El pueblo de Nagoro, en la prefectura de Tokushima (una ciudad situada en la isla de Shikoku, la cuarta en tamaño de Japón), ha visto como sus habitantes menguaban en los últimos años hasta llegar a los 35 actuales. Hasta aquí, no sería más que otra historia de la problemática de la despoblación del campo japonés, si no fuera porque justamente en Nagoro hay el doble de espantapájaros que de habitantes.

Ayano Tsukimi, de 65 años de edad, una de las vecinas más jóvenes del pueblo, se trasladó hace unos años desde Osaka hasta Nagoro para cuidar de sus padres, ya mayores. Fue entonces cuando comenzó a hacer espantapájaros para proteger los campos de los cuervos y especialmente las semillas de rábano que cultivaba. Y ya nunca dejó de hacerlos.

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Hoy hay más de 100 espantapájaros repartidos por Nagoro y otros pueblos de Shikoku que ayudan a recordar cómo era la vida en el pueblo cuando había más habitantes: “Esa señora solía venir a charlar conmigo y a beber té. A ese hombre le encantaba beber sake y contar historias… me recuerdan los viejos tiempos, cuando todos estaban sanos y vivos”.

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El pueblo de Nagoro, con su única calle, es una de las miles de comunidades del campo japonés que se están convirtiendo en pueblos fantasma o, si tienen suerte, en museos al aire libre detenidos en el tiempo. De hecho, la gota que colmó el vaso fue el cierre de la escuela primaria en 2012, hoy llena de espantapájaros que recrean el ajetreo de niños y maestros.

Algunos turistas paran en el pueblo para ver los espantapájaros de cerca, algo positivo, según Ayano, porque si no hubiera, la gente pasaría de largo sin dudar. Pero, sin duda, no es suficiente.

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Con la tasa de natalidad más baja del mundo y un grave problema de envejecimiento de la población, más de 10.000 pueblos y villas de Japón están en peligro de despoblación.

Después de la Segunda Guerra Mundial, los jóvenes se trasladaron a las ciudades para trabajar en el sector industrial primero y posteriormente en el sector servicios, dejando el sector de la agricultura y la ganadería para los más mayores.

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El Gran Tokio, con más de 37 millones de habitantes y la zona de Osaka-Kobe, con 11,5 millones de habitantes, suponen casi un 40% de los 127 millones de habitantes de Japón,una problemática que ni el actual partido del primer ministro Abe ni tampoco la oposición han sabido solucionar.

Encontrar una manera de “revivir” los pueblos es un tema urgente que tiene preocupados a los líderes japoneses, pero ante la falta de acciones políticas, algunas comunidades están probando varias estrategias para atraer a los más jóvenes a sus pueblos y frenar o darle la vuelta al declive.

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Por ejemplo, el vecino pueblo de Miyoshi pasó de tener 45.340 habitantes en 1985 a tener 27.000 en 2013, un cuarto de los cuales tienen más de 75 años. Para animar a la población a tener más hijos o atraer a parejas jóvenes al pueblo, se ofrecen todo tipo de prestaciones como son guarderías, pañales y leche de fórmula gratuitos y sanidad gratuita hasta los 12 años.

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Por ejemplo, en Kamiyama, un pueblo agrícola cerca de Tokushima de 6.000 habitantes, la comunidad lanzó en 1999 una campaña llamada “Artistas en residencia” que pretendía atraer a artistas y compañías tecnológicas. Con la instalación de cable de fibra óptica, el pueblo comenzó a publicitarse como lugar ideal para instalar oficinas satélite de empresas tecnológicas con alquileres de 20.000 yenes al mes. Desde entonces, 11 empresas se han trasladado ahí, generando muchos puestos de trabajo y renovando los habitantes de la zona.

Así, al intentar atraer a un nuevo tipo de habitantes y animar a negocios nuevos dirigidos especialmente hacia ellos, la comunidad puede darle otro aire a las industrias tradicionales como la agricultura.

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Vía: Japan Today