza homogénea” como tradicionalmente han sentido, sino llena de diferencias que la hacen, justamente, aquello que quieren que sea: singular.

Bibliografía

NOTA: Este artículo es una traducción y adaptación de un ensayo sobre los burakumin para la asignatura de Cultura y Sociedad del Máster en Sociedad y Cultura de Asia oriental (UOC).