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Japón cuenta con una diversidad increíble de museos, que albergan colecciones diversas y muy heterogéneas de todo tipo de arte, ciencias naturales y, por supuesto, exposiciones que muestran con todo lujo de detalles los últimos avances científicos, como el Museo del Lago Biwa (琵琶湖博物館) del que os hablamos hoy.

Es normal que, cuando visitamos el país, se nos pasen algunos de ellos o simplemente no tengamos tiempo: nos pasará con los museos, santuarios y cualquier cosa que nos propongamos ver en Japón.En esta misma página, Japonismo, hay suficiente información como para pasar un mes entero en el país sin repetir visita. Sin embargo, siempre es un placer (al menos para mí), cuando se viaja a un lugar tan remoto, plagado de inevitables lugares comunes, descubrir pequeños rincones a los que apenas llegan turistas. El Museo del Lago Biwa es uno de estos lugares.

Muy cerca de Kioto, en Kusatsu, se encuentra el mencionado Museo del Lago Biwa; éste no debe confundirse con otro museo sobre el lago más grande de Japón, el Museo del Canal del Lago Biwa (琵琶湖疏水記念館). El lago en cuestión, para quien no lo conozca, es el más grande de Japón (con mucha diferencia), enclavado en el centro de Honshū (la isla principal de Japón) y es lugar de tránsito de numerosas vías de comunicación.

El museo, situado en una península de tierra artificial que penetra en el lago, está rodeado de campos de arroz, charcas con abundante loto y un jardín botánico que frecuentan los jubilados del pueblo (sin demasiado interés, todo hay que decirlo).

Su singularidad reside en que el museo posee el único acuario de Japón dedicado en exclusiva a la fauna de agua dulce, por lo que encontraremos todo tipo de peces, anfibios –incluida la enorme salamandra nipona–, aves e invertebrados relacionados con estos ecosistemas, y no sólo del archipiélago nipón: hay especímenes de todo el mundo.

De la misma forma, a través de las distintas salas podremos conocer cómo se estudian los lagos, realizar actividades (hay incluso una zona de juegos infantiles, totalmente recomendable incluso para adultos) y perdernos entre distintos acuarios.

Pero el museo no se acaba con los los peces, anfibios y demás fauna de lagos. De hecho, la que para mí es la parte más interesante –y más original– se encuentra cuando salimos del acuario.

Durante dos plantas de exposiciones permanentes, se nos muestra cómo vivía la gente de ésa zona, sujeta a los vaivenes de los señores feudales y los permisos de navegación del Lago –batallas famosas incluidas– y cómo ha cambiado su modo de vida (y cómo ello ha afectado al ecosistema y los consiguientes problemas): se exhibe un increíble ejemplar del tipo de barco que usaban para navegar por el Biwa.

Y aquél tiene su propia historia: a pesar de no ser un barco restaurado –nunca se botó–, sí se construyó exactamente como dicta la tradición, por el último de los artesanos que se dedicaba a su fabricación. Después de éste, no habrá más.

Además, y siguiendo con mi manía de comparar a los japoneses con los valencianos (como podéis ver en mi blog personal), tengo que decir que son bastante falleros: no en la cuestión pirotécnica, sino en la de recrear ambientes con decorados de cartón piedra.

En el museo hay recreaciones de laboratorios (no hay que olvidar que tiene una amplia área de investigación, de acceso restringido), de zonas de excavaciones arqueológicas, de casas tradicionales japonesas, y, como no podría ser de otra forma, de todo tipo de comidas y aperos de agricultura y pesca. Siendo sincero, es la exposición en la que más he aprendido sobre cómo se vivía en el Japón de hace 50 años; quizás no es tan espectacular como el museo de Osaka sobre la vida cotidiana de finales del S. XIX (también muy fallero, ciertamente), pero sin duda es curioso y muy didáctico.

Como colofón está el hall con el mapa del lago impreso en el suelo, y las paredes cubiertas de objetos cotidianos, pósters de películas y carátulas de discos de cada década del siglo XX: un collage perfecto entre lo educativo y lo friki.

Por último, los alrededores del museo son muy recomendables: podréis disfrutar de un paseo por la ribera del Lago Biwa, visitar un comercio en el que los granjeros venden sus productos, y, si disponéis de bici, recorrer el perímetro del lago hasta donde tengáis fuerzas.

 

En el museo hay un restaurante decente, con una carta variada. Recomiendo probar, por lo inusual, el Black-bass del lago, especie de pez invasor que los responsables de la cocina han conseguido hacer comestible, rebozado, sobre un bol de arroz.  Bajando la colina hay un pequeño puesto con terraza en el que venden karaage, udon y otros platos básicos de la gastronomía japonesa.

Además, en el museo encontraréis la correspondiente tienda, a la que vale la pena echar un vistazo, salas para descansar y exposiciones temporales, de interés variable.

Cómo llegar

Para llegar debemos tomar un tren de JR Tokaido-Sanyo desde la estación central de Kioto (casi siempre sale del andén 2), con dirección a Maibara, Yasu o Kusatsu y bajar en Kusatsu (21 min, incluido en el JR Pass), no en Minami-Kusatsu.

Al salir de los tornos, por las escaleras descendentes de la derecha, llegamos a una parada de autobús. En ella, hay que fijarse en los horarios que llevan al museo, y coger el autobús con los kanjis en el letrero (琵琶湖博物館) o el nombre de la península en hiragana (que empezará por からすま, Karasuma). Como en el resto de autobuses, se coge el ticket al entrar y pagaréis al salir: dado que es la última parada, no hay que preocuparse de nada.

Entrada publicada originalmente el 13 de septiembre de 2012. Última actualización: 20 de febrero de 2018.

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