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Tic-tic-tic…

Gotitas de agua se deslizaban por su pelo y después de un largo recorrido desaparecían por la pila del baño. Las más afortunadas llegaban a tocar su piel rosada por el vaho y el calor del agua caliente que la había masajeado. Las menos, se mezclaban con el sudor del cansancio y morían indecisas, como gotas de rocío al amanecer. Estaba cansada, pero sonreía. La ducha caliente, casi hirviendo, que la acariciaba como haciéndole el amor después de la clase formaba parte del ritual que la llevaba a su alma. Y en la intimidad de su interior, Yuki se desdibujaba en el empañado espejo y jugaba a adivinar sus facciones. Se llevó las manos a la cara y se acarició los ojos, pequeños y rasgados, maltratados a veces por su propio deseo.

Se miró.

Desempañó el espejo de una sola pasada y se miró. Frunció el ceño, como intentando imitar esa pose, ese arte, esa pasión. Y fue en el intento donde Yuki se perdió como una gota de sudor y agua más. Desapareció y se quedó vacía. No era auténtica. Cerró los ojos y giró la cara, pero el vaho del agua caliente que todavía emergía de la ducha hacía las veces de apasionado amante y confundía sus ojos en el espejo. En el mundo de la imaginación que poseía a Yuki a través del vaho, Yuki sonreía. Pero en la realidad que despertaba después de la ducha, Yuki no era española. Y lo sabía. Sus ojos rasgados y negros como el carbón la alejaban del sueño… y la llevaban a la realidad.

Pero no desesperaba.

Ella tampoco era española, se repetía. Esos ojos de agua y esa piel tan blanca, que a veces transparentaba el flujo excitado de la sangre azulada, la descubrían y también la alejaban del sueño. Pero ella consiguió engañarse y vivir permanentemente en la imaginación del vaho. Ella consiguió llegar a su alma y encontrar la pasión que la llevaría al sueño. Yuki envidió desde el primer momento a Jenifer. Yuki envidió desde el primer momento a esa inglesa que con su ceño fruncido, su pose gitana y esa llamada pasión flamenca enamoró a Antonio.

Y se lo robó.

Yuki seguía desdibujándose en el espejo. Y en la imaginación del vaho, se repetía que ella era más guapa, más dulce, más educada. Pero en la realidad que despertaba de la ducha, Yuki sabía que le faltaba la base: bailar como ella. Bailar mejor que ella. Por eso, en el ritual que la llevaba a su alma, Yuki temblaba. Temblaba al recordar las palabras de Pablo, su antiguo profesor de flamenco y compañero de sexo borracho: “a las japonesas os falta pasión para bailar”, le dijo, el día en que la abandonó o el día en que la hubiera abandonado si la hubiese tenido algún día.

Una lágrima se escapó de sus castigados ojos y se perdió entre las baldosas de la ducha. Yuki paró el grifo del agua caliente y se escondió en el silencio. Se quedó inmóvil, mirándose inquieta frente al espejo. Su amante el vaho desaparecía por momentos y la realidad que despertaba de la ducha la iba golpeando despacito, con fuerza. Conseguiría encontrar su pasión, se mordió el labio inferior, y así recuperaría lo que había de ser suyo. Suyo.

***

Hacía ya más de un año, Antonio llegó a Japón con su grupo de baile e inundó Osaka de su sudor apasionado y ese viento caliente que se desprendía de sus giros flamencos. El objetivo de su viaje era dar algunas actuaciones en teatros y centros culturales y muchas clases de paciencia, como las llamaba él. Después de unos meses de clases muy bien pagadas, regresaría a Granada y volvería a empezar. Como había hecho siempre.

Yuki fue una de las primeras en inscribirse a sus clases. Sus padres le habían gritado y habían suspirado enfadados sobre el futuro de su hija. Su hija, que con casi 30 años, todavía no se había casado y no dedicaba su vida a sus hijos y marido. Su hija. Sus padres no lograban entender por qué Yuki perseguía ese sueño flamenco, por qué Yuki no se casaba con cualquier oficinista japonés, formaba una familia y se convertía en una ama de casa normal. Yuki, confundida entre el respeto que sentía por sus padres y la tentación que el mundo imaginario surgido del vaho presentaba ante sus ojos, evitaba tomar una decisión drástica. Quería ir a España y bailar flamenco, pero no quería hacerles daño a sus padres. Y en la duda, se hería a si misma.

Cuando España llegaba a Japón a modo de auténticas clases de flamenco, Yuki no paraba hasta conseguir deshacerse del sentimiento de culpabilidad que le imprimían sus padres en su piel y apuntarse. Para ella, era una oportunidad única para aprender flamenco de verdad, no el baile descafeinado que Noriko, una cincuentona que soñaba con haber nacido en España les enseñaba dos tardes a la semana, o el sexo confundido en baile que su amante borracho Pablo le había enseñado a no disfrutar.

Pero Yuki se enamoró. Se enamoró de ese sudor apasionado y ese viento caliente que desprendía el cuerpo de Antonio. Y en ese instante, cuando lo miró en la primera clase a través del espejo, aprendió escuchando su corazón latir aflamencado qué significaba “pasión” en español. Pablo le había hablado de pasión, Noriko le recriminaba siempre que no la buscara en su interior… pero no fue hasta ese preciso instante cuando Yuki comprendió qué significaba de verdad ese concepto. Comprendió qué tenía que buscar en su interior. Y no dejó de hacerlo.

***

Después de dos semanas de intensas clases de baile, sus ojos se encontraron una vez más a través del espejo que guardaba sus secretos y Yuki no pudo evitar sonrojarse y bajar la vista a sus pies. En la imaginación del vaho, se había propuesto invitarle a cenar y enamorarle entre palabras desconocidas y miradas centelleantes. Se había visto bailando con él entre las sábanas, había sentido el roce de su piel contra su piel y había escuchado el latir de su corazón cada día más encendido.

Pero en la realidad que despertaba de la ducha, lo cierto era que a pesar de no bailar con él entre las sábanas, ni sentir el roce de su piel, ni escuchar el corazón de Antonio latir excitado, Yuki jugaba con ventaja. Al contrario que sus compañeras de baile, ella hablaba un poco de español y podía comunicarse con él de una forma más o menos fluida. Y en la duda de su lenguaje, Yuki se mostraba dulce, cariñosa, sumisa. Hablaba bajito, casi susurrándole, para mantener al mundo alejado de sus conversaciones. Bajaba los ojos y le miraba, subiendo la vista, con una mirada entre tímida y excitada. Y se humedecía los labios, mientras con la mano derecha se apartaba un mechón de la cara y se lo colocaba detrás de la oreja. Todos sus movimientos eran dulces. Todos sus movimientos estaban dedicados a él.

En las horas muertas del día, Yuki había puesto en peligro su trabajo y se lo había llevado de paseo, le había enseñado la ciudad a través de sus ojos y le había mostrado el Japón que llevaba en su interior. Antonio sonreía y mostraba curiosidad por todo lo que Yuki le enseñaba. Tanta curiosidad que Yuki empezó a perderse en la imaginación del vaho y dejó de vivir en la realidad que despertaba de la ducha. Él se enamoraría de ella. Sólo era cuestión de tiempo. Era suyo. Suyo.

Pero un día, cuando el curso estaba a punto de terminarse y Yuki no sabía como no despertar de sus sueños, ella llegó y la trajo de vuelta a la realidad. Jennifer abrió la puerta y al entrar en la sala, los ojos de Antonio se llenaron y todo su cuerpo se irguió concentrándose en un único punto. A pesar de hablar un español fluido con Antonio, sabía que ella no era española. Pero cuando se puso los zapatos de tacón y castigó el suelo con un zapateado, Yuki se preguntó cómo lo había hecho. Se insultó a sí misma por alabar a su competencia e intentó imitarla. Pero no pudo. Sus piernas no aguantaron el acelerado ritmo, sus pies no golpearon con la misma fuerza, sus brazos le pesaban y su cuerpo finalmente se desplomó flácido y débil.

“Para bailar flamenco tenéis que sentir la pasión dentro de vuestra alma”, balbuceó Jennifer golpeándose tímidamente el pecho, que se balanceaba intermitentemente entre el cansancio y el sudor, “y eso no es cuestión de nacionalidad. Es cuestión de sentimiento”.

Las palabras se perdieron entre las compañeras de baile de Yuki, que ni se mostraban tan interesadas ni parecían querer entender el significado de todo aquello. Y entre la pasividad y la incomprensión de las chicas, la clase terminó. Todas fueron a despedirse, sacaron sus cámaras digitales e hicieron las últimas fotos. Antonio se secó la frente con una toalla y dándole dos besos, agradeció a Yuki todas las mañanas compartidas en la soledad de un país ajeno a él.

Y se fue, agarrando a Jennifer por la cintura y sonriendo. Como si nada.

En el silencio lleno de desesperación, Yuki golpeó con fuerza el tacón contra el suelo. El parqué retumbó bajo sus pies y su piel, blanca pero firme, tembló como una hoja otoñal al caer lentamente hacía su fin. Una lágrima manchó el suelo gastado. Una lágrima que escapaba de su interior, dolido y rabioso. Se miró al espejo y en la realidad que despertaba de la ducha no se reconoció. Se llevó la mano a los ojos y se acarició, entre sorprendida y orgullosa. Sus ojos seguían siendo rasgados, pero ya nunca más necesitaría volver a la imaginación del vaho, sonrió.

Lástima que él nunca la vería, así.

 

Cuento publicado originalmente el 2 de febrero de 2004