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En Septiembre de 2006 me lié la manta a la cabeza y me marché yo solo durante 20 días a Japón para presenciar un torneo de sumo completo, los 15 días de competición. Justo antes de volverme para España, la por entonces editora de la revista Sumo Fan Magazine (con la que desde entonces colaboro como traductor) me pidió que escribiera un artículo contando mi primera experiencia con el mundo del sumo en directo.

Lo cierto es que ahora que estoy planeando realizar un segundo viaje me han venido a la memoria las sensaciones de aquella primera experiencia plasmadas en aquel artículo y he querido compartirlas con todos vosotros, sobre todo ahora que ese artículo ya no está disponible.

Eduardo con el Ozeki Kaio

Eduardo con el Ozeki Kaio

Japón, gracias a las modernas comunicaciones, ya no está tan lejos. Tampoco es tan caro, o al menos está a la altura de muchas de las principales capitales europeas. Ninguno de los tópicos que hasta el momento a uno le han impedido viajar a Japón es actualmente una excusa para no decidirse a sacar el billete e ir a ver en directo un torneo de sumo. Y qué mejor sitio para hacerlo que Tokio, el centro mundial de este deporte.

Es difícil explicar las sensaciones que uno tiene una vez que se pisa el aeropuerto de Narita. Nervios a la hora de iniciar el viaje soñado, miedo ante los desconocidos y complicados kanjis japoneses, incertidumbre ante la diferencia cultural oriente/occidente… todo ello es una mezcla explosiva que hace que todo sea excitante desde el primer día.

Si eres un aficionado al béisbol sin duda has de ir al Yankee Stadium de Nueva York, si lo eres al fútbol querrás viajar a Madrid para ver el Santiago Bernabéu, si te gusta el baloncesto disfrutarás en el Boston Garden, pero si lo que te gusta es el sumo no hay lugar en el mundo como el Ryogoku Kokugikan. Y sí, allí estaba él, invitándome a entrar desde el primer día, antes incluso de que el torneo hubiera comenzado, con la arrogancia del que se sabe poseedor de todos los secretos y de los más preciados tesoros para los aficionados al sumo.

Y es que un torneo de sumo en el Kokugikan no es un torneo cualquiera. El ambiente que se respira desde el primer día hace que todo sea especial, el olor al bintsuke del pelo de los luchadores te atrapa desde el primer momento y la magia de la lucha en directo hace que prácticamente ningún deporte pueda hacerle sombra al sumo en cuanto a plasticidad y elegancia.

Quizás la mayor sorpresa que uno se encuentra es la tremenda competitividad existente en todas las categorías. Uno puede llegar a ver los combates con la idea de que en las categorías inferiores los luchadores son pequeños, delgados y con poca técnica, pero la realidad es que prácticamente todos los que suben al dohyō para pelear lo hacen convencidos de su fuerza y desarrollan todo un recital de técnicas y de demostraciones de poder que asombran a todo el mundo. Y al ver los combates de Makushita ya te puedes dar cuenta de lo realmente difícil que resulta llegar a las categorías superiores, porque el nivel que allí se despliega es similar al de Juryo y a veces similar al de la parte baja de Makuuchi.

Uno de los momentos más increíbles de todo el viaje es cuando por fin empiezas a poner cara a todos esos nombres con los que durante años has compartido tu pasión por el sumo; Mark, John, Barbara, Katrina, Rob, Harumi, Martina, Doreen, David, Cas, Verena… e incluso ser capaz de contagiar esa misma pasión a compañeros nuevos, como a dos amigos de Barcelona con los que coincidí en el hotel y que decidieron levantarse muy temprano en la última jornada para poder conseguir dos entradas con las que acceder al Kokugikan y ver una de las partes más tradicionales e interesantes de la cultura japonesa.

Eduardo con los georgianos Tochinoshin y Gagamaru

Eduardo con los georgianos Tochinoshin y Gagamaru

Los luchadores… bueno, los hay más y menos simpáticos, pero yo guardaré ya para siempre las fotografías realizadas a los luchadores durante su entrada al Kokugikan, o las que tengo junto a luchadores, actuales o retirados, como el Ozeki Kaio, el Yokozuna Musashimaru, Toki, Kitazakura u otros de categorías inferiores como Minaminoshima, Gagamaru, Tochinoshin, Kainowaka o Kaisei.

Quizás a mucha gente 15 días viendo sumo le pueda parecer excesivo, pero puedo asegurar que no lo es en absoluto. Por el contrario, el tiempo pasa muy deprisa y cuando uno quiere darse cuenta ya te encuentras observando el senshuraku y diciendo adiós a todo lo que ha significado sentir toda la magia del sumo por primera vez en la vida. Una persona incluso me comentó que le daba envidia de que yo pudiera disfrutar de ese sentimiento que se tiene la primera vez que una persona viaja a Japón para ver y sentir el sumo. Sí, es cierto que quizás todas esas sensaciones sean únicas y no vuelvan nunca más, pero estoy seguro de que la próxima vez que acuda a Japón a ver un torneo volveré a sentir eso tan especial que me hará pasarme horas sentado frente al dohyō viendo combate tras combate.

A lo mejor el que haya leído este artículo hasta el final no acabe de tener muy claro cuáles son esas sensaciones de las que he hablado, pero le puedo asegurar que si decide viajar a Japón a ver un torneo en directo las experimentará igual que yo. Y es que el sumo no es sólo un deporte, es mucho más que eso. Y hay que vivirlo en directo para poder sentirlo.

(Fotografías: Eduardo de Paz)